Archivo de 17 Febrero 2007

 

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Foto: Vasco Szinetar

Heberto Padilla, nació en Pinar del Río (Cuba) en 1932. En el proceso de la revolución cubana ocupó cargos directivos de importancia, principalmente en el área de las relaciones diplomáticas y en el contacto con innumerables intelectuales en el mundo.

 

En 1967 se convirtió en el centro de una polémica ideológica. No obstante, al año siguiente obtuvo el Premio Nacional de Poesía de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba con su libro Fuera del juego. La obtención de este galardón da comienzo a las dificultades de Padilla. Mientras el jurado saludaba su fuerza y sentido revolucionarios, el comité Director de la UNEAC estimaba que el libro, por crítico y polémico, era “contrarrevolucionario” y condenaba su “contenido ideológico”. Fuera del Juego se publicó con ambas declaraciones antecediendo al texto. En 1971, Padilla fue encarcelado junto con su esposa, la poetisa y escritora Belkis Cuza Malé, acusados por el Departamento de Seguridad del Estado de “actividades subversivas”.

 

Merced a la presión de intelectuales tales como Sartre, Simone de Beauvoir, Alberto Moravia y Mario Vargas Llosa, fue liberado y en 1980 autorizado a abandonar su país. Ese mismo año concluyó su novela En mi jardín pastan los héroes, que fue traducida a siete idiomas.

 

Falleció en Estados Unidos en septiembre de 2000.

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EN TIEMPOS DIFÍCILES

A aquel hombre le pidieron su tiempo
para que lo juntara al tiempo de la Historia.

Le pidieron las manos,
porque para una época difícil
nada hay mejor que un par de buenas manos.

Le pidieron los ojos
que alguna vez tuvieron lágrimas
para que contemplara el lado claro
(especialmente el lado claro de la vida)
porque para el horror basta un ojo de asombro.

Le pidieron sus labios
resecos y cuarteados para afirmar,
para erigir, con cada afirmación, un sueño
(el-alto-sueño);
le pidieron las piernas,
duras y nudosas,
(sus viejas piernas andariegas)
porque en tiempos difíciles
¿algo hay mejor que un par de piernas
para la construcción o la trinchera?

Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,
con su árbol obediente.

Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.

Le dijeron
que eso era estrictamente necesario.

Le explicaron después
que toda esta donación resultaría inútil
sin entregar la lengua,
porque en tiempos difíciles
nada es tan útil para atajar el odio o la mentira.

Y finalmente le rogaron
que, por favor, echase a andar,
porque en tiempos difíciles
ésta es, sin duda, la prueba decisiva.

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Alexander Fadeiev se llamaba un escritor ruso de los tiempos en que existía la Unión Soviética. Su novela más famosa, La Joven Guardia, la leíamos con pasión los jóvenes comunistas de los años de Pérez Jiménez. Narraba el sufrimiento, los horrores y también la gloria de la gran guerra contra el nazismo. En 1919 había sido soldado del naciente Ejército Rojo y dos veces fue herido en combate. Pero en 1946 fue nombrado presidente de la Unión de Escritores Soviéticos, cargo que desempeñó hasta 1954 y desde allí se convirtió en el cancerbero de Stalin contra los intelectuales. Fue gran comisario del “realismo socialista”, brazo derecho de Andrei Zhdanov, ministro de la “Cultura” de Stalin, y solía decir cosas como que no estaba de acuerdo con equis decisión del gobierno pero que tal o cual escritor o músico censurado (o enviado al Gulag) se lo habían buscado y que bien hecho.

Después de la muerte de Stalin y ante las revelaciones de sus crímenes, Fadeiev, profundamente avergonzado del rol que había jugado, se metió un tiro. Dejó dicho en su carta de despedida: “Es imposible para mí vivir más lejos del arte, al cual he dado mi vida, ya que ha sido destruido por el ignorante y arrogante mando superior del Partido y este mal no puede ser enmendado. Los mejores exponentes de la literatura -un número que los sátrapas zaristas no podían ni soñar llegar a tener- han sido físicamente exterminados o han muerto bajo la mirada condescendiente y criminal de aquellos que ostentan el poder”.

Simón Boccanegra. Diario Tal Cual
Febrero 16, 2007

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