Cuando niño, hace ya varios siglos, tenía una colección de tractores y camiones Caterpillar. De juguete, por supuesto. Negros y amarillos, exactos, cumplían a cabalidad su cometido: apilar, juntar, acomodar, transportar. ¿Quién diría, con el curso de los años, que iba a tropezarme con estos de ahora, rozagantes, sonreídos, exactos en su estupidez?
Son los caterpillar del presidente, quien se ha convertido (a su vez) en un risueño pastor de caterpillars.
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