En una lección inaugural impartida en el Instituto Universitario de Arquitectura de Venecia en 2006, Giorgio Agamben se pregunta, a quemarropa, en qué consiste la contemporaneidad (y ese es el título del volumen donde recoge la conferencia: Che cos’è il contemporaneo? Roma: Nottetempo, 2008). Su respuesta, sutil, insinúa que ser contemporáneo implica una disonancia radical del sujeto insatisfecho con su tiempo, al cual se adhiere y del cual a la vez se distancia. Lo anterior exige una perseverante inactualidad crítica y una capacidad de captar, más que las luces del presente, su íntima oscuridad (percepirne non le luci ma il buio). Creo que de un aterrador intento de perseguir la lucidez entre las tinieblas ha surgido, precisamente, un libro de poemas que nos habla, como pocos, de nuestra inmediatez: Silva a las desventuras en la zona sórdida (Caracas: La Cámara Escrita, 2011).

    Harry Almela, su autor, elige una manera de ser de hoy que coincide con otra paradoja de Agamben, para quien la contemporaneidad auténtica y lo arcaico mutuamente se necesitan (la contemporaneità hanno il loro fondamento in questa prossimità con l’origine). El ejercicio arqueológico del Almela se remonta a las Silvas americanas y a la fundación de la lírica moderna venezolana para producir lo que podría quizá describirse como su negativo, un testimonio descarnado del aquí y el ahora. Esa sombría reescritura, fruto de pasiones combativas, admite, no obstante, una cuota de introspección.

Vincular lo inexorablemente dividido

Desde el Bello que se enfrentó a la materia que la guerra de Independencia y sus consecuencias ofrecían, la poesía nacional ha estado signada por patrones dicotómicos que extienden con diversas adaptaciones y traducciones la lógica bélica en la cual surgió el campo cultural del país. A las polaridades de lo nuestro-lo ajeno o lo genesíaco-lo decadente se sumaron otras que han continuado sustentando la autoridad reclamada por los escritores, hasta llegar en 1981 a las muy conocidas pugnas de lo diurno y lo nocturno con que el Sí, manifiesto de «Tráfico» intentó legitimar la irrupción solar e higiénica de grupos juveniles en una sociedad letrada donde el tardío surrealismo posvanguardista se había fosilizado. Luego de una trayectoria semejante, la revisión esbozada en Silva a las desventuras difícilmente podría considerarse como sátira ingenua: se nos invita, por el contrario, a explorar el envés de una historia cultural y a hacer del pasado un día a día vivo que descarte los intentos pueriles de llegar a tablas rasas creadoras o de desbancar a las viejas generaciones. A la observación de un poema de la primera parte, todo termina siendo una contienda (p. 26), los últimos versos del libro contestan lapidariamente: Salve desventurada zona / de aquello de lo que somos / hijos y padres, / y que anhela contar / su leyenda, / sabiendo, en todo caso, / que nada vale la pena. // Ni el silencio. (p. 67).

Lejos de un árido nihilismo, hemos de entender que el secreto que moviliza al hablante poético es el deseo arraigado en el desaliento, la palabra que se rastrea a sí misma aun en su negación, en una dialéctica que, aceptada por la lectura, jamás permitirá que nos estanquemos en el victimismo o la inacción, por más que el horizonte social o político se sienta como doliente o empedrado de vileza. Paul de Man aseveraba que la literatura es el único lenguaje sistemáticamente autodeconstructivo (Blindness and Insight, Mineappolis: University of Minnesota Press, 1983, p. 16): Almela, en efecto, encuentra sus mejores momentos en un irónico himno que se eleva entre los fragmentos de sus aporías y las ajenas. Por algo, los guiños a Derrida son explícitos y acuden al pastiche burlesco (p. 38).

    Esta voz, he apuntado, rezuma abyección. En ella podría notarse un atribulado retorno de prácticas usuales en la obra de varios miembros de «El Techo de la Ballena», sobre todo Carlos Contramaestre. Lo llamativo de dicha actualización es que sugiere que nada en el fondo se ha alterado: el malestar intelectual de la década de los sesenta, en pleno afianzamiento de una democracia desarrollista, sigue vigente luego de doce años de una Revolución Bolivariana cuyos exuberantes y hueros discursos antiburgueses proclaman el cambio. Revelador me parece ese desajuste de paradigmas en que se recurre a estilemas ya tradicionales desplazados a registros ideológicos muy distintos: la operación es de nuevo dialéctica y tiene la virtud de hacernos ver la inestabilidad de supuestas esencias polares, incluso cuando estas definen proyectos políticos (izquierda y derecha, tanto como aquí o allá, son —no lo olvidemos— deícticos: palabras que poco significan fuera de situaciones enunciativas específicas). Este aspecto de la Silva a las desventuras, deducible si se atiende a la trama de su historiografía literaria, es memorable y convierte a su autor en uno de los más contemporáneos con que cuenta la poesía venezolana, porque ha logrado, para decirlo una vez más con términos de Agamben, mettere in relazione ciò che ha inesorabilmente diviso.

La sordidez y la esperanza

La conducta expresiva de Almela, en ese sentido, no diverge demasiado de la de los mejores narradores y poetas venezolanos de los últimos lustros, con los que comparte una peculiar sensibilidad por la postración y el deterioro: estos despiadados tiempos de indigencia, concluye alguna de sus composiciones (p. 24), mientras que otra, más apocalíptica, advierte: Este poema no quiere ser feliz. // Sólo desea levantar leve muralla / contra el mundo atroz que lo alimenta. // Ya no hay Arcadia azul / […] / solo humo y cadáveres. (p. 62). El clímax lo ofrecen las entrevisiones que de sí tiene el sujeto lírico en el texto Santiago de León de Caracas, con alusiones bíblicas que no sacralizan el presente, sino que subrayan su horror: El hombre que padece de lepra / se torna peligroso / cuando regresa a casa / cruzando la tormenta / sobre la ruina y los escombros. (p. 47). Esa escisión entre el yo y el entorno también se plasma en La manada, con una disociación enalágica del pronombre personal y el referente: Cuando el paisaje ya no te reconozca / comenzará, en verdad, tu reino. (p. 31). Las tinieblas constantes a las que se nos remite son afiliables a tales extrañamientos: No me salves de nada, poesía. / […] / No me concedas claridad/ (p. 9); Y la noche se acerca. (p. 11); yo cazaba sombras en la noche/ (p. 17); La poesía es un viaje hacia lo oscuro / en busca de lo oscuro. (p. 44)

    Resulta fundamental reparar en que la tragedia colectiva que enmarca a la escritura no invalida la posibilidad de lecturas metafísicas, vislumbres de un inacabado ser moderno que reclama formas de trascendencia que la razón y sus hijos políticos, éticos o científicos no han deparado hasta ahora. De allí la ansiedad religiosa neovallejiana que con frecuencia nos sale al paso: Existo gracias a ciertas / caídas hondas / de los cristos del alma / (p. 25).

    Una de las sardónicas dedicatorias de Almela se dirige a Andrés Bello, por enseñarme a evocar / mi paraíso perdido. Pérdida del paraíso, pero asimismo fe que resiste en la caída, podría agregarse luego de la lectura del libro. El pesaroso y lúgubre camino que se traza, de hecho, recuerda los ahogos penitenciales de quien ha partido en busca de su alma, es decir, de quien aún dispone del modesto paraíso de su intimidad y en él, entre odios y amores, dialoga incesantemente con su tiempo.

Harry Almela: Silva a las desventuras en la zona sórdida

Caracas, Editorial La Cámara Escrita, colección “De 5 en 5″, 2011.

Los comentarios no están permitidos.

FireStats icon Con la potencia de FireStats