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Quiero decir que la muerte de un poeta se constituye ante nosotros como conmoción única. Y no se pretende con esta afirmación sugerir que otras muertes estén despojadas cada una de su específica y doliente singularidad. Lo humano es esa perplejidad que jamás cesa ante el fenómeno y el misterio que es el morir. Pero en la muerte de un poeta quizás haya otra cosa, una disrupción que tiene su propia naturaleza.
Ocurre que tras la última exhalación las palabras del poeta adquieren una condición distinta. Ellas se instalan en el mundo, ahora sí, de modo definitivo. Mientras vive, el poeta, absoluto señor de su creación, puede decidir en el silencio de la noche traer uno de sus poemas hasta la mesa de trabajo, ponerlo allí bajo la luz de una lámpara (podría ser justo ese poema que usted lleva en su memoria como una oración, como un talismán o como la secreta señal de un antiguo amor) y cambiarle sólo una palabra, acto que dará vida a otro poema: esa nueva creación será, en esencia, un nuevo poema, distinto al que lo precedía.
O puede pasar (porque de hecho pasa) que en cualquier instante, el surgimiento de un nuevo poema, benévolo pan recién salido del horno, nos ocupe, se cuele por nuestras rendijas, se convierta en uno de nuestros íntimos regocijos, y desplace de su lugar preponderante a otro poema que hasta segundos antes concentraba el don de la mayor resonancia (en el corpus de la obra de cada poeta la aparición del poema más reciente emplaza a todos los poemas anteriores).
Eugenio Montejo se ha marchado, sostenido hasta el último momento por su fe en Dios y por el vínculo sin reservas con quienes le aman y le han amado. No tengo ni tendré las palabras a mano, ni dispongo ahora ni dispondré más tarde de la facultad necesaria para pensar qué significa para todos nosotros su ausencia. Podemos abandonarnos o luchar con la potente aflicción que nos produce su muerte, pero debemos afrontar lo irrevocable: no nos ha sido dado pensarla, porque ella es, ni más ni menos, que lo impensable, lo irresoluble. Transcurrirá el tiempo y el designio que provocó su ausencia permanecerá entre nosotros como indescifrable.
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Foto: © GORKA LEJARCEG, El País
Escritura
Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.
No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.
Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.
Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.
EUGENIO MONTEJO
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Farrruco y su rumba flamenca
Diario TAL CUAL, lunes 17 de marzo, 2008

1.-
¿Qué hay en un nombre? se pregunta Shakespeare en Romeo y Julieta (en el acto segundo, escena 2: amanecí pedante).
¿De qué está hecho el misterio “performativo” (como diría uno de esos autores posmodernos que glosa Rigoberto Lanz) que hace que de un nombre se desprenda una imagen?
Se me ocurre comenzar con esa cita isabelina y esa perplejidad estrictamente mía porque cuando leo o escucho la palabra “Farruco” me resulta sumamente dificultoso pensar en un ministro de la cultura.
La voz “Farruco” invariablemente suscita en mi mente la imagen de una tapa de callos con garbanzos servida en una tasca cutre de La Candelaria. Oigo decir “Farruco” y pienso de inmediato en el guitarrista flamenco de un tablao sevillano para turistas.
No me pasa lo mismo cuando leo, por ejemplo, “André Malraux, ministro de cultura de la IV República francesa”. No pienso entonces en un funcionario degaullista, sino en “L’Espoir” o en las “Antimemorias ” y, desde luego, en una frase de Malraux que viene mucho a cuento en estos días: “la cultura es lo que, en la muerte, continúa siendo la vida”.
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Harry Almela reunió el trabajo de 104 poetas nacionales
Del dulce mal ofrece otra mirada de la poesía venezolana dedicada al tema amoroso
Una antología que reúne a más de un centenar de voces que le cantan al amor, quizá la pulsión más antigua, no es tarea fácil. Acometida hace varios meses por Harry Almela para la colección Llámalo Amor, Si Quieres del sello Alfaguara, el resultado de la intensa criba de lecturas y reflexión es el libro titulado Del dulce mal.
Tomando prestados para el título unos versos de Andrés Eloy Blanco que rezan: “Y quedarnos después con la delicia/ del dulce mal con que me estoy muriendo”, este libro de 200 páginas orbita muchos de los estadios vinculados a esa emoción que caracteriza al género humano.
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Poetas presentes en la antología:
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GABRIEL OSORIO/ORINOQUIA PHOTO
Lo conocí en la década de los años setenta, en la ya lejana época del gran repliegue de la izquierda venezolana. Yo ya era un arrimado a la literatura y fui a una conferencia suya en alguna parte de Valencia que por suerte no recuerdo. Allí habló de lo humano y lo divino ante un auditórium cautivado por su verba. Años después, frente al pelotón de fusilamiento de La Liebre Libre, le seguí la pista en los pasillos de la Escuela de Letras de la Central, para que nos autorizara la reedición de su prólogo en un libro de Efraín Hurtado, Escampos, con el que abrimos una colección del mismo nombre dedicada a autores venezolanos consagrados. Su desprendimiento, su humor y su ironía calaron en nuestra relación personal y cavó hondo su actitud de niño desubicado y rebelde, a medio camino entre la sorpresa y el abatimiento.
Me encontré de nuevo con él, a finales del pasado siglo, en las tascas del barrio de Salamanca, cuando en las tardes huía de su papel como agregado cultural en la embajada que existía en esos tiempos. Allí conversamos largo y profundo acerca del país portátil que celebraba con tormento, de su escritura y de su docencia, de las mujeres que amó hasta la saciedad y la lágrima. Rodeado de escoceses, me lanzó una frase acerca de España que definía de un solo plumazo el grave patetismo que caracteriza a cierta intelectualidad madrileña: tanto dolerse por la pérdida de una provincia miserable como Cuba en 1898 y cuando Bolívar les arrebató dos virreinatos no dijeron ni pío. Es que a los españoles les da más caché (continúa Adriano diciendo) perder una guerra contra Estados Unidos antes que reconocer la pérdida de unas colonias por culpa de un ejército de desarrapados llaneros, moviéndose con soltura a lomos de caballo en pelo, navegando en ambos lados de la cordillera andina. Fue en esa época cuando aceptó reeditar por La Liebre Libre su librito Damas. Fue en esa época cuando me ayudó a regresar a Venezuela, llamando a cierto gerente de una línea aérea para que me facilitara un pasaje, trámite que siempre le reconocí, en público y en privado. Le dije en su momento que, en agradecimiento a ese gesto, estábamos gestionando ante una editorial gringa la edición en inglés de su novela Viejo, que llevaría por título Old Parr. Nos reímos hasta las lágrimas.
De regreso al país portátil de nuestra cotidianidad, le vi varias veces en Caracas, en medio de una ebriedad culta e inteligente de la que nunca quiso desprenderse y desde donde supo celebrar la presencia de una continuidad literaria en las generaciones más recientes. Entonces me puse a desentrañar las frases centrales de su novela, lo que me llevó hacia los primeros cronistas de Indias y a Oviedo y Baños en particular. Recordé entonces su columna en el Papel Literario, Del rayo y de la lluvia, que en algún momento será conveniente reeditar. En sus líneas también hay un país de añoranzas, de paraísos perdidos y esperanzas plenas que marcó su escritura desde los años de El techo de la ballena. Me gustó que en los últimos años no se fuera detrás de cierto hombre a caballo y que le doliera el país bifronte en el que nos hemos convertido.
Rafael Cadenas me llamó el sábado a última hora de la tarde para darme la noticia. Debajo de su voz se sentía la ausencia de ya muchos en los últimos tiempos (Jesús Sanoja Hernández, Raúl Vethencourt, Jesús Enrique Guédez). Me sentí animado a decirle que me alegraba de cierta manera. En fin de cuentas, Adriano vivió como quiso, harto de alegría y de amarguras. Fue bueno como un niño, implacable como un niño, según reza la frase del Chino Valera Mora. El último latido de su corazón sonó calladito delante de una mesa llena de amigos, seguramente bien apertrechada de víveres y béberes. Son pocos los elegidos que pueden hacer esas cosas. Son pocos los que pueden llamarse Adriano González León, haber nacido en Valera, ser autor de una obra preciosista donde el hombre y el país son los personajes principales e irse de este mundo ligero de equipaje y rodeado del afecto de sus amigos y lectores. Son pocos los que han vivido con intensidad, desde siempre y para siempre, el profundo latido de la última vanguardia venezolana. Son pocos los que han vivido como si el mundo fuese una fiesta de enlutados. Y Adriano pertenece, desde antes del inicio de los tiempos, a esa particular estirpe.
Para leer a Adriano González León:
Cuentos:
* Las hogueras más altas (1959)
* Asfalto-Infierno (1963)
* Hombre que daba sed (1967)
* Todos los cuentos más uno (1998, antología)
Novelas:
* País portátil (1968)
* Viejo (1995)
Poesía:
* Hueso de mis huesos (1997)
Otras Publicaciones:
* Damas (1979)
* De ramas y secretos (1980)
* El libro de las escrituras (textos con serigrafías de Marco Miliani, 1982)
* Solosolo (1985)
* Linaje de árboles (1988)
* Del rayo y de la lluvia (crónicas, 1991)
* El viejo y los leones (cuento infantil, 1996)
* Viento blanco (2001)
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Sé que a veces caigo mal a cierta gente que se pasa pensando en la ley de cine o la ley del poeta, pero no me interesa la política cultural porque sencillamente creo que es inútil. No creo que un poeta merezca más ayuda que un empleado bancario o un plomero. Por eso mismo pienso que el escritor no tiene una responsabilidad social ni nada por el estilo. Si es famoso, obviamente, tiene más audiencia y tendrá que cuidar más sus palabras y sus actos. En ese sentido, creo que mis preocupaciones son humanas y, si queremos formalizarlo, ciudadanas. El único deber de los artistas, si es que existe, es hacer lo mejor posible el producto que les está encomendado.
Antonio Cisneros

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Foto: Alfredo Cortina
A Elizabeth la conocí en verdad hace pocos años, durante la presentación de un libro en la extinta Feria de Caracas. ¿Podría repetir acá el lugar común de los modestos dones encarnados en su presencia menuda? Creo que sí. Sus ojos clarísimos como el río que ha amado, sus manos de niña, su habla respetuosa, son los detalles que se engastan en la memoria. Luego nos vimos varias veces, y siempre tuve la impresión de hablar con una caraqueña de las que ya no existen, ataviada de modestias y de gracias, la encarnación más pura de una foto en sepia de cualquier esquina céntrica de una ciudad que ciertamente existió alguna vez y que ahora disfruta mientras nos devora.
No sé cómo decir esto. Hace algunos días, recién el domingo 13 de mayo, hablé con Edgar Vidaurre (quien se ha convertido en su minucioso editor) para pedirle algunos libros de Elizabeth, pues preparamos una antología de poesía amorosa venezolana. Edgar me hizo llegar El barco, la flor y el alma y Visiones extraordinarias. De entre esos libros me tocó hacer la difícil selección. Cosas de la vida. Elizabeth, aunque figuraba desde el principio en mi visión de esa antología, fue la última en llegar pues me faltaban sus más recientes títulos.
La noche de ayer miércoles 16 de mayo, bajo el arrullo y el sopor de esta calurosa primavera venezolana, Elizabeth regresó al cielo que tanto ha cantado en su obra. Nos deja su poesía, su excelente poesía, quizás de las últimas absolutamente devotas de Platón que se ha de escribir en estas tierras y quizás en nuestra lengua. Buena oyente del sonido del idioma, nos deja también su música suave, tan suave como la profunda y clara mirada de sus ojos de niña.
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Entrevista con Miguel Ramón Utrera/
Harry Almela.
Cuando San Sebastián de los Reyes cumplió con su labor pionera al sur de la Provincia de Caracas, decidió cobijarse bajo un manto de señorío. Más de cuatrocientos años tiene ya este pueblo donde nació el poeta Miguel Ramón Utrera, hijo de padres también nacidos aquí, como diría la frase de Whitman.
Los antiguos ventanales del centro miran hacia la Plaza de los Tres Diputados. Por una de sus bocacalles se llega hasta la amplia y modesta casa del poeta. Cualquier habitante del poblado le deja a usted en la puerta. Una forma de la veneración hacia este hombre recio que ha educado a varias generaciones.
Casa amplia, con puertas de dos alas y zaguán, con pájaros y aves en el patio. En el fondo, las frondosas ramas del onoto. Doña María se acerca con sigilo. Respetuosamente interrumpe la conversación para anunciar al poeta que su almuerzo está servido. Franco, cordial, con cuidada dicción. Utrera nos dedicó esa tarde cuatro horas de su tiempo. Entre el canto de los gallos y la natilla con miel, nos hizo viajeros de su memoria, hablando de un país real y un país literario que el tiempo devora, incesante.

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