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  • Madrid, Visor Libros, 2005.

Una antología se reduce al manejo más o menos feliz de ciertas normas básicas: apoyar la selección en el prólogo, aclarar aspectos en las notas y responder a las preguntas quién lee y para qué. Partiendo de dichos elementos, expondremos nuestro punto de vista acerca de este libro.

El prólogo comienza por afirmar que la experiencia… me ha ofrecido distintas oportunidades de selección y organización de la poesía de mi país. Esta autoritas llevó al antólogo a publicar en su momento una primera muestra (1997) guiada por un norte de generosidad más incluyente que excluyente. Luego habla de sus antologías de poetas del siglo xix y xx, que en realidad fuero adelantos de su libro El coro de las voces solitarias. Una historia de la poesía venezolana, el cual no duda en recomendarnos si deseamos profundizar la ceñida síntesis prologal. Es la primera historia de la poesía venezolana que se ha escrito. Ante esta muestra de modestia y mesura, aceptamos buscar en El coro… lo que debería estar acá: un corpus teórico que sustente la selección. Quisimos jugar a ser un lector español o mexicano, el quién lee.

En este careo comienzan los desatinos, luego de enterarnos en El coro… de que Picasso no es malagueño sino un catalán esclarecido (p. 127); que Tabaquería está asombrosamente emparentado con el Derrota de Cadenas (p. 234) o que el Canto a España es un poema modernista construido sobre un metro romántico (p. 94 y ss.). ¿Qué cosa será un metro romántico? Se afirma en El coro… que, al escribir ese poema, Andrés Eloy Blanco revela una estrategia nada ingenua: hace un elogio de lo español, lo que le valió el célebre premio en Santander. Pero, atención, no se trata del gran poema que dividió la poesía venezolana… ni siquiera es un canto de la profundidad romántica. Sin embargo, se incluye en la selección, con nota a pie de página que recalca intencionalmente lo del premio, jugando el mismo juego que reclama al poeta cumanés. Continúa sobre Andrés Eloy en la antología, elaborando el lugar común que ningún texto se cansa de machacar: su vida nos da las pistas para perdonar su obra. Comparándolo con Ramos Sucre (como suele suceder con sólida injusticia), se aclara que los sitios de Blanco fueron la tribuna del orador y la cárcel y los de Ramos Sucre, la biblioteca y los lomos de los libros. ¡Vaya!

Y al hablar de Ramos Sucre en la Antología esencial, se le compara con González Rincones. ¿Y quién es González Rincones, que no se incluye? Luego se certifica que el primero en advertir una gran obra en la suya (en la de Ramos Sucre, debe entenderse) fue Carlos Augusto León. Sin embargo, en El coro… se afirma: Ya el propio ensayo interpretativo de León contribuyó con el entuerto de creer que la búsqueda de paisajes históricos en Ramos Sucre era una estrategia evasiva… fue esta fácil interpretación la que prevaleció y aún prevalece en algunos lectores desarmados (p. 116) ¿Y entonces? ¿León advierte o no una gran obra? ¿Por qué es un entuerto creer que la vida sirve para entender la obra de Ramos Sucre, pero en el caso de Blanco sirve para perdonarlo?

De Eugenio Montejo, se dice: asume que un alfabeto rige la gramática de la realidad, y la tarea del poeta es descifrar el código, hallar la llave y tornar el pomo de la puerta, que es un poeta clásico, pero no por ello reo de cárceles formales. Dejando de lado el hecho de que no existe manera o truco para que un alfabeto rija la gramática, ni siquiera como metáfora, el vocablo clásico tiene desde hace ya mucho tiempo demasiadas y reductoras acepciones. Podríamos subrayar comentarios similares, pero sobran para ilustrar la carencia de un piso convincente.

Por lo demás, este compendio parte del supuesto de que en estas comarcas se escribe la mejor poesía del idioma. Tal afirmación puede ser cierta, a condición de que estemos convencidos de ello sin necesidad de decirlo, cuando de lo que se trata más bien es de demostrarlo, o que lo hagan los poemas. Como señalaba en su momento Juan Malpartida en ABC Cultural (refiriéndose a otra selección esencial de poetas venezolanos), las antologías… están plagadas de «fundadores», y de poetas deslumbrantes… Y no podemos olvidar que la verdadera poesía es viajera y va ligera de equipaje, es decir, que ha de perder necesariamente esos rasgos que sólo son de un lugar y que sólo se entienden desde él. Por eso, resulta cansino leer frases altisonantes como éstas en las notas: La poesía de Paz Castillo es uno de los mayores orgullos que alimenta mi venezonalidad (p. 50); una de las aventuras vitales más complejas y ricas de la intelectualidad venezolana (a Juan Liscano, p. 114); … una de las obras poéticas más ricas y profundas de nuestra modernidad (a Rafael Cadenas, p. 154); es una de las [voces] más importantes de la poesía venezolana (a Hanni Ossott, p. 249); Es, sin la menor duda, una de nuestras mejores voces (a Yolanda Pantin, p. 302). El abuso adverbial no contribuye a que el lector se convenza de lo que debe ser obvio y no adjetivo.

Esta nueva antología esencial aparece en momentos particulares de nuestra poesía, dentro y fuera del país. Bien vale saludar el esfuerzo y la intención. El quid del asunto está en los precarios resultados. Sin tomar en cuenta el vanidoso anuncio de que no serán pocos los que me retirarán el saludo, de estar atento a las señales del más allá (en espera, es de suponer, de los agradecimientos de aquellos que ya no están), la compilación pierde la oportunidad de arriesgarse y de nadar en aguas profundas, para decirlo con una frase original.

Es deber pronunciarse en relación a un último aspecto. Sobreviviendo a la visión provinciana y superficial de la ceñida síntesis prologal y de las notas, el índice de autores nos satisface. Faltarían, para mayor justicia, los nombres de Ana Enriqueta Terán, Alfredo Silva Estrada y Juan Calzadilla, las ausencias más visibles.

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