LA MUERTE DE SÓCRATES
Y llegó un día en que Cirene, el jardín y la perla de la Tierra, desapareció.
El derrumbe del mundo continúa sus cantos tristes de sirena desvalida y sin océanos. Apenas unos días atrás, cuando no quedó más remedio que atender los padecimientos de Sócrates, el coronel Aureliano Buendía dispuso llevárselo hasta la clínica, casi a la fuerza. Son cerca de las once de una de esas mañanas blancas, espesas y empalagosas, tan redundantes al comienzo del verano en estos tristes trópicos. El sol frío se detiene sobre la copa de los árboles, reclinados contra el cerro. Los araguaneyes y los bucares humedecen el piso con sus flores y un olor a jobo, a melaza y a tierra recién llovida estremece de sepias el paisaje. Años atrás, donde ahora el asfalto corona sus dominios, aún podían verse cacaotales que embrujaban con su arcoíris a los honrados paseantes de las orillas del Anauco. El príncipe ni se enteraba ya de esos detalles. Venía respirando con dificultad, aunque estuviese recostado cómodamente en el asiento del copiloto. El color de su piel era ceniciento, haciendo una grotesca combinación con el río de su abundante cabellera ya marchita y ajada por el tiempo. La amistad de Sócrates con el coronel sobrevivió a los malos tiempos. Se había forjado a la luz de las discusiones y los tragos donde lo importante no era Platón, si no la verdad. Buendía aprovecha para comentarle a Sócrates acerca de las andanzas de la hija de Platón, dedicada ahora a la mendicidad en las calles de esta nueva Varsovia en que se ha convertido el barrio, sobreviviendo al escarnio de los mercaderes y comerciantes. Como su padre gasta la mesada que le corresponde en el ejercicio de seducir a su amante, suele pedir limosnas entre barriles de basura y ramas de árboles caídas sobre las aceras, con las manos extendidas como un sauce. Luego de recoger las migajas que le arriman sus vecinos, ni siquiera se demora un instante para dar las gracias. Entonces lanza un manotazo al aire y se aleja en busca de refugio.
El aire más cercano a la escena principal de esta agonía, agobia con su olor a muerte: un perro enorme y negro, casi un caballo, se pudría en mitad de la acera. Las seis sinagogas y las ocho clínicas habían dejado de ser las señas distintivas de uno de los barrios más decentes y privilegiados de la ciudad. El perro se iba derritiendo en su caldo de gusanos y detritus. Desde hacia tiempo, todo estaba echado a perder en este jardín coronado de techos rojos, entre cariátides inexpresivas y extranjeras, capiteles corintios y cornisas de estuco. Tanto se había deteriorado el paraíso, que ni los bardos laureados deseaban ya recibir los denarios por sus premios y los donaban para el cuidado de los perros callejeros, auxilio que nunca le llegó a éste de piel oscura y reblandecida por la podredumbre que continuaba cocinándose, lenta e impunemente, sin inmutar un ápice el talante de los transeúntes bajo un sol de bermejura. El chofer se movía solícito y ligero, espantando el hedor con ambas manos, y caminaba desde la entrada que iba al estacionamiento hasta el coronel Buendía, quien interpuso sus buenos oficios para el traslado. Fue inclusive a buscarlo al aeropuerto, adonde Sócrates había arribado procedente de un vuelo desde una islita en el Caribe. Allí tenía su palacio, como gustaba llamar al pequeño y silencioso palafito de dos pisos construido a orillas del mar. Su vida de príncipe tocaba a su fin. Poco se podía hacer con aquel cuerpo conocedor de tropelías y abusos. En sus mejores tiempos, sus notorias bacanales con vinos escanciados por estólidas adolescentes le arrimaron el sobrenombre de Pentagruel y sus visitadoras y llegaron a formar parte de los mitos urbanos del gueto, junto a las historias que hablaban acerca de ancianos askenazí escupidos desde Varsovia, Praga o Bucarest a este lado del mundo, que jugaban eternas y nocturnas partidas de ajedrez mientras pasaba el fantasma de la carreta de Darío traqueteando sus ballestas contra el pavimento por la bajada de la avenida Cristóbal Mendoza.
Por fin la fortuna de la historia le había traído su carta al coronel. Luego del triunfo del Bando de los Lúcidos, Buendía se dedicó a meditar acerca de la historia y proclamó, siguiendo la antigua costumbre de sus paisanos, que el hombre más grande de la Tierra había nacido entre los cireneses.
Dirigió sus esfuerzos a divulgar el pasado remoto y a propagar esa gloria. Indicó con detalles cómo debía esculpirse aquel nombre en columnas, arcos y templos Diseñó las lápidas y las estelas conmemorativas para los jardines, los caminos, las plazas y las montañas. Todo llevaría aquel nombre. Los cireneses hicieron de su héroe un dios a quien rendían las más fervorosas reverencias. Los partidarios del Bando de los Lúcidos, por expresa indicación del coronel Buendía, auspiciaban este culto y lo favorecían. Encontraban así un medio seguro de hacerse perdonar sus latrocinios al final de la última guerra en la que redujeron a cenizas al bando de los Traslúcidos. Escrito estaba que para los cireneses era tolerable incluso la pérdida de sus bienes y de la vida misma: Todo, menos ceder un grano de incienso de sus altares. El coronel Buendía, uno de los arúspices en estas lides de entre los más renombrados de la comarca, extenuaba ahora ademanes de gato domesticado en la oficina para contactar con el doctor fulano de tal que ya sabe del caso, señorita. Una enfermera con formas de jirafa angoleña se esmeraba en anotar los pormenores. La idea era internar a Sócrates para estabilizarlo, aunque ya todos sus discípulos estaban preparados desde hacía meses para cualquier cosa y percibían de cerca el color de las alas de la muerte. Sería hasta bueno llamar al resto de la tribu.
A Shelomo lo interrumpió el timbre del teléfono mientras estudiaba a fondo, sin piedad e inútilmente, la primera partida por el título mundial. Trataba de entender la jugada en la que el retador regala el alfil a las blancas, lo que le costó la partida a Fischer. Percibió la extraña simetría con la que los dados de la vida juegan en beneficio de su propio e indescifrable azar: sesenta y cuatro años tenía Fischer al momento de morir de demencia senil; sesenta y cuatro escaques tiene el tablero. Se entretenía en las volutas de las paradojas y su dúctil memoria pasaba de un espacio a otro sin solución de continuidad: más allá de los bordes del tablero, el caos absoluto, adentro, en los límites, el pequeño orden que le miente al hombre la sensación de dominio. Ahora que Adelita al fin se había ido con otro, nadie podía atender el teléfono que sonó varias veces. Shelomo responde al fin con un aló ausente y vago mientras se pasa la palma de la mano por sus cabellos. Regresa de un golpe en la nuca al oscuro hielo de la realidad absoluta: Sócrates estaba en la clínica, a unas cuadras de su casa. El coronel le ruega que se acerque a visitar al hombre que había cambiado sus vidas, al ciudadano del mundo que no se amilanaba ante adversidad alguna y que supo, sonriente, derrumbar peripatéticamente las verdades absolutas de toda una generación de insomnes adolescentes, desterrados ya de por vida, que noche tras noche, en las sórdidas buhardillas de Sabana Grande, encantaban con silbidos de serpientes a estudiantes universitarias de dudosa reputación. En aquellos tiempos que ya se había tragado la boca de la noche, eran muy capaces de pasar tres semanas ahorrándose hasta el aire que respiraban con la sola intención de llevar a uno de esos ángeles nocturnos a almorzar a Tarzilandia o a La Estancia, para allí mentirles, entre sorbos de buen vino, que eran clientes asiduos, y todo con la avara intención de navegar unas horas entre las piernas y el ombligo de la estólida adolescente. Una hembra bien vale una misa de hambre, se decían entre sí, como niños jugando a intercambiar barajitas. Shelomo recuerda estas andanzas mientras se calza los calcetines y los zapatos para caminar las tres cuadras que le separaban de la clínica.
A solas en la habitación decorada con detalles chinescos, nebulosos y ausentes, Sócrates recuerda la única vez que bajó a los infiernos de Cirene y de las cosas que allí vio, que dedujo y que aprendió. El tráfico estaba insoportable todo el día, y le dijo a su chofer que mejor continuaría su viaje en el metro hasta la Central. Así que pidió lo dejase en Palo Verde. Hacía tiempo que no entraba en un metro, el último fue en el de París. Supuso que sería algo parecido. Compró el boleto, empujó el torniquete, bajó al sótano del mundo y esperó. Cuando el vagón frenó y abrió sus puertas frente a él, ya esa niña estaba a su lado. Se veía como de unos quince o dieciséis años, y un erotismo rebosante a hormonas y humores se escondía debajo del uniforme del liceo. El gentío se metió en el vagón y a la niña le tocó sentarse junto a él. Cuando el metro arrancó, ella sacó de su mochila un bolso pequeño. De allí extrajo con sus dedos inocentes unos aperos para el maquillaje. Comenzó entonces a retocarse los párpados, las cejas, las pestañas. Sus ojos se convirtieron en dos soles gigantes, alumbrando la pesadumbre de los pasajeros que ya presentían el naufragio. Antes de arrancarse de un tirón la falda adolescente, se puso unos pantalones muy cortos por debajo. También se quitó la camisa del uniforme, dejando a la vista un escote azul por donde asomaban unos senos redondos y diminutos coronados por una aureola y unos pezones que helaban la sangre. Llegando a la estación de Parque del Este, comenzó a llover. Dentro del vagón, los pasajeros tomaron sus precauciones. Por suerte, se activaron automáticamente las mangueras para la respiración. En Chacaíto, Sócrates intentó bajarse, a contracorriente, nadando y abriéndose paso en medio del tumulto, pues tenía curiosidad en observar el espectáculo de la ciudad ahogándose en su propio estiércol bajo el estampido de los truenos, el fragor de la lluvia y el basurero de las jornadas recientes. Se detuvo unos minutos en la boca del metro para ver lo que muy bien pudiera llegar a ser el fin del mundo: las pirañas se disputaban sacos de basura, latas y pájaros muertos, entre medias y fajas de señora bajo un manto de espuma blanca y de adoquines. En medio del fragor, como un anuncio de muerte, vio a la niña de nuevo, flotando dentro de una copa transparente, el pelo liso cubriéndole el cuerpo desnudo y frágil, como una Afrodita morena aparecida en medio de tanto temblor y desastre. La catástrofe que había visto le aclaró los horizontes. Fue entonces cuando se le ocurrió la taxonomía que expuso aquella tarde y con la cual pasaría a la historia en el pasillo de Letras, erguido sobre la piedra de su púlpito. En esta época de énfasis vacíos y de adjetivos heroicos, los nostalgiosos anhelarán el retorno al paraíso. A los místicos ya no les interesará el paraíso. Los abatidos mirarán el mundo desde el paraíso perdido, pero no desearán retornar a él pues tal cosa la sabían imposible.
Los miembros de la Cátedra Itinerante de Cespedología que una vez fundara Sócrates en Tierra de Nadie, se turnaron en la clínica para cuidarlo los primeros días. Shoshana, la Rosa de Praga, improvisaba llantos de judía en la puerta de la habitación, y por un precio módico dedicaba algunos minutos de su plañidera atención al enfermo, entre endechas mal aprendidas en las doce guerras en las que había sido corresponsal, incluyendo las terribles batallas libradas consigo misma a las que nunca supo ni pudo sobrevivir. Sócrates la llamaba, con respeto, la Gran Dama de las Letras y le dedicaba toda conferencia que tuviese relación con la literatura. Ella agradecía el gesto y no dejaba de recordarle a sus compañeros de cátedra sus logros en el ámbito internacional, cuando por fin lograba sobreponerse al terror ante la página en blanco. Había obtenido un doctorado en Artes en California, había publicado parte de su obra en italiano e inglés, incluso antes de que su copiosa bibliografía apareciera en español. Tenía varios libros en proceso de edición y de escritura, entre ellos una novela sobre sus andanzas en las islas griegas en busca del tiempo perdido y de su pobre y muy macilenta Ítaca. Era la única mujer del grupo y se tomaba muy en serio su papel de La Maga. Sócrates la admiraba discretamente, pues era el mejor ejemplo de cuán valiosa y fructífera es el simulacro en la vida de los cirenenses, que no todo el mundo es capaz de construirse a fuerza de mentiras acerca de sí mismo, decía, a imagen y semejanza de las peores imposturas y escapularios ajenos, hacerlo hasta con gracia y además sobrevivir al final del intento. Pajarito, el otro refugiado en su nostalgia, le tenía desconfianza y hasta terror, sobre todo desde aquella tarde en que ya harta de Carolus, el diabonita, y de su incapacidad para encontrar un trabajo digno, Shoshana arrojase por la ventana de la buhardilla que compartían al comienzo de la Diego de Losada, en la subidita esa que va hacia el IESA, uno a uno todos sus libros, biblioteca que luego el pobre diabonita tuvo que rescatar de manos de los vendedores del puente de la Urdaneta, evento que los camaradas de la cátedra de cespedología bautizaron con el nombre de la Noche de Auschwitz-Birkenau. Esa fue la única vez que Sócrates tuvo palabras duras contra Shoshana, a quien mandó a callar en una discusión acerca de los mundanos asuntos matrimoniales:
- Usted se calla en esta conversa, pues su única labor acá es darle cosita a Carolus. Triste debería usted sentirse al haber despojado a este buen hombre de sus únicos bienes habidos en buena lid.
Bufón en decadencia, la vida de Carolus había transcurrido a la luz de sus especulaciones filosóficas acerca de la ontología occidental, escribiendo extensos tratados en lengua ugarítica que indefectiblemente comenzaban con el mismo párrafo. Se paraba en el púlpito y la carótida se le inflamaba por el esfuerzo, mientras vociferaba en los pasillos de la Central:
- Yo soy Carolus, hijo de Kemos, rey de Moab, el dibonita. Mi padre reinó sobre Moab durante cuarenta años y yo continué reinando después de mi padre. Y yo hice el lugar alto para Kemos en Qerjá, un lugar alto de salvación, porque él me había salvado de todos mis enemigos y me proporcionó el placer de verme por encima de todos aquellos que me han odiado.
Carolus anhelaba el reconocimiento en cualquier lengua extranjera que lo sacara al fin del espantoso anonimato al que le habían sometido sus contemporáneos, a pesar de su copiosa, amplia e inútil correspondencia con los intelectuales y sacerdotes franceses. Sócrates lo quería, en verdad, aunque lo acusaba de que sus escritos parecían escritos por un cocinero de avión porque todo sabía a lo mismo.
Pajarito, a quien mucho le molestaba el escándalo y todo disturbio humano, decidió no asistir a las rondas de cuidado que se habían organizado en torno a Sócrates y sólo se dispuso a llamar varias veces al día desde alguna sórdida oficina, donde jugaba a ser artista desplazándose a caballo por los pasillos del ministerio y donde consiguió algunos denarios para pagar las cuentas de la clínica. Pajarito era el actor de una envidiable proeza en toda la comarca: haber extendido y administrado de manera eficiente sus quince minutos de fama televisiva. De eso había vivido veinticinco años, convertido en una fábula después de trabajar vendiendo libros de una editorial española, de puerta en puerta en las urbanizaciones de Cirene, experiencia que aprovechó para leerse las solapas de los libros y aprendérselas de memoria, arsenal con el que contó a la hora de ganar aquel concurso y de asesorar a quienes le solicitaban sus servicios. Ahora, con profundas entradas en sus sienes, se había transformado en otro de los venerables sacerdotes de la comarca. Su contribución se reducía a las asiduas colaboraciones para tejer los discursos de los líderes del Bando de los Lúcidos. También le debían la tonada que precedía las multitudinarias marchas en alabanza al capitán, mi capitán:
Salve o popole d’Eroi, salve a patria immortale
Son rinati i figli tuoi, con la fè nell’ ideale.
Giovinezza, Giovinezza, primavera di bellezza
Della vita nell’ asprezza il tuo canto squilla e va!, etc.
Sócrates le palmeaba suavemente en la espalda, Pajarito, Pajarito, quién te ha visto y quién te ve, mientras le recordaba las desventuras de Platón en sus viajes a Siracusa, pero Pajarito ni se daba por enterado, en espera de la confirmación de la noticia acerca de la caída del muro de Berlín. Estaba fascinado con la idea de montar en alguna parte de Cirene, con asistencia financiera y espiritual de los sacerdotes europeos, un parque temático que llevaría por nombre Utopía. Según Pajarito, las acciones sociales y pacíficas de transformación que adelantaba el Bando de los Lúcidos, no sólo ayudaban a prevenir el calentamiento global sino que también impedían la aplicación del tercer principio de la termodinámica y hasta favorecían al bando de los Traslúcidos. Gracias a estas acciones, repetía serio y convencido, el universo no seguiría expandiéndose, evitando su destrucción. A pesar de pertenecer al bando contrario, Sócrates le celebraba sus ocurrencias, sonriendo, Pajarito, Pajarito, quién te ha visto y quién te ve.
A duras penas y luego de las retorcidas excusas que los discípulos usaron para turnarse la espera de la muerte, fue Shelomo el único que no tuvo escapatoria debido a la cercanía entre su apartamento y la clínica. Shoshana se perdía todas las tardes para atender el tallercito de corte, costura y dactilografía que había abierto para poder sobrevivir en medio de la guerra. Carolus, el diabonita, no podía detener la traducción de su obra completa al francés, labor a la que se dedicaba con una devoción que ya quisiera el Vaticano para sus curas, luego de atender de mala gana el puesto de periódicos en la boca del metro de Bellas Artes. Pajarito, por su parte, debía continuar escribiendo los himnos laudatorios y preparar sus solapados discursos. Un poeta de su genio, graduado en Letras con un poemario, no podía perder el tiempo en pequeñeces mundanas. El resto de los discípulos, los que adoraban al maestro pero se mantenían a distancia, jamás se presentaron, sea porque en verdad no les interesaba el asunto, sea porque habían desaparecido en medio de la metralla o habían huido de Cirene aprovechando la repartición de las últimas gotas del estiércol. Así que fue a Shelomo a quien le tocó despedir al maestro.
- Querido Shelomo. He bebido la cicuta de la vida con pasión y sin arrepentimiento. Por ello, debes ofrendarle un gallo a Esculapio.
- Rabí, difícil es conseguir un gallo en estas comarcas. Ambos rieron mientas se miraban a los ojos.
- Querido Shelomo, de entre mis discípulos el más querido y aventajado, decía saboreando cada sílaba. Búscame una silla de ruedas y llévame a tu casa. Extranjero soy y morador entre vosotros. Dadme una posesión de sepultura con vosotros, y sepultaré mi muerto de delante de mí.
- Dime una cosa, rabí, ¿qué somos ante el paredón de nuestra muerte?
- Poca cosa, Shelomo, poca cosa. Hace años, aprendimos a flotar en medio del estiércol. Podíamos ser surrealistas, kafkianos o macondianos. El alquitrán se convirtió en sólido lunar clavado en el pecho de todos nosotros. Ya somos una sola cosa con esta basura y ni siquiera tenemos solidez para ser un buen abono. Nunca tuvimos la valentía de escuchar a quienes alguna vez descubrieron que el país apesta a ese olor medio podrido y viscoso, que todo estaba negro rojizo, pegajoso, derretido y maloliente.
Sócrates miró hacia la puerta, para medir si alguien podía escucharles. Sigue hablando, pero en voz muy baja.
- Ahora, sobrevivientes de la peste, Lúcidos y Traslucidos debimos deformar las palabras. Tuvimos que aprender a hablar en metáforas, en símiles, en parábolas, con eufemismos. Cortadas por un hacha que nadie se atreve a nombrar, las palabras se han convertido en rebaños sin pastores. Hablamos con monedas rotas y todas nuestras oraciones son fraudes y plagios. Escúchate lo que vienes diciendo. Sólo nos queda ser nostalgiosos, o místicos, o abatidos. El coronel y Pajarito son meros nostalgiosos, piensan que al final de su guerra de exterminio contra el bando de los Traslúcidos, ganarán el retorno a su paraíso. Tú y yo pertenecemos al mundo de los abatidos, vivimos el presente pero lo miramos desde el paraíso perdido.
El olor de la muerte en la acera del perro se colaba por entre los cristales de la tarde. Shelomo sacó a hurtadillas un ejemplar ya derruido y atado a unas duras tapas azules de Realidad y Literatura y se lo mostró al rabí.
- Ése es el último místico que queda en Cirene, sentenció.
- ¿Leíste los poemas que publicó hace poco? Parecen los textos de un nostalgioso. Opina acerca de la realidad. Un místico no…
- En verdad os digo, amado Shelomo, que el mundo muchas veces no se parece a lo que tú crees.
Entonces Sócrates se quedó suspendido en una frase y comenzó a ceñirse alrededor de su centro. Un silencio mórbido centellea en el dormitorio. Shelomo entrecerró los ojos ya inundados por sus lágrimas y vio la aureola cerúlea y dorada alrededor del cuerpo del maestro que agonizaba. Sócrates ya ni se daba cuenta de lo que estaba pasando. A través del espejo biselado, Shelomo miró su propia espalda agobiada ya por el peso de los años, curvada por la nicotina y por el cansancio de subir los tres pisos que distanciaban su tablero de ajedrez del piso real que sustentaba al resto del mundo. En ese instante se sintió justificado, más allá de toda muerte posible. Estaba con el rabí en sus últimos segundos y ya lo demás no importaría mucho.
Sócrates murió el mismo día que Abel Rosenberg y el mismo día de la conmemoración de Tiananmen. Segundos antes de su último suspiro, antes de que las negras alas de la muerte arrasaran con su lucidez, vio a Rosenberg en la secuencia de El huevo de la serpiente, descubriendo el advenimiento del reino de los mil años. Vio también a una anciana caminando entre los muertos en la plaza de Beijng mientras miraba los muros ensangrentados con consignas hablando de la libertad y de la muerte. Vio de nuevo a la niña del metro, brotando desde la espuma negra de las ruinas. Ella le musitó al oído:
- Maestro, léeme unos poemas que hablen del dulce mal, del amor que nos diezma.
- Lo haré con gusto, si antes me dejas tocar tus pechitos. Y la voz que se escuchó era juvenil y lozana, dulce y tempestuosa, agresiva, olfativa, sinuosa.
Sócrates murió en buena vejez, anciano y saciado de días; y se reunió con su pueblo. Sentado en la Plaza La Estrella, Shelomo recuerda esos momentos y medita largo tiempo el peso de su designio. Debía volver al negocio. Como descendiente de klapers, había dignificado aún más el oficio de buhonero y grababa en video y por encargo a los ancianos del gueto. Los ajedrecistas recogieron el tablero y las piezas en silencio y se fueron casi al final de la tarde. Lo piensa bien, pues no le parece justo ensuciar las cenizas del maestro con la basura secular bajo la cual descansaban los habitantes de Cirene. El cuadrante que forma los pasillos de la Central, Tierra de Nadie, Sabana Grande y los restaurantes del Este hacía tiempo que ya no eran los mismos. Recordaba al rabí:
- Adiós, me voy entre el sueño y la vigilia, a la hora en que vivos y muertos se embriagan.
Ninguno de los secuaces de la tribu accedió a ponerle el pecho a los trámites de la incineración, que era lo que Sócrates había estipulado en el testamento. Las enfermeras haitianas y algunos empleados del seguro se encargaron de tan penoso asunto. Desde los escombros de una oficina pública, llamaron a Shelomo para entregarle el cofrecito con las cenizas. Bajó las escaleras del viejo edificio donde vive y caminó hasta la funeraria municipal. La mejor alternativa que pudo fraguar, cuando al fin tuvo en sus manos el polvo gris y amarilloso de esos huesos, fue esparcirlos por lo que iba quedando entre la blanca torre y las azules lomas de la ciudad que tanto amó. Lo piensa un buen rato, sentadito en Plaza La Estrella, mientras devora unos tallarines chinos y ve cómo juegan al ajedrez los mendigos del barrio. Imagina de nuevo al muñeco con apariencia de ajedrecista turco y el juego de espejos que esconde al enano sabio y deforme, que es quien realmente mueve las piezas. Ve pasar la carreta de Darío con los caballos de Manolo amarrados al farol trasero. A la grupa de los alazanes y los rucios, o dispersos en los asientos del coche, los niños ya declaran lamentos seniles desde la claridad de sus sonrisas. Darío lo saluda con el antiguo ademán de la mano sobre la visera de la boina y Shelomo supone el hecho como un indicio del ocaso de los buenos tiempos. Llega al fondo del envase de tallarines y hace un chasquido con la boca, como de hastío. Cuando decide lo que al fin debía hacer, se levanta del banco de la plaza y camina hacia el Norte, como quien busca las Lomas del Viento. Hace una pequeña rasgadura en su camisa y se da cuenta de que ya son demasiado sus muertos. Ricardo, Carlos, Orlando. Otilio, Adrianito, Eugenio. Las bombas caen cada vez más cerca de nosotros, y alguien debe quedarse para escribir los epitafios, tritura las palabras, lentamente. Algunas calles después, antes de que comience a llover sangre desde el cielo, ve a la hija de Platón que viene luciendo el mismo prêt-à-porter de hacía ya tantos años. Es tal vez el último vestigio de aquellos que no aprendieron a mentir en el centro de la epidemia. Es la única persona en el gueto que dice íntegramente la verdad. Trae los ojos huraños, esquivos, con las ojeras de abandonado en su mundo. Lacerada, con los ojos enrojecidos por la pimienta del llanto, se acerca con gracia para pedirle, señor, por favor, deme dos mil, cinco mil o diez mil. Es para comprar comida, ¿sabe?, mientras aparece mi hermana.










