Archivo de Mayo 2007

elizabethschon.jpg Foto: Alfredo Cortina

A Elizabeth la conocí en verdad hace pocos años, durante la presentación de un libro en la extinta Feria de Caracas. ¿Podría repetir acá el lugar común de los modestos dones encarnados en su presencia menuda? Creo que sí. Sus ojos clarísimos como el río que ha amado, sus manos de niña, su habla respetuosa, son los detalles que se engastan en la memoria. Luego nos vimos varias veces, y siempre tuve la impresión de hablar con una caraqueña de las que ya no existen, ataviada de modestias y de gracias, la encarnación más pura de una foto en sepia de cualquier esquina céntrica de una ciudad que ciertamente existió alguna vez y que ahora disfruta mientras nos devora.

No sé cómo decir esto. Hace algunos días, recién el domingo 13 de mayo, hablé con Edgar Vidaurre (quien se ha convertido en su minucioso editor) para pedirle algunos libros de Elizabeth, pues preparamos una antología de poesía amorosa venezolana. Edgar me hizo llegar El barco, la flor y el alma y Visiones extraordinarias. De entre esos libros me tocó hacer la difícil selección. Cosas de la vida. Elizabeth, aunque figuraba desde el principio en mi visión de esa antología, fue la última en llegar pues me faltaban sus más recientes títulos.

La noche de ayer miércoles 16 de mayo, bajo el arrullo y el sopor de esta calurosa primavera venezolana, Elizabeth regresó al cielo que tanto ha cantado en su obra. Nos deja su poesía, su excelente poesía, quizás de las últimas absolutamente devotas de Platón que se ha de escribir en estas tierras y quizás en nuestra lengua. Buena oyente del sonido del idioma, nos deja también su música suave, tan suave como la profunda y clara mirada de sus ojos de niña.

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Entrevista con Miguel Ramón Utrera/

Harry Almela.

Cuando San Sebastián de los Reyes cumplió con su labor pionera al sur de la Provincia de Caracas, decidió cobijarse bajo un manto de señorío. Más de cuatrocientos años tiene ya este pueblo donde nació el poeta [tag]Miguel Ramón Utrera[/tag], hijo de padres también nacidos aquí, como diría la frase de Whitman.

Los antiguos ventanales del centro miran hacia la Plaza de los Tres Diputados. Por una de sus bocacalles se llega hasta la amplia y modesta casa del poeta. Cualquier habitante del poblado le deja a usted en la puerta. Una forma de la veneración hacia este hombre recio que ha educado a varias generaciones.
Casa amplia, con puertas de dos alas y zaguán, con pájaros y aves en el patio. En el fondo, las frondosas ramas del onoto. Doña María se acerca con sigilo. Respetuosamente interrumpe la conversación para anunciar al poeta que su almuerzo está servido. Franco, cordial, con cuidada dicción. Utrera nos dedicó esa tarde cuatro horas de su tiempo. Entre el canto de los gallos y la natilla con miel, nos hizo viajeros de su memoria, hablando de un país real y un país literario que el tiempo devora, incesante.

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