Maracay desde el margen. La poesía de Erasmo Fernández
Escrito por: harry almela® en la trampajaula, poesía
A medio camino entre pueblo y ciudad, odiada por sus modernos gobernantes, Maracay se despereza en la madrugada de este milenio. Fundada, en puridad, a comienzos del siglo XX por Juan Vicente Gómez, ha venido abandonando lentamente su condición pueblerina para convertirse en una ciudad moderna. Así lo atestiguan sus múltiples edificios monumentales y los que ahora devoran la avenida Bolívar y las urbanizaciones localizadas al Norte. Así lo afirma su desesperado tráfico en las intersecciones de la Casanova Godoy con Sucre y Las Delicias durante las horas pico. Ya se habla de la Gran Maracay para referirse a una zona metropolitana que extiende sus dominios desde San Vicente hasta Turmero y desde el Parque Henri Pittier a Santa Rita y Palo Negro.
Mientras el Poder invierte su ocio y su mal gusto en abandonar, lastimar y destruir el urbanismo de una ciudad que cobija la joven obra de Villanueva y Malaussena, los buhoneros venden sus baratijas en los portales de los edificios en la Bolívar y Miranda. Mientras los vikingos pasean su terrible y ofensiva libertad por los alrededores de la Maestranza, un poeta —esclarecido en su insomnio de cerveza y yerba— padece la Ciudad Jardín. Este hombre perdido y emancipado, cautivo y rebelde, que un buen día decidió cantarle a una ciudad que no le pertenece, se llama Erasmo Fernández.
Su poesía se mueve en el registro de los desencantados. La puta y el mendigo, lo amoroso y la calle (en su más puro sentido), el banco de la plaza y el árbol, son la materia de este libro. No hay aquí la burguesa tranquilidad del sillón, la entretenida y mentirosa descripción de esos aposentos, contemplados casi siempre desde la ventana de un apartamento. Sólo hay la crudeza de quien se sabe fuera del festín, y sin el compromiso de entretener al lector para convertir la poesía en dulce y aflautado canto. Hay aquí un riesgo que pocos poetas en el país han asumido a cabalidad: el de hacer del borde del abismo una escritura y mostrarnos, sin pudor, el rostro de una ciudad que nos destroza. Para ello, echa mano de un tono épico que bien revela su visión de monje laico, testimoniando los mínimos pero absolutos desgarramientos de la cotidianidad con el vocabulario inocente de los niños. Juglar citadino, sin casa y sin oficina, nos ha escrito en el banco de la plaza este poema que algún día sabrán leer los desprevenidos transeúntes:
Las palomas de la Plaza Girardot tienen hambre.
De cuando en cuando,
el enjambre despega en forma circular.
Para ellas no hay maíz ni niños que le rieguen
sus cotufas a esta hora desgastada.
Aunque las han declarado no gratas y contaminantes
para no alimentarlas,
algunas se van del escuadrón en busca del sustento.
Las que empollan en la catedral murmuran.
Otras se acercan a los pies de los desocupados
que también tienen la peste.
Ellas han perdido su antiguo atributo,
ya no son el abanico que nos deleitaba, ahora
hurgan en los basureros del mercado y sus crías
en espera, no imaginan a sus padres
triturados por las ruedas de un carro.
El paisaje siempre ha sido materia para la poesía. Desde Virgilio hasta Utrera, desde Poe a Gómez Jattin, el espacio es el escenario donde sucede la vida de los hombres. Fernández optó por vivir ese paisaje a plenitud desde la calle y convertirlo en palabras (así dice la frase de Valera Mora) que queman como la soga de los ahorcados. No hay centro ni luz. Hay borde y oscuridad. Pero —y he aquí el hallazgo— no hay desesperanza. Hay la virtud de celebrar lo terrible sin una mueca, gesto propio de quien asume que la vida también está en cantar, no al centro sino al abismo, no al refugio sino al descampado:
No tengo nada que cerrar,
asegurar.
No hay ventana,
puerta,
farmacia.
No tengo nada que cerrar.
Todos se encerraron en sus casas y yo
afuera.
Mis propiedades son afuera.
Aquí donde abro bien los ojos para el sueño.
Esta poesía, única en el panorama de la literatura venezolana, sólo pudo haber sido escrita en una ciudad recién inventada, llena de gente venida de Apure y de Siria, de Portugal y de los Andes. Gracias a ellos y a nosotros, eternos pasajeros del mismo sueño, vive la voz de Erasmo, quien llegó tarde a la repartición del botín y se quedó sentado afuera en la escalera, actitud de la que tuvo extrema conciencia un hombre llamado Charles Baudelaire.
Prólogo al libro Caminatas de Erasmo Fernández (Maracay, La Liebre Libre, 2002)
Tags: reseña poesía


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