Archivo de 17 mayo 2007

elizabethschon.jpg Foto: Alfredo Cortina

A Elizabeth la conocí en verdad hace pocos años, durante la presentación de un libro en la extinta Feria de Caracas. ¿Podría repetir acá el lugar común de los modestos dones encarnados en su presencia menuda? Creo que sí. Sus ojos clarísimos como el río que ha amado, sus manos de niña, su habla respetuosa, son los detalles que se engastan en la memoria. Luego nos vimos varias veces, y siempre tuve la impresión de hablar con una caraqueña de las que ya no existen, ataviada de modestias y de gracias, la encarnación más pura de una foto en sepia de cualquier esquina céntrica de una ciudad que ciertamente existió alguna vez y que ahora disfruta mientras nos devora.

No sé cómo decir esto. Hace algunos días, recién el domingo 13 de mayo, hablé con Edgar Vidaurre (quien se ha convertido en su minucioso editor) para pedirle algunos libros de Elizabeth, pues preparamos una antología de poesía amorosa venezolana. Edgar me hizo llegar El barco, la flor y el alma y Visiones extraordinarias. De entre esos libros me tocó hacer la difícil selección. Cosas de la vida. Elizabeth, aunque figuraba desde el principio en mi visión de esa antología, fue la última en llegar pues me faltaban sus más recientes títulos.

La noche de ayer miércoles 16 de mayo, bajo el arrullo y el sopor de esta calurosa primavera venezolana, Elizabeth regresó al cielo que tanto ha cantado en su obra. Nos deja su poesía, su excelente poesía, quizás de las últimas absolutamente devotas de Platón que se ha de escribir en estas tierras y quizás en nuestra lengua. Buena oyente del sonido del idioma, nos deja también su música suave, tan suave como la profunda y clara mirada de sus ojos de niña.

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