Archivo de septiembre 2006

- Caracas, Fundación para la Cultura Urbana, 2006.
Autor de una sólida y reconocida obra, Guillermo Morón vuelve por sus fueros y nos ofrece este legajo de papeles escritos a finales de la década de los setenta y que tienen como centro eso que el propio autor clasifica como microhistoria, la pequeña crónica puntual que se pasea por el detalle doméstico, por la historia de las regiones o por los hombres de pequeña o gran nombradía en ese lienzo enorme que es la historia nacional. En fin de cuentas, son los pequeños detalles lo que hacen humana y significativa esa acumulación de fechas, nombres y batallas en que se ha resumido nuestra historia patria desde los cronistas hasta el presente. Morón en este libro sabe eludir el riesgo de la escritura aburrida en que puede convertirse cualquier texto que hable de historia, para beneficio de los lectores. En este caso en particular, Morón contribuye además con la sensatez al echar el cuento desde el principio mismo de nuestra nacionalidad y proponernos que una historia de Venezuela no comienza (como siempre ha intentado hacerlo todo proyecto excluyente) con la heroicidad de la gesta independentista, que suele arrancar en 1810 y concluir en 1821, sino que nuestra historia debe tomar en cuenta la Conquista y la Colonia. En fin de cuentas, muchos de nuestros próceres eran blancos criollos, con añejas conexiones con la aristocracia peninsular. En fin de cuentas, venimos de allí, de eso que algunos autores llaman el exilio europeo. Nos guste o no, eso es otra discusión.
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Etiquetas: reseña ensayo
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- Caracas, Monte Ávila Editores, 2005.
En medio de toda crisis, la función poética (de la que habla el autor de este libro, siguiendo el discurso de la lingüística) sabe remover el mundo y darle otros significados a los significantes ya gastados. Los grandes derrumbes sociales del siglo XX estuvieron acompañados, al final, de la palabra poética como ruta indicadora para continuar el camino. De esto y muchas otras cosas viene a hablarnos este libro.
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Etiquetas: reseña ensayo
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- Caracas, Fundación para la Cultura Urbana, 2006.
Una forma de contribuir a la productiva querella acerca de nuestra modernidad es este título cuyos diez ensayos no tienen desperdicio, si tomamos en cuenta lo ambicioso de la propuesta, el tono y el nivel de la discusión y las temáticas que aborda: sobre el pensamiento criollo (Tomás Straka), la modernidad caraqueña (Lorenzo González Casas), educación y democracia (José Francisco Juárez), catolicismo y modernidad (Agustín Moreno Molina), los ferrocarriles en el siglo XIX (Olga González Silén), campos petroleros y ciudadanía (Miguel Tinker Salas), historiografía y novela latinoamericana (Jorge Bracho), los pabellones venezolanos en las exposiciones internacionales (Orlando Marín Castañeda), arte y modernidad (Elizabeth Marín) y la arquitectura y urbanismo de Ocumare de la Costa (Jorge Villota Peña).
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Etiquetas: reseña ensayo
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Uno de los capítulos más delirantes que he visto de Pinky y Cerebro, fue aquel donde a Cerebro se le ocurre, en su deliciosa locura de conquistar al mundo, crear con papel maché uno paralelo al planeta Tierra. Le pidió a Pinky que se suscribiera a todos los diarios del mundo. Con los periódicos y cola blanca, construyó ese nuevo planeta. Luego le creo ciudades, mares, monumentos, glaciales, selvas, ríos, peces, montañas, pájaros, elefantes, murciélagos y demás bestias de superficie. Para convencer a los habitantes del planeta real a que se pasasen al irreal, Cerebro obsequia t-shirt a todos. En cuestión de horas, se quedó solo, junto a Pinky, en esta solitaria Tierra real, mientras la de mentira era poblada por la humanidad. Entonces exclamó: Al fin, Pinky, un mundo sin reyes, sin presidentes, sin burocracia, sin automóviles… un mundo sin Quentin Tarantino. Seremos en verdad felices.

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Foto: Gregory Zambrano
Harry Almela
En alguna línea de Nombres propios, Víctor Valera Mora nos regala este verso luminoso e intrigante, que juega con una frase leída seguramente en El Aleph: Pepe Pepe Dionisius Pepe Dionisio Paolini Pepe atolondrado/ Pepe ganado para siempre soy yo el diablo. Habla, por supuesto, de nuestro Pepe, del atravesado por las banderas del delirio sosegado, el bienaventurado hijo de la copa de huesos de la Pandilla de Lautremont, en fin, del poeta José María Barroeta Paolini, natural de alguna nube sin bies ni escotes y venido al mundo en Pampanito, seguramente una noche de grandes tormentas celestes y terrestres, el año de Dios de 1942. Navegante a bolina de la modernidad poética venezolana, a medio camino entre la cólera de Baudelaire y la serenidad de Williams Carlos Williams, su voz y sus ojos inquietos han sabido descifrar el tránsito por esta tierra, entre heredades toscas y alquimias de la hermosura, sin dejarse enamorar por el fondo de los alcoholes citadinos, pues ha sido fiel a la tradición de todos sus paisajes.
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Etiquetas: reseña poesía
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- Prólogo de Miguel Ángel Campos. Mérida, Universidad de Los Andes, Publicaciones del Vicerrectorado Académico/ Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, 2006.
Editado por vez primera en 1972, este ensayo retoma vigencia ante la situación general de reflexión que vive el país. En fin de cuentas, el petróleo es el sustrato no sólo de nuestra economía, sino también de nuestra idiosincrasia, caracterizada por ese laissez faire que tanto atormentó a Cabrujas (hasta hacerle confesar que éramos un país de campamento), y que nos pone a especular sobre nuestro destino -no sin angustias- en medio de las clamorosas aglomeraciones de nuestra actual clase media ante las vidrieras alegres del Sambil de Margarita. Por allí va la lectura de este libro: ¿qué imaginario de país hemos construido, qué proyecto tenemos, cuál es nuestro destino?
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Etiquetas: reseña ensayo
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- Prólogo de Arnaldo Valero. Mérida, Universidad de Los Andes, Instituto de Investigaciones Literarias Gonzalo Picón Febres, 2005.
Si hay una constante que caracteriza a la modernidad literaria es, a no dudar, el acompañamiento de la obra con la reflexión. Así lo confirman, en nuestro continente al menos, escritores como Octavio Paz y Jorge Luis Borges, quienes vivieron atareados en sustentar el grueso de su obra con ensayos donde se amplía el tradicional concepto de autor, merodeando por los estrechos calles de la estética.
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- Prólogo de Miguel Ángel Campos. Maracaibo, Universidad Cecilio Acosta, 2004.
Uno no puede menos que asombrarse cuando se descubre que la Editorial Sur de Buenos Aires, en 1967, publicó por primera vez en nuestra lengua unos ensayos de Walter Benjamin, cuya traducción se debe a éste Héctor Álvarez Murena, osado y olvidado escritor argentino (1923-1975), vinculado intelectual y espiritualmente con la llamada Escuela de Frankfurt y autor de una serie de ensayos sobre nuestro imaginario latinoamericano que anteceden (en tiempo y en profundidad) la muy reconocida y respetada obra de Ángel Rama.
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- Madrid, Visor Libros, 2005.
Una antología se reduce al manejo más o menos feliz de ciertas normas básicas: apoyar la selección en el prólogo, aclarar aspectos en las notas y responder a las preguntas quién lee y para qué. Partiendo de dichos elementos, expondremos nuestro punto de vista acerca de este libro.
El prólogo comienza por afirmar que la experiencia… me ha ofrecido distintas oportunidades de selección y organización de la poesía de mi país. Esta autoritas llevó al antólogo a publicar en su momento una primera muestra (1997) guiada por un norte de generosidad más incluyente que excluyente. Luego habla de sus antologías de poetas del siglo xix y xx, que en realidad fuero adelantos de su libro El coro de las voces solitarias. Una historia de la poesía venezolana, el cual no duda en recomendarnos si deseamos profundizar la ceñida síntesis prologal. Es la primera historia de la poesía venezolana que se ha escrito. Ante esta muestra de modestia y mesura, aceptamos buscar en El coro… lo que debería estar acá: un corpus teórico que sustente la selección. Quisimos jugar a ser un lector español o mexicano, el quién lee.
En este careo comienzan los desatinos, luego de enterarnos en El coro… de que Picasso no es malagueño sino un catalán esclarecido (p. 127); que Tabaquería está asombrosamente emparentado con el Derrota de Cadenas (p. 234) o que el Canto a España es un poema modernista construido sobre un metro romántico (p. 94 y ss.). ¿Qué cosa será un metro romántico? Se afirma en El coro… que, al escribir ese poema, Andrés Eloy Blanco revela una estrategia nada ingenua: hace un elogio de lo español, lo que le valió el célebre premio en Santander. Pero, atención, no se trata del gran poema que dividió la poesía venezolana… ni siquiera es un canto de la profundidad romántica. Sin embargo, se incluye en la selección, con nota a pie de página que recalca intencionalmente lo del premio, jugando el mismo juego que reclama al poeta cumanés. Continúa sobre Andrés Eloy en la antología, elaborando el lugar común que ningún texto se cansa de machacar: su vida nos da las pistas para perdonar su obra. Comparándolo con Ramos Sucre (como suele suceder con sólida injusticia), se aclara que los sitios de Blanco fueron la tribuna del orador y la cárcel y los de Ramos Sucre, la biblioteca y los lomos de los libros. ¡Vaya!
Y al hablar de Ramos Sucre en la Antología esencial, se le compara con González Rincones. ¿Y quién es González Rincones, que no se incluye? Luego se certifica que el primero en advertir una gran obra en la suya (en la de Ramos Sucre, debe entenderse) fue Carlos Augusto León. Sin embargo, en El coro… se afirma: Ya el propio ensayo interpretativo de León contribuyó con el entuerto de creer que la búsqueda de paisajes históricos en Ramos Sucre era una estrategia evasiva… fue esta fácil interpretación la que prevaleció y aún prevalece en algunos lectores desarmados (p. 116) ¿Y entonces? ¿León advierte o no una gran obra? ¿Por qué es un entuerto creer que la vida sirve para entender la obra de Ramos Sucre, pero en el caso de Blanco sirve para perdonarlo?
De Eugenio Montejo, se dice: asume que un alfabeto rige la gramática de la realidad, y la tarea del poeta es descifrar el código, hallar la llave y tornar el pomo de la puerta, que es un poeta clásico, pero no por ello reo de cárceles formales. Dejando de lado el hecho de que no existe manera o truco para que un alfabeto rija la gramática, ni siquiera como metáfora, el vocablo clásico tiene desde hace ya mucho tiempo demasiadas y reductoras acepciones. Podríamos subrayar comentarios similares, pero sobran para ilustrar la carencia de un piso convincente.
Por lo demás, este compendio parte del supuesto de que en estas comarcas se escribe la mejor poesía del idioma. Tal afirmación puede ser cierta, a condición de que estemos convencidos de ello sin necesidad de decirlo, cuando de lo que se trata más bien es de demostrarlo, o que lo hagan los poemas. Como señalaba en su momento Juan Malpartida en ABC Cultural (refiriéndose a otra selección esencial de poetas venezolanos), las antologías… están plagadas de «fundadores», y de poetas deslumbrantes… Y no podemos olvidar que la verdadera poesía es viajera y va ligera de equipaje, es decir, que ha de perder necesariamente esos rasgos que sólo son de un lugar y que sólo se entienden desde él. Por eso, resulta cansino leer frases altisonantes como éstas en las notas: La poesía de Paz Castillo es uno de los mayores orgullos que alimenta mi venezonalidad (p. 50); una de las aventuras vitales más complejas y ricas de la intelectualidad venezolana (a Juan Liscano, p. 114); … una de las obras poéticas más ricas y profundas de nuestra modernidad (a Rafael Cadenas, p. 154); es una de las [voces] más importantes de la poesía venezolana (a Hanni Ossott, p. 249); Es, sin la menor duda, una de nuestras mejores voces (a Yolanda Pantin, p. 302). El abuso adverbial no contribuye a que el lector se convenza de lo que debe ser obvio y no adjetivo.
Esta nueva antología esencial aparece en momentos particulares de nuestra poesía, dentro y fuera del país. Bien vale saludar el esfuerzo y la intención. El quid del asunto está en los precarios resultados. Sin tomar en cuenta el vanidoso anuncio de que no serán pocos los que me retirarán el saludo, de estar atento a las señales del más allá (en espera, es de suponer, de los agradecimientos de aquellos que ya no están), la compilación pierde la oportunidad de arriesgarse y de nadar en aguas profundas, para decirlo con una frase original.
Es deber pronunciarse en relación a un último aspecto. Sobreviviendo a la visión provinciana y superficial de la ceñida síntesis prologal y de las notas, el índice de autores nos satisface. Faltarían, para mayor justicia, los nombres de Ana Enriqueta Terán, Alfredo Silva Estrada y Juan Calzadilla, las ausencias más visibles.
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