• para que se vaya, faltan…

A Gumersindo Reza y Julio Prado

De las muchas expresiones culturales que testimoniaron la profunda y dolorosa herida que dejó la guerra civil de España, quizás la poesía haya sido la más estudiada. Y con toda razón. Más allá de la conocida querella política y estética entre la revista republicana Espadaña (1944-1951) y la nacionalista Garcilaso (1943-1946), la muy profusa bibliografía sobre el tema pone de relieve la preocupación de la academia y de la intelectualidad ibérica, no sólo acerca de las formas literarias que fueron, regresaron o se extinguieron luego de la última gran eclosión propiciada por la Generación del 27. También viene a colocar en el escenario lo evidente: que la poesía es más que un artefacto hermoso, cuando son favorables los astros. También es, y sobre todo,
un documento histórico. Palabras más, palabras menos, así lo expresaba José Hierro (1922-2002), en la Antología consultada de la joven poesía española de Francisco Ribes (1952): Si algún poema mío es leído por casualidad dentro de cien años, no lo será por su valor poético, sino por su valor documental.
Si bien es cierto que esta historia nos es cercana por la lengua común que nos separa de España, también cabe recordar que no es ni desea ser toda la historia de la poesía de postguerra, pues el castellano es sólo una más de las lenguas que allá se hablan. Quizás por eso, aún nos sean desconocidos, casi por completo, los arcos que van desde Joan Salvat-Papasseit hasta Salvador Espriu, y desde Manuel Curros Enríquez hasta Celso Emilio Ferreiro. Consideradas marginales por la dictadura del Generalísimo y Caudillo por la Gracia de Dios (quien, curiosamente, había nacido en Galicia), las lenguas no castellanas debieron vencer obstáculos de muy alto listón: testimoniar lo que iba sucediendo, navegar contra la corriente del olvido de sus propias tradiciones literarias y servir de resistencia estética e intelectual, por vía del uso ceremonioso de esos idiomas. No se trataba únicamente y en absoluto de hacer poesía en aciagos tiempos de indigencia. También se trataba de conservar, en el registro de la escritura, una tradición que era, ni más ni menos y al mismo tiempo, una manera de estar y de ser en el mundo, que para eso es la lengua materna.
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Lima

Este océano es nuevo para ti.

La nieve sobre el desierto del agua,
el ojo azul y frío que te mira desde siempre.

Duermes encadenado a la escarcha,
hay arena y solo arena
en el verano de tu Éxodo y de tu diáspora.

En tu primavera
una almohada amarilla te protege
y crece la hierba sobre ti, esponjada y graciosa,
como un ángel que muere.

Quieres regresar al árbol de semilla bermeja
y buscas tu libro en sótanos oscuros,
en la noche de la alta noche.

Penélope nunca quiso esperarte
pero teje y desteje su hermosura.

El entierro de los solitarios
atraviesa de nuevo tu desierto.

La vida es un desierto, repites en voz baja.
Un desierto que se mueve, inagotable.

Y allí, tú eres un grano más.
Vencido. De pie.

La poesía es un viaje hacia lo oscuro
en busca de lo oscuro.

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Dice Paul Ricoeur, y lo repite varias veces, que la metáfora es, más que una expresión semántica de la palabra, una expresión semántica de la frase. Es una apuesta por la tensión de significados entre varios elementos del verso o del poema. Procede del conflicto entre dos significaciones o, como lo aprendí alguna vez en la academia, el intercambio de esencias entre dos significantes. A esta característica, a esta tensión en equilibrio inestable, Ricoeur la denomina impertinencia semántica.

Existen, por supuesto, varias y personales maneras de afrontar la metáfora. En fin de cuentas, el poema presenta a los ojos del lector la sumatoria de los dialectos personales del poeta, su manera de ver los significados que se expresan por vía de los significantes. En primera instancia, lo que nos interesa ofrecer en esta lectura de Métodos de la lluvia de Leonardo Padrón (Caracas, bid&co, 2011) es precisamente el uso que su autor hace de la metáfora para la conformación de la voz central que atraviesa este libro.

En primer lugar, la metáfora funciona a medio camino hacia el símil: Tus ojos son un museo al atardecer (Informe general, p. 15), La vida es una exasperante cuenta regresiva. (La mansedumbre, p.18), El sol es una piedra dura en el cielo. (Ser, p. 21), La vida es un sonido en la Vía Láctea. (Minúsculas, p. 26), El porvenir es un caballo que deja de trotar. (50, p. 28), El tiempo es una cena que termina. (El tiempo, p. 31).

Lo interesante del recurso resulta de la contradicción entre su uso y la extensión de los textos, su presencia en medio de la descripción general. En este sentido, la metáfora funciona como sentencia, como cierre o apertura de ciclos en la estructura del poema. Esta construcción nos muestra una voz madura, que no sólo domina sus recursos, su ideolecto, sino que la pone al servicio  de su deseo de poner en escena una visión del mundo, donde lo individual y lo colectivo conviven en el mismo escenario:

El galpón de los cincuenta años.// El alambre de ser la mitad de un siglo.// El porvenir es un caballo que deja de trotar.// Un dato que se tambalea.//Busco el sol de los sótanos.// Los huesos en el burladero.// El alma es una tela áspera y contradictoria.// Titubeo.// Hay señales angostas.// Es la gramática de las incertidumbres.// Digo cincuenta en el acero y el precipicio. (50, p.28).

Madre habla sola/ por los pasillos de su edad.//Madre repite hasta el ocaso/ la anécdota de sus 20 años.//Madre reza en voz alta/ las recetas de autoayuda.//Madre busca hormigas en las palabras.// Madre vive.//Madre ha transformado las tristezas/ en fotos y naftalina.// Su ventana es un relámpago./ Su garganta, una colección de secretos.// Madre ya no pinta bodegones tibios/ ni canas en el tiempo.// Madre olvida y olvida.//Madre ha convertido sus recuerdos/en frases detenidas. Madre abre un paraguas/ y ocurre otra infancia./ Madre se rasca los brazos/cultiva sábilas/ y desestima el horizonte.//Madre ocurre./ Aún ocurre. (Origen, pp. 49-50)

Esta faceta de lo personal y lo familiar es novedosa en el devenir de esta voz. Anteriormente, al referirse a la primera persona, se hacía desde el acento celebratorio. Ahora, el tono es distinto. Se habla desde la madurez, desde el alambre de ser la mitad de un siglo. Un poema como Impuesto al lujo (pp. 24-25) dibuja esta situación desde el punto de vista generacional.

Al asunto amoroso y citadino presente en sus libros anteriores, esta voz agrega ahora la reflexión acerca de lo metafísico (como en el Poema del tiempo, p.31). Otro evento que llama la atención es la novedosa presencia de la circunstancia colectiva, elemento que ya es un tópico en los poetas de la generación. Lo urbano, que fue carta de presentación de individualidades y grupos de los años 80, ahora se presenta no de manera idílica o pastoral, como canto etéreo al evento citadino. No es la alegría o el tono celebratorio presente en Boulevard o en El amor tóxico. Es la inquietud ante el desplazamiento de los significados del paisaje (entendido acá como lo que es: una construcción cultural). Ya no es el canto personal, sino la épica colectiva. Esto se hace evidente en poemas como  Hora pico (Bajo el metro/ la multitud es un olor encrespado.// Una mujer manda un mensaje de amor/ desde un teléfono/ que pronto será robado.// p. 51.), La gran ciudad (La gran ciudad es una opera descosida.//  p. 63), Cédula en mano (En mi país la muerte está de moda// p. 75), o en la terrible alegoría que declama el poema Misterio (pp. 41-42).

Leonardo Padrón sigue apostando a lo solar, a lo luminoso, a aquella característica que señaló alguna vez Armando Rojas Guardia, en referencia a cierta poesía que venía haciéndose en los inicios de los años 80. Esta actitud niega de plano lo que Novalis esbozó alguna vez como alternativa poética y no concede a lo cotidiano la dignidad de lo desconocido. Lo cotidiano es digno. Y punto. En el panorama de la poesía que actualmente se escribe en Venezuela, cuando la realidad ataca de manera despiadada, la nube de la luminosidad es una alternativa que salva. Este libro, en el destino literario de la voz que lo ha escrito, ha sabido proponer un cambio en su continuidad.

Harry Almela

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la lengua del tercer reich / viktor klemperer

Cuatro años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, George Orwell publica una novelita distópica que llevaría por título 1984, donde critica la aparición y el ascenso de la sociedad de masas, así como su descubrimiento, uso y abuso por parte del poder político, tanto totalitario como democrático. La gran contribución de este libro a la historia de la cultura es la descripción de la neolengua, idioma artificial que, según la crítica, le fue sugerida por el reciente ascenso y caída de Hitler y por la sombra aún viviente del estalinismo. En términos generales, la neolengua se fundamenta en la máxima reducción de los vocablos y de la gramática, lo que conlleva, necesariamente, a la pobreza mental y a la posibilidad de controlar la libertad humana por vía del ejercicio del panóptico, en la voz de su aterrador protagonista, el Gran Hermano.

Dos años antes, Viktor Klemperer (1881–1960) había dado a conocer su libro LTI (Lingua Tertii Imperii). Apuntes de un filólogo, un compendio de sus minuciosas memorias escritas como testigo de los abusos lingüísticos que le tocó vivir durante la Alemania nazi. La versión en castellano fue publicada en Barcelona por la Editorial Minúscula en 2001. Judío de origen y asimilado a la cultura alemana y a la religión protestante, Klemperer había venido desarrollando en teoría lo que ya Orwell sugirió en su espeluznante versión de la modernidad en Occidente, visión fantasmagórica que fue llevada al cine por Michael Radford.

Son varias las acotaciones que hace el autor acerca de LTI: su pobreza (qué otra cosa podía esperarse de su ideólogo e inspirador, Mein Kampf), el eufemismo, la proliferación de siglas, el cambio de sustantivos, tanto propios como comunes, en la vida cotidiana;  el uso de las llamadas comillas irónicas, la anulación de la presencia del otro por la vía del discurso o, en el más humano de los casos, su deshonra (judío equivale a cerdo, culpable, enemigo), anulación y deshonra que abriría paso, como sabemos, a la Shoá. En este punto, la bibliografía y filmografía es extensa y prolija.

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Tomas Tranströmer, Premio Nobel de Literatura 2011

Nacido en Estocolmo el 15 de abril de 1931, Tomas Tranströmer es hoy en día uno de los poetas más leídos y traducidos donde los haya. Desde hace años, se cita constantemente su nombre para el premio que concede su país natal. En nuestro idioma, su obra es conocida gracias al trabajo, entre otros, del poeta uruguayo Roberto Mascaró, quien ahora entrega en bid & co. Editor  sus versiones de esta particular poesía en un volumen clave que invita a continuar conociendo en español la intensa obra de Tranströmer. Acá se reúnen y actualizan las versiones de Mascaró contenidas en Para vivos y muertos (Madrid, Hiperión, 1992); Góndola fúnebre (Concepción, Ediciones Literatura Americana Reunida, 2000) y 29 jaicus y otros poemas (Montevideo, Ediciones Imaginarias, 2003, bilingüe), a las que se agregan ahora un poema inédito («La Casa del Dolor de Cabeza», del libro Para vivos y muertos) y el esclarecedor e importante Visión de la memoria, textos autobiográficos publicados en 1996.

Resulta complicado y siempre un reto hablar de la obra de un poeta proveniente de otra lengua. Se sabe que la musicalidad y los giros idiomáticos que refieren espacios y hechos culturales suelen modificarse en el ejercicio de la traducción, cuando sobreviven. Debemos confiar en la buena fe de quienes realizan esta ardua labor de poner en nueva clave la poesía de otras tradiciones lingüísticas. Superado este escollo, nos interesa ahora puntualizar algunos aspectos de este libro que han llamado centralmente nuestra atención.

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Son muchos –demasiados- los puntos de encuentro y de fuga que tengo con este libro. El 22 de noviembre de 1963, cuando los Almandoz Marte y el niño Arturo se mudan a la casa en los altos de San Bernardino, el presidente Keneddy es asesinado de dos disparos en Dallas, como pudimos ver, acongojados y tiempo después, en la fortuita toma de Zapruder. Yo había cumplido los nueve años de mi edad y ya vivía en Mariara, que desde esos tiempos es una comarca de falsos equilibrios entre la cultura campesina (heredera de la antigua hacienda de caña del Conde de Tovar y de las posteriores siembras de añil y algodón en sus extensas vegas hacia el sur, hacia los bordes del Lago de Valencia) y su improvisado, fortuito y enrevesado acceso al desarrollismo que la empresa COVENAL (Corporación Venezolana de Aluminio y su posterior estadio, la Constructora Venezolana de Vehículos) impulsó e impuso en la comarca, montándonos a juro en esa modernidad periférica de la que bien habla Beatriz Sarlo con relación a Buenos Aires. Del encuentro entre la calle de tierra frente a mi casa y el asfalto en las vías principales que conducían, más allá de la línea del ferrocarril, a la Compañía; del entresijo existente entre la mula del agricultor y las bicimotos de la nueva y vistosa clase obrera, deviene ese carácter tan propio de este pueblo y del país en general, siempre a medio camino entre lo premoderno y lo moderno.
El nombre del presidente norteamericano viene al caso, porque en diciembre de 1961visitó Mariara, inaugurando junto a Rómulo Betancourt el asentamiento campesino “El Deleite”, en el marco del programa de la Reforma Agraria y la firma del convenio “Alianza para el Progreso” el cual, atiborrándonos con sus latas de aceite, sacos de trigo y leche en polvo, buscaba frenar el franco avance de la revolución cubana en América Latina. El asesinato de Keneddy pasó a ser un punto de quiebre en la historia del municipio. Por la vía del luto colectivo, Mariara se vio inmersa durante un instante en la historia universal del siglo XX, tal como le ocurre a los personajes de “El Día que me quieras” de José Ignacio, con el refulgente Carlos Gardel, iniciado en el arte de centrar manteles con la princesa de Holanda, y enseñando el truco en el patio interior de la casa caraqueña de la familia Ancízar, en los últimos días de abril del año 1935.
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Hace algunos meses también fui víctima de un asalto. Venía en bus desde Maracay a Mariara y un chamín de unos 12 ó 13 años se sentó a mi lado con un cuchillito del tamaño de él y, bajo amenaza, me quitó el celular. Luego me solicitó el koala, lo cual no acepté. Se paró del asiento, levantó el cuchillo en el aire por un momento y luego se bajó atropelladamente. Todo pasó en cuestión de segundos. Salí barato. Sólo acerté a pensar en los cuentos que he oído, que narran de 5 ó 6 puñaladas como respuesta al argumento no tengo celular, manito, junto al mandato toma esto, para que tengas uno. Sé de historias más macabras. Lo mío, realmente, fue un viaje a Disneyworld, si comparamos.

También he sabido de ajusticiamientos, en el barrio que queda detrás de mi casa. En noviembre del año pasado, los cuerpos policiales simplemente limpiaron las calles, disparando en plena fiesta en sus casas y a las sienes de algunos cocosecos, como los conocen en el argot hamponil. Quédate sano (otra frase que he aprendido en estos meses mariareños) me dije, aunque no deja de martillarme el cerebro la conclusión a la que llegó un conocido: gran vaina, hoy limpian, pero en unos meses los chamos que vienen atrás seguirán el mismo camino.

Esta semana que hoy concluye huele a mortecina. Desde el domingo pasado lo de El Rodeo cae como fina e hirviente llovizna de plomo derretido sobre la conciencia del país. El Capítulo I del Título III de la Constitución (que relaciona todos los derechos humanos) ha desaparecido, así como el Artículo 272 que paso a transcribir:

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luis alberto crespo y andrés mejías

 

 

MORALIDADES LEGENDARIAS

Odian a César y al poder romano
Se privan de comer la última uvita
pensando en los esclavos que revientan
en las minas de sal o en las galeras
Hablan de las crueldades del ejército
en las Galias e Iliria
Atragantados
de jabalí perdices y terneras
dan un sorbo
de vino siciliano
para empinar los labios
pronunciando
las más bellas palabras:
la uuumanidaaa el ooombreee
todas ésas
tan rotundas tan grandes tan sonoras
que apagan la humildad de otras sin eco
—como digamos por ejemplo
“gente”

Termina la función
Entran los siervos
a llevarse los restos del convite
Y entonces los patricios se arrebujan
en sus mantos de Chipre
Con el fuego del goce en sus ojillos
como un gladiador que hunde el tridente
enumeran felices los abortos
de Clodia la toscana
la impotencia de Livio los avances
del cáncer en Vitelio
Afirman que es cornudo el viejo Claudio
y sentencian a Flavio por corriente
un esclavo liberto un arribista

Luego al salir despiertan a patadas
al cochero insolado
y marchan con fervor al Palatino
a ofrecer mansamente el triste culo
al magnánimo César

josé emilio pacheco

publicado via blackberry.

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Rectora Cecilia García Arocha, esto es con usted.

No la conozco personalmente. No tengo apetencias políticas, ni dentro de la universidad ni fuera de ella. Soy uno más de los anónimos profesores universitarios que ha visto cómo nos hundimos lentamente en la más improductiva de las inopias y de las anomias. Pertenezco a la innumerable masa que ha padecido en la última década las cruentas maneras que ha utilizado la reacción premoderna que ahora destroza a parte del continente y al país. Vengo de una universidad de provincias y de vez en cuando asomo la cabeza para sufrir la ciudad de Caracas, o lo que queda de ella. A pesar de esas limitaciones, la he visto al frente de la institución que ha resultado ser uno de los últimos bastiones que le queda al país democrático, luego de doce años de molienda. La he visto defender valientemente la autonomía y guiar ese enorme barco burocrático en que se ha convertido la Universidad Central de Venezuela. He visto su mano firme al momento de denunciar a los violentos, salvaguardando el derecho a no estar de acuerdo con los métodos radicales. Supongo, además, que tantos años ejerciendo como autoridad en varios niveles la ha entrenado suficientemente en los arduos vericuetos de la negociación democrática, sin por ello dejar a un lado sus convicciones estratégicas.

Por eso, y por muchas cosas más que no cabrían en un anexo ni en una nota a pie de página, es que me animo a escribirle estas líneas, ahora que sabemos de fechas para primarias, ahora que distintos gremios y colectivos laborales han tomado la calle en busca de sus reivindicaciones. Ahora que el discurso militarista y autoritario ha entrado en caída libre. Ahora que en Perú se disputan el balotaje la hija de un dictador y el proyecto de otro. Ahora que vivimos los estertores de la época petrolera y vamos en barrena hacia la edad post-petrolera. Ahora que los retos de la modernidad aún nos esperan, en pleno auge de la globalización.

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