Archivo de julio 2006

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(Foto: Karim Dannery)

Desde hace ya algunos años, se ha repetido en varios espacios (y por diversas razones) el nombre de Yolanda Pantin. In illo tempore, cuando apareció su ópera prima, Casa o lobo (Monte Ávila, 1980), se habló de la proximidad de su obra con la de Ana Enriqueta Terán y de una novedosa manera de acercarse al querido asunto de la infancia. Luego vino el período del grupo Tráfico, esa maña de fotografiarse en grupo, que tuvo en Armando Rojas Guardia a su más preclaro ideólogo. La obra inmediatamente posterior de Yolanda quiso entonces leerse a partir del manifiesto del grupo, buscando cercanías o distancias con la propuesta inicial. También fueron estos los años de los primeros libros de María Auxiliadora Álvarez, Lourdes Sifontes y otras escritoras más.
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BORGES, OTRA VEZ
OCHENTA AÑOS DE EL TAMAÑO DE MI ESPERANZA

En julio de 1926, la editorial Proa de Buenos Aires reunió los diversos textos publicados ya con anterioridad por el entonces joven Jorge Luis Borges, en lo que vendría a ser (luego de Inquisiciones, 1925) el segundo de entre los muchos volúmenes que habría de publicar en este género a lo largo de su vida. Con cinco dragoncitos embanderados, dibujados por ese extraño personaje que fue Xul Solar (Alejandro Schulz Solari, 1887-1963), El tamaño de mi esperanza contiene veintiún ensayos y una postdata donde comenta el origen haragán de estos materiales. La edición contó apenas de quinientos ejemplares. En 1993, la editorial Seix Barral de Barcelona, bajo la ávida mano de María Kodama, lo rescató de esa forma del olvido que son las inmerecidamente reconocidas Obras completas, editadas en su oportunidad por Emecé. El propio Borges se negó constantemente a incluir estos libros primerizos en dicha edición o a reeditarlo como libro suelto. Sus razones tendría, y poderosas, convencido como estaba de que su obra iba a quedar para siempre y que tales deslices juveniles darían una imagen difusa y extraña, o que iban a resultar unas manchas demasiado visibles en la gran sábana blanca de su obra, suponemos que a causa de su lenguaje barroco y de su argentina pedantería. Muy a su pesar, El tamaño de mi esperanza nos da una idea total de los varios temas que iba a desarrollar en el futuro, salvo que el tono pendenciero e irreverente del volumen se nota en demasía, salpicado además con una ortografía criollista que exaspera a cualquier lector y que coloca a ambos títulos en la atmósfera de lo estrambótico, a juzgar por la robusta y sosegada prosa que le caracterizaría después.
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  • Caracas, Ediciones Libri Amici, 2005.

      Uno oye hablar de Costa Rica y sólo recuerda el nombre de Eunice Odio, aquella irreverente que huyó de su patria para refugiarse en cumbres menos borrascosas y que fue presentada a nuestros ojos de lector por el cálido y generoso gesto de Juan Liscano. Pero he aquí que una voz desconocida aparece ante los lectores venezolanos, de la mano ahora de Ediciones Libri Amici. Y decimos nuevo no por desconocer los libros anteriores de este autor, sino por el aroma de libro inicial y de inocencia que nos deja esta lectura.
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      • Caracas, Bid & Co Editores, 2005.

      A su ya prolífica y particular bibliografía, Padrón agrega este libro singular, con el cual culmina un ciclo celebratorio sobre el tema amoroso ya desarrollado en Boulevard. Este amor tóxico es singular por varias razones. La primera, a juzgar por el título, asumir el riesgo de poetizar acerca de un tema difícil y uno de los que más tradición literaria tiene en el mundo, según lo afirma Rilke en sus conocidas cartas. Para darle una vuelta de tuerca al tema y agregar sus personales variantes musicales, Padrón asume el amor en este libro como torcedura, como fuente de revelación individual por vía de la reflexión ante lo que sojuzga.

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      • Antología básica de la poesía venezolana (1826 / 2002). Selección, presentación y notas: Joaquín Marta Sosa. Caracas, Fundación para la Cultura Urbana, con la colaboración de la Embajada de España en Venezuela y España Acción Cultural Exterior, 2003.

      Cuando aparece una antología de poesía venezolana, se hace difícil para cualquier lector el intento de escribir o reflexionar en voz alta acerca de ella. Más aún cuando quien intentaría hacerlo (para apuntar sus posibles logros o carencias), se presume poeta como es nuestro caso. Si aparece nuestro nombre, entonces se corre el riesgo de ser laudatorio y hasta puede agradecerse la presencia. Si el azar y los astros no han sido favorables, y no aparecemos en el índice, pues entonces se dirá que cualquier comentario es el mero manifiesto de una venganza, un resollar por la herida. Así andamos en el país desde hace años. Quizás por esto, este libro publicado ya en 2003 no ha merecido la atención de la crítica. Es ésta la duda que me ha ocupado desde que tuve noticias de la aparición de esta antología, acometida por Joaquín Marta Sosa, residenciado en Caracas y no en Cantabria como reza la nota acerca del autor. En este sentido, debo aclarar desde el comienzo que me encanta y celebro no aparecer en ella, a juzgar por las sólidas y ruidosas carencias que la caracterizan y que paso a relatar y resumir. La primera, la más visible, es la ausencia de escritores residenciados fuera de Caracas. Más bien parece una antología de poetas caraqueños. Salvo los nombres de Palomares, Pepe Barroeta y Gustavo Pereira, todos los demás están íntimamente relacionados con la capital, sea porque vivieron o viven allí o realizan actividades profesionales en Caracas. Una antología que se anuncia en su título como venezolana, está obligada a colocar la oreja y el corazón debajo de los pliegues más conocidos, allí, en lo subterráneo, asunto que (por supuesto) requiere tiempo, paciencia e investigación.

      Luego está el hecho de que, en el prólogo, se nombra a una serie de escritores que al final no aparecen en el índice. La lista es larga, y no vale la pena entrar en detalles. Pero asombra la ausencia de Juan Calzadilla, Francisco Pérez Perdomo, Miyó Vestrini, Enrique Mujica, Reinaldo Pérez Só, Leonardo Padrón y Santos López (presentes en el prólogo, pero no en el índice), por no escribir los nombres de María Calcaño, Rafael José Muñoz, Miguel Ramón Utrera, Alfredo Chacón, Luis Pastori, Salustio González Rincones, Cruz Salmerón Acosta, Jesús Sanoja Hernández, Ludovico Silva, Darío Lancini, Eduardo Zambrano Colmenares y Rodolfo Moleiro (entre otros muchos), a quienes les castiga el látigo inclemente de la más absoluta indiferencia. Acá cabe señalar, por ejemplo, que resulta difícil hablar de una poesía venezolana del hacia la calle vamos que reza el manifiesto del grupo Tráfico sin referir los libros Dictado por la jauría o Ciudadano sin fin de Juan Calzadilla. No sólo referirlos. También (y sobre todo), incluirlos en el índice.

      Un tercer aspecto a resaltar son las fronteras que se ponen a la poesía escrita por mujeres, dedicándoles un aparte especial, como si las voces desde lo femenino no responden a las demás categorías propuestas por el autor y formasen per se un planeta solitario. Puede ser cierto (es discutible, quiero decir) que la poesía escrita por mujeres ha tomado un auge importante en las últimas décadas, pero eso no es causa suficiente para darles un tratamiento especial. Las mismas preocupaciones formales y temáticas (sobre esto de fondo y forma volveremos más adelante) atraviesan la subjetividad femenina, no sólo en este país sino en el resto del universo. Acá cabe señalar la estruendosa ausencia de Ida Gramcko o de alguna referencia a María Calcaño, nombres necesarios a la hora de resumir cualquier antología poética venezolana, más aún cuando se califica a sí misma de básica.

      Como quiera que los animales, según Franz Khun, se dividen en (a) pertenecientes al Emperador, (b) embalsamados, (c) amaestrados, (d) lechones, (e) sirenas, (f) fabulosos, (g) perros sueltos, (h) incluidos en esta clasificación, (i) que se agitan como locos, (j) innumerables, (k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, (l) etcétera, (m) que acaban de romper el jarrón y (n) que de lejos parecen moscas, digamos que no vale la pena poner en tela de juicio los ocho (diez o quince, qué más da) puntos cardinales propuestos como metodología o guía de lectura. El asunto acá consiste en que no se puede (a estas alturas del avance de la teoría y de la crítica literaria) proponer a la relación fondo-forma (es decir, la estilística) como guía exclusiva y excluyente de lectura. Según dicha clasificación, no sólo ciertos animales pueden parecer moscas si se les mira desde lejos, sino que las moscas se estudian además como mamíferos. Y ya esto resulta francamente insoportable. A la hora de levantar un mapa de nuestra poesía (dirigida también a lectores españoles y de otras latitudes, cabe recordar) resulta por lo menos irresponsable reducir el asunto a un problema de espíritus más o menos poéticos y de esencias materiales, recicladas o no con cierta pericia por el alma del poeta, expresadas en mundos temáticos más o menos diversos y elaborados con mayor o menor eficacia, partiendo de cierta madurez o no del lenguaje. Estilística e impresionismo puro y platónico. A estas alturas de la profundidad y de la musculatura de los estudios literarios y de la academia en América Latina, bien valdría la pena proponerse una antología de la poesía venezolana que hable de las formas de creación e instauración de nuestro imaginario espacial y de la conformación de la subjetividad latinoamericana, de las formas de vinculación de ese imaginario poético con las vanguardias y postvanguardias del mundo literario occidental, en fin, acometer la busca de la construcción de nuestra realidad (real o imaginada) desde una perspectiva de independencia, originalidad y representatividad, de la que habla Ángel Rama con puntillosa preocupación. No podemos, en este noveno inning, continuar y reproducir la ya clásica manera de ver la literatura y escribir acerca de ella. Ya no nos sirve agradecer la aparición de espíritus y mentalidades más o menos esclarecidas, que nos elaboran un mapa (más cercano a sus subjetividades y limitaciones que a la complejidad discursiva que intenta analizar), y que anhela presentarse como capaz de brindarnos a nosotros, los terrenales e inocentes lectores, un panorama que, a pesar de cualquier pretensión, obedece a una dinámica propia, compleja y rizomática. Sólo así podríamos evitar decir que Andrés Eloy Blanco es un poeta popular (popular es su reconocimiento, su presencia en nuestro imaginario, no su obra, que es algo más compleja y rica) y colocar en la antología precisamente los menos populares de sus poemas, complicados aparatos formales gracias a la construcción y a las referencias cultas. Los llamados populares no son poetas de verso fácil, como apunta el autor, por más que balancee esta opinión agregando el lugar común en estos casos: muy respetuosos de las formas y de los ritmos clásicos, como si la clerecía y la juglaría estuvieron separados en estancos sin comunicaciones. No es fácil, y menos popular, un poema como Las uvas del tiempo. Hay allí otras cosas más importantes, como la sonoridad puesta a prueba en versos blancos y una reflexión nacional acerca de la condición del inmigrante, que pone a este poema en conversación profunda con aquel de Pérez Bonalde que se llama Vuelta a la patria.

      También se evitaría poner en esa vitrina a Aquiles Nazoa (algo más que un poeta popular) y al mismo tiempo no incluir en el índice a uno de los poemas más importantes de nuestra tradición literaria, como lo es el Florentino y el Diablo de Alberto Arvelo Torrealba, donde lo culto y lo popular (para continuar con las mismas y sospechosas categorías) han sabido darse la mano estrechamente. Acá cabe señalar que esa delimitación impuesta por el canon al separar lo culto y lo popular ya hace años que no sirve para hablar de la poesía que se ha escrito en nuestro continente.

      También podríamos evitar caer en la tentación de decir que la obra de Liscano que más interesa es la dedicada a la reflexión acerca de la espiritualidad y la metafísica, dejando afuera Orinoco, Nuevo Mundo, ya que su obra navegó con desigual calidad, y en la cual la batalla social, la épica de lo nacional y de su bramar telúrico, el poema de la denuncia combativa, ardoroso y utopista, así como el paso por el simbolismo y el surrealismo, fueron su tierra de siembra, para terminar hablando, en una evolución sin continuidades, de un lirismo superior que logra adentrarse en una textualidad lírica de muy distinto norte y factura y de sobresaliente calidad. A propósito, ese paso por el simbolismo y el surrealismo, ¿debe verse como lo que es, una categoría europea, o corresponde a una manera mestiza y americana de reciclar el lenguaje de las vanguardias de Occidente? ¿Qué quiere decir textualidad lírica de muy distinto norte y factura y de sobresaliente calidad? Más allá de la adjetivación, dicho comentario no dista mucho de lo que acostumbran decir los jurados a la hora de valorar y justificar sus veredictos en los concursos literarios de este país.

      Otra cosa, que nos parece más grave. De acometerse una antología más pendiente de sus receptores, podría también asumir la responsabilidad de ofrecernos un corte temporal de las obras y autores reseñados, es decir, anexar una bibliografía que aporte al posible lector nacional y extranjero las fuentes para la información que pueda interesarle. La antología carece de tales referencias.

      Más que una antología básica, es ésta otra antología personal de entre las muchas que en las últimas décadas se han publicado en Venezuela. Proponerse básica con las carencias que anotamos es un privilegio reservado sólo a almas superiores y panópticas que no son ya suficientes para explorar los meandros y sinuosidades de nuestra poesía. Acometer un mapa de tales dimensiones, supera y desde hace rato la mera subjetividad individual. Navegación de tres siglos es, en resumidas cuentas, una antología fallida, por personal, por ausencia de una metodología que supere la mera estilística, por ausencia de nombres y por ausencia de referencias bibliográficas. Es otro intento más de entre los muchos que nuestra laxitud intelectual ha producido. Y lo lamento. No por los ausentes o por su autor, sino por los posibles lectores nacionales y extranjeros. En las actuales circunstancias del país y del mundo editorial en nuestra lengua, se pierde una excelente oportunidad de poner en los nuevos ojos que esperan conocernos, un mundo poético que es mucho más complicado que el catálogo de soluciones eficaces del ya superado y falso asunto de fondo y forma, de temas y tratamientos que esta antología supone. Ya es hora de asumir responsabilidades más profundas que esta exposición pública de gustos y criterios más o menos inteligentes. Ni la poesía, ni los lectores, ni el país, ni el estado actual de la reflexión literaria en América Latina soportan un minuto más de aire en los territorios de estos desvaríos. No podemos continuar subiendo por las escaleras de las lecturas inteligentes, de almas privilegiadas por el buen gusto moderno, cuando el ascensor de los riesgos académicos ya llega con prisa a los pisos superiores.

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      • Clave femenina de la poesía hispanoamericana.
      • Caracas, Fundación para la Cultura Urbana, 2005.

       

      En la tremendista y a veces lúcida discusión acerca de una poesía escrita por mujeres (o poesía femenina, como queramos llamarle) y la pertinencia de convertirla en categoría, he aquí un ensayo que propone una visión lúcida y novedosa que, a nuestro juicio, busca un punto de equilibrio entre los extremos en que se ha intentado estabilizar tal contienda teórica. Por una parte, la condición de lo femenino en tanto visión particular del mundo y, por la otra, lo concerniente al estricto espacio literario y poético. Por una parte, las marcas que toda sociedad y todo momento histórico sabe dejar en cualquier discurso literario. Por otra parte, la necesaria calidad que se exige a la hora de confrontar el texto ante el lector. De esa ambigüedad nace lo incómodo de la poesía femenina: el discurso que busca un espacio en el mundo estético, sin importarle el objetivo final del reconocimiento. Debemos conceder que esta propuesta es temeraria, pero también cabe señalar que, mientras vamos leyendo el libro, nos encontramos con sólidos sustentos teóricos, aquellos que tienen como preocupación los estudios acerca de la literatura y el Poder, por una parte, y la articulación desde esta orilla del riesgo, fronteriza y diferente, que caracteriza la poesía escrita desde este lado del idioma y del Atlántico.

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      • Caracas, 2006.

      A su modesta pero penetrante bibliografía que tanto mundo subterráneo nos ha enseñado a ver, el maestro [tag]Rafael López-Pedraza[/tag] suma este librito de tan solo noventa y cuatro páginas, donde de manera sobria e inteligente trabaja (desde los predios de la psicología arquetipal) dos personajes simbólicos de la cultura de Occidente. Desde esos complicados territorios, pero por vía de una prosa amena y didáctica, el autor construye un conjunto de reflexiones que sirven para colocar ante los ojos del lector las diversas características y patologías humanas de lo masculino y lo femenino, contribuyendo así al intento de comprender los ríos profundos que mueven la personalidad individual y colectiva.

      El libro está planificado en dos partes. La primera, hace una relación de lo femenino a partir del mito de las diosas vírgenes. Acá, el autor nos introduce en el universo de las diversas imágenes cimentadas a partir de Hestia, Atenea, Perséfone y Artemisa. Lo interesante de la propuesta es la intención y el logro de mirar lo femenino alejado de la tradicional visión de su relación con lo masculino. No duda el autor en afirmar que la única gran revolución moderna ha sido el progresivo ascenso de lo femenino en el territorio de lo social. La segunda parte está dedicada a la tragedia Hipólito, de Eurípides, estudiando al personaje desde la perspectiva de hijo arquetipal de Artemisa, es decir, desde la visión de lo femenino. Como ya es costumbre en López-Pedraza (y esto es uno de sus aciertos), el texto en general no pretende conclusiones ni navegar en los meandros de la ayuda fácil, dejando al lector el trabajo de completar los sentidos para los cuales esté mejor preparado, según sea su dinámica profunda y su necesidad.
      El otro acierto del libro consiste en volver a afirmar que cualquier tipo de depresión debe ser vivida en profundidad, sin falsos y cerebrales salvavidas. La cultura moderna, tan atravesada y esclavizada por la tiránica economía del tiempo, no permite a los sujetos profundizar en sus conflictos individuales y sociales. En ese sentido, el texto en general también elabora una crítica de las prácticas psiquiátricas como mecanismo de Poder, con la sola intención de convertirlas en paños calientes para el alma individual y colectiva. En diálogo permanente con lo genésico y profundo, el ser humano está llamado a confrontar sus dilemas huyendo de esos territorios, tratando de evitar cualquier racionalización pura que le impida confrontarse y liberarse de lo traumático, que allí está el riesgo y el camino: huir de cualquier trampa consolatoria. En la vida moderna (insiste López-Pedraza) no existe una cultura de la depresión. No hay una concepción de su significado psicológico para la salud… Hoy no hay tiempo para la depresión… El entrenamiento médico no proporciona la cultura requerida para evaluar la depresión o reflexionarla.

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      • Prólogo de Francisco Javier Pérez.
      • Maracaibo, Universidad Católica Cecilio Acosta, 2005.

      El exigente y muy digno catálogo de publicaciones de la Universidad Católica Cecilio Acosta se ha convertido en referencia obligada a la hora de poner al día la lectura acerca del país. Este título editado en 2005 y que constituye el volumen cien del fondo editorial, es una de las piezas claves de ese enorme rompecabezas de lucidez llamado Andrés Bello y ofrece al lector la posibilidad de introducirse en la visión política e ideológica del intelectual venezolano. El prólogo de Francisco Javier Pérez nos invita en el fondo a superar la fase en la que hasta ahora se encontraban los estudios bellistas. En fin de cuentas, como nos lo recuerda Mariano Picón Salas, el asunto no es lo que se lee, si no cómo se lee. Hecho el mapa general de su gigantesca obra, es el momento de continuar con el análisis puntual de cada una de ellas, con la intención de colocar su pensamiento en el justo territorio de la construcción del pensamiento civil de nuestro continente, que aún convive con un mundo de estatuas y charreteras, de espadas y condecoraciones colgadas en el pecho.

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      Las veces que he asistido a la Semana Internacional de la Poesía, lo he hecho para ejercitar y adiestrar el oído. Oír a los poetas, más que verlos, ha sido el norte de mis pasos. Soy un convencido de que la poesía no es asunto de escribir de una forma más o menos inteligente y bella. Su llamado es a ensayar en el arte del oído y aprender en el error. Oír la vida, oír el idioma. Allí no hay dilema.

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