Archivo de 8 abril 2009

gallegoszapata

El presidente de la hermana república de Feudalia, mariscal Manuel Anzábal, toma el juramento de práctica a nuevos ministros, en una ceremonia que se lleva a cabo en el Circo Estatal capitalino.
Juran los nuevos ministros:
De salud pública, general Roberto Frelloni.
De agricultura, contralmirante Esteban Rómulo Capdeville.
De vías navegables, brigadier Jorge McLennon.
Y de educación y cultura, cabo primero Anastasio López…

Les Luthiers: Los noticiarios cinematográficos.

Comparto con el resto del universo el criterio de que los premios no son garantía de calidad o buenos consejeros para algo. Quiero decir que mi guía de lecturas no pasa por premios, así como mi catálogo de películas no pasa por el Óscar. Que un colectivo escoja lo mejor de una lista, sobre todo, cuando las obras ya son conocidas, es tanto como rizar el rizo. Y más aún cuando dicha selección se hace en nombre de quienes no tienen el gusto de conocer, es decir, de esa masa anónima que se llama el público. Sin embargo, y esto no está de más recordarlo para los párrafos que siguen, resultan buenos mecanismos de promoción y merchandising de la obra. Acá, el ego capitalista (hay que usar la neolengua) juega un papel importante. Muy importante. En el caso de la literatura, la ordenación de lo que Pierre Bourdieu llama pomposamente el campo literario (el circuito editorial, la crítica,  la academia y los premios) conforma el territorio de tensiones en donde entra y debe desplazarse la obra. Ese comercio entre obra y público es lo que, en fin de cuentas, permite el conocimiento y, más aún, el reconocimiento. Por los intersticios de esas rendijas, se cuela el ego del escritor, considerado acá ya no como simple ciudadano, sino como artista. Pero, como la literatura no es platónica, necesita ejercer su dominio en un espacio y tiempo determinado. Es lo que el mismo Bourdieu llama el campo de Poder. Sobre este último punto regresaré más adelante. Baste con adelantar que la edición de un premio de reconocimiento no se da en el aire literario, si no en un país real. Quiero decir que el problema no es exclusivamente literario, lamentablemente.

Toda esta perorata tiene qué ver con la próxima edición del Premio Internacional de Novela “Rómulo Gallegos”, cercado como está por elementos  contradictorios, justo en este año. Y voy al grano. Hay cosas que no entiendo de los novelistas venezolanos, sobre todo de aquellos que han hecho visible oposición al actual gobierno revolucionario, socialista y bolivariano (hay que usar la neolengua). Los que creen en el socialismo como en una lámpara de inagotable aceite (la frase es de Jaime Sabines), lo tienen claro y pueden reposar tranquilamente sus muy dignas cabecitas en la almohada. Para ellos, es muy simple: ansían obtener para sus dilatados curricula (gestados con mucho tesón desde lo que la neolengua designa como la Cuarta República) la versión criolla del Casa de Las Américas. Mas si yo fuera un novelista, un buen novelista, y estuviera en esa lista de participantes (bueno en mi caso sería con una bobela, nunca una novela), no pensaría mucho en retirarla. Por varias razones.

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