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la trampajaula

la lengua del tercer reich / viktor klemperer

Cuatro años después de finalizada la Segunda Guerra Mundial, George Orwell publica una novelita distópica que llevaría por título 1984, donde critica la aparición y el ascenso de la sociedad de masas, así como su descubrimiento, uso y abuso por parte del poder político, tanto totalitario como democrático. La gran contribución de este libro a la historia de la cultura es la descripción de la neolengua, idioma artificial que, según la crítica, le fue sugerida por el reciente ascenso y caída de Hitler y por la sombra aún viviente del estalinismo. En términos generales, la neolengua se fundamenta en la máxima reducción de los vocablos y de la gramática, lo que conlleva, necesariamente, a la pobreza mental y a la posibilidad de controlar la libertad humana por vía del ejercicio del panóptico, en la voz de su aterrador protagonista, el Gran Hermano.

Dos años antes, Viktor Klemperer (1881–1960) había dado a conocer su libro LTI (Lingua Tertii Imperii). Apuntes de un filólogo, un compendio de sus minuciosas memorias escritas como testigo de los abusos lingüísticos que le tocó vivir durante la Alemania nazi. La versión en castellano fue publicada en Barcelona por la Editorial Minúscula en 2001. Judío de origen y asimilado a la cultura alemana y a la religión protestante, Klemperer había venido desarrollando en teoría lo que ya Orwell sugirió en su espeluznante versión de la modernidad en Occidente, visión fantasmagórica que fue llevada al cine por Michael Radford.

Son varias las acotaciones que hace el autor acerca de LTI: su pobreza (qué otra cosa podía esperarse de su ideólogo e inspirador, Mein Kampf), el eufemismo, la proliferación de siglas, el cambio de sustantivos, tanto propios como comunes, en la vida cotidiana;  el uso de las llamadas comillas irónicas, la anulación de la presencia del otro por la vía del discurso o, en el más humano de los casos, su deshonra (judío equivale a cerdo, culpable, enemigo), anulación y deshonra que abriría paso, como sabemos, a la Shoá. En este punto, la bibliografía y filmografía es extensa y prolija.

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Tomas Tranströmer, Premio Nobel de Literatura 2011

Nacido en Estocolmo el 15 de abril de 1931, Tomas Tranströmer es hoy en día uno de los poetas más leídos y traducidos donde los haya. Desde hace años, se cita constantemente su nombre para el premio que concede su país natal. En nuestro idioma, su obra es conocida gracias al trabajo, entre otros, del poeta uruguayo Roberto Mascaró, quien ahora entrega en bid & co. Editor  sus versiones de esta particular poesía en un volumen clave que invita a continuar conociendo en español la intensa obra de Tranströmer. Acá se reúnen y actualizan las versiones de Mascaró contenidas en Para vivos y muertos (Madrid, Hiperión, 1992); Góndola fúnebre (Concepción, Ediciones Literatura Americana Reunida, 2000) y 29 jaicus y otros poemas (Montevideo, Ediciones Imaginarias, 2003, bilingüe), a las que se agregan ahora un poema inédito («La Casa del Dolor de Cabeza», del libro Para vivos y muertos) y el esclarecedor e importante Visión de la memoria, textos autobiográficos publicados en 1996.

Resulta complicado y siempre un reto hablar de la obra de un poeta proveniente de otra lengua. Se sabe que la musicalidad y los giros idiomáticos que refieren espacios y hechos culturales suelen modificarse en el ejercicio de la traducción, cuando sobreviven. Debemos confiar en la buena fe de quienes realizan esta ardua labor de poner en nueva clave la poesía de otras tradiciones lingüísticas. Superado este escollo, nos interesa ahora puntualizar algunos aspectos de este libro que han llamado centralmente nuestra atención.

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Son muchos –demasiados- los puntos de encuentro y de fuga que tengo con este libro. El 22 de noviembre de 1963, cuando los Almandoz Marte y el niño Arturo se mudan a la casa en los altos de San Bernardino, el presidente Keneddy es asesinado de dos disparos en Dallas, como pudimos ver, acongojados y tiempo después, en la fortuita toma de Zapruder. Yo había cumplido los nueve años de mi edad y ya vivía en Mariara, que desde esos tiempos es una comarca de falsos equilibrios entre la cultura campesina (heredera de la antigua hacienda de caña del Conde de Tovar y de las posteriores siembras de añil y algodón en sus extensas vegas hacia el sur, hacia los bordes del Lago de Valencia) y su improvisado, fortuito y enrevesado acceso al desarrollismo que la empresa COVENAL (Corporación Venezolana de Aluminio y su posterior estadio, la Constructora Venezolana de Vehículos) impulsó e impuso en la comarca, montándonos a juro en esa modernidad periférica de la que bien habla Beatriz Sarlo con relación a Buenos Aires. Del encuentro entre la calle de tierra frente a mi casa y el asfalto en las vías principales que conducían, más allá de la línea del ferrocarril, a la Compañía; del entresijo existente entre la mula del agricultor y las bicimotos de la nueva y vistosa clase obrera, deviene ese carácter tan propio de este pueblo y del país en general, siempre a medio camino entre lo premoderno y lo moderno.
El nombre del presidente norteamericano viene al caso, porque en diciembre de 1961visitó Mariara, inaugurando junto a Rómulo Betancourt el asentamiento campesino “El Deleite”, en el marco del programa de la Reforma Agraria y la firma del convenio “Alianza para el Progreso” el cual, atiborrándonos con sus latas de aceite, sacos de trigo y leche en polvo, buscaba frenar el franco avance de la revolución cubana en América Latina. El asesinato de Keneddy pasó a ser un punto de quiebre en la historia del municipio. Por la vía del luto colectivo, Mariara se vio inmersa durante un instante en la historia universal del siglo XX, tal como le ocurre a los personajes de “El Día que me quieras” de José Ignacio, con el refulgente Carlos Gardel, iniciado en el arte de centrar manteles con la princesa de Holanda, y enseñando el truco en el patio interior de la casa caraqueña de la familia Ancízar, en los últimos días de abril del año 1935.
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Harry Almela

Para Miriam Harrar y Rubén Ackerman, mis dos caras de esta moneda.

Debió ser difícil para Nelly Sachs y Paul Celan soportar y convivir con la frase de Heidegger, el lenguaje es la morada del Ser. Debió ser complicado entender que era un difícil compañero de ruta. El filósofo de la aldea, que vivió años en una cabaña de Selva Negra, nunca pudo explicar satisfactoriamente su afiliación al NSDAP, ni el haber aceptado la rectoría de la Universidad de Friburgo, ni su admiración por las pulcras manos de Adolf Hitler, el Drácula en el sótano del que habla Carl Amery. Debió ser complicado aceptar como maestro a un pensador para quien la ética nunca fue preocupación. Como lo asoma George Steiner, el largo silencio de Heidegger sobre sus posturas entre 1933 y 1945, es el argumento más completo que tenemos sobre la ontología, sobre la facticidad de lo existencial. Pero no contiene ni implica alguna ética. La cumbre de la filosofía del siglo xx rechazó cualquier intento de derivar hacia una ética, salvo en sus reflexiones acerca de la tecnología, donde concluye que el olvido del Ser es el origen de todo desarraigo.

el refugiado, 1939, felix nussbaumEl refugiado, Felix Nussbaum, 1939

(tomado de Yad Vashem)

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osip mandelstam

Cantemos, hermanos, el crepúsculo de la libertad,
el gran año crepuscular.
En las hirvientes aguas de la noche
se sumergió el triste bosque de las redes.
Te alzas en los años sordos,
¡oh sol, juez, pueblo!

Cantemos la fatal carga
que con lágrimas el caudillo del pueblo lleva.
Cantemos la carga crepuscular del poder,
su insostenible opresión.
Quien tiene corazón debe oír, oh tiempo,
cómo tu nave naufraga.

Nosotros en legiones militares
juntamos a las golondrinas.
Así, el sol no se ve y todo elemento
trina, se mueve, vive.
A través de la red —crepúsculo espeso—
el sol no se ve y la tierra flota.

Y bien, probemos: un inmenso, torpe
y chirriante golpe de timón.
La tierra flota. ¡Ánimo, hombres!
¡El océano se abrirá bajo el arado!
Y hasta en el frío del Leteo recordaremos
que diez cielos nos costó la tierra.

1918

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La muerte de un hombre es como la caída de una poderosa nación
Que tuvo valientes ejércitos, capitanes y profetas,
Y ricos puertos y barcos en todos los mares,
Pero ahora no socorrerá ninguna sitiada ciudad,
No entrará en ninguna alianza,
Porque sus ciudades están vacías, su población dispersa,
Su tierra que una vez proveyó de cosechas está saturada de cardos,
Su misión olvidada, su lengua perdida,
El dialecto de un pueblo puesto sobre inaccesibles montañas.

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el cuaderno de blas coll

¡Hermógenes, hijo de Hipónico! Dice un antiguo proverbio que todo lo hermoso es difícil, cuando hay que aprenderlo.

Sócrates, en Crátilo.

Entiendo que debe resultar inútil trazar un mapa acerca de los heterónimos de Eugenio Montejo sin ponerlos en diálogo con el resto de su bibliografía. Y sin embargo, la tendencia académica a estudiar y a leer la poesía venezolana como objeto, como corpus aislado del contexto -tanto del resto de la obra como del entorno estético en que se desarrolla- ha obliterado una construcción que permita contemplar la hondura de esas aguas. Tal postura está interesada más bien en abocetar un inmenso océano pero con pocos centímetros de profundidad. No es nuestro interés aleccionar en estas líneas el cómo debe hacerse para evitar tales desidias. Sólo nos interesa mostrar las junturas, los encuentros y desencuentros de Blas Coll y sus discípulos a la luz del resto de la poesía de Eugenio Montejo.

Siempre he sospechado que la poesía de Eugenio y la instrumentación de sus variados y disímiles heterónimos están más cercanas al Juan de Mairena que al Ricardo Reis de Fernando Pessoa, por vía de la intuición, la duración y la memoria que Antonio Machado aprendiera de Henri Bergson hacia 1911, cuando fue su alumno en París[1]. Siguiendo el consejo de Mairena (Tenéis unos padres excelentes a quienes debéis respeto y cariño, pero… ¿por qué no os buscáis otros más excelentes todavía?), Eugenio se dio a la tarea de fundar, acentuando de esa manera la obra de su ortónimo, su propia tradición literaria. Cuando crea sus heterónimos, busca en un espejo otra imagen que le redima de su confesa intención de sentirse exiliado de la tradición moderna de la poesía escrita en nuestro idioma.

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el poder y el delirio

PIEDRA DE TOQUE

MARIO VARGAS LLOSA

14/12/2008
El poder y el delirio

La biografía de Hugo Chávez escrita por el ensayista mexicano Enrique Krauze muestra un personaje más complejo de lo que se piensa. El venezolano está abrasado por el patriotismo y el culto a Bolívar.

Quienes consideran al comandante Hugo Chávez un ser primitivo y superficial juzgándolo sólo por sus apariciones televisivas, en las que derrocha truculencia, demagogia, vulgaridad, diatribas y jerga, se llevarán una sorpresa leyendo el libro que el historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze ha dedicado al presidente venezolano: El poder y el delirio. En su intenso rastreo, Chávez aparece, desde adolescente, antes de ingresar al Ejército, como un joven abrasado por una pasión subversiva y patriótica, que practica el béisbol con éxito y devora libros de historia de su país, biografías de sus héroes y escudriña sin tregua la vida y proezas de Bolívar a quien profesa un culto religioso y sueña con emular.

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eleonoraewquena.jpg

Presentación del libro Ética del aire, de Eleonora Requena
Editorial: bid & co
Palabras a cargo de Harry Almela
Sábado, 06 de diciembre de 2008
Hora: 12:00 – 15:00

Librería Lectura
Sótano del Centro Comercial Chacaito

Caracas, Venezuela

ver nota Elenora Requena en busca del sobrenombre

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eleonoraewquena.jpg

El poema de amor es, después de los sospechosos triunfos de la modernidad, objeto de implacables embestidas por parte de quienes asumen que la llamada crisis del sujeto la determina y se convierte en su constante principal. La narración del yo moderno desplazó hacia sus márgenes el asunto amoroso, en tanto pretendida expresión de la plena subjetividad. Mientras en el mundo premoderno, el sujeto es algo construido, dado y heredado, en la modernidad es algo que se construye en un eterno presente que conduce a la muerte. Por consiguiente, el decir amoroso en nuestros tiempos es canto de cisne por ser canto desde la anulación: el sujeto que desea y busca (el Amante en pos del Amado, el más acudido de los tópicos literarios) es siempre fragmentario, huidizo y en presente construcción.

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novillo.jpg

A mediados del año 1992 leí por vez primera un libro de María Ysabel Novillo. Hablamos de su poemario Metálica virtud, el cual obtuvo ese año el premio de poesía Casa de la Cultura de Maracay y fue publicado en su momento por la Secretaría de Cultura del Estado Aragua. Los miembros del jurado centramos desde el principio la mirada en ese extraño libro que ya desde el título nos anunciaba un sabor a entidad antigua, a circunstancias que nos hablaba de ciencias y saberes milenarios tan propios de la tradición de Occidente. En este poemario está el germen de lo que luego se ha convertido en diana vital de la obra de Novillo, expresada también en su libro posterior, Poemas peregrinos (Mérida, 2005) y que adviene diestra y segura en este nuevo título suyo, publicado en la colección Poesis de bid&co y que lleva por título Memoria del Caballero de la Isla.

Este poemario vuelve a poner de relieve esa antigua tradición del libro como metáfora de viajes y anotaciones. En este caso, se trata tanto de una peregrinación geográfica como espiritual, en donde es comprensible que el hablante se esconda en el uso de la máscara para facilitarle al lector la debida y necesaria identificación. El juego que propone su lectura es asaz atrevido: colocar en un mismo plano narrativo tradiciones culturales de diversas procedencias históricas y espaciales: la judería de Toledo y el Rosh Hashaná, la batalla del día de San Crispín en Agincourt, contada por William Shakespeare en La vida del rey Enrique V, la sesgada referencia a Santiago de Compostela y la noticia directa acerca de Jerusalén –puntos extremos de las peregrinaciones cristianas medievales–, las citas del Libro de las Mutaciones, la presencia de la mitología griega y –hermoso detalle– la descripción de las bucólicas aguas de unos manantiales en Caruao. El personaje, el yo poético, resulta ser un arquetípico caballero, probablemente cómplice de alguna de las múltiples cofradías de los Templarios o de alguna otra orden  extinta, que intenta regresar al Uno, a la Unidad Perfecta con lo que viene de la Luz, que está siempre por encima de nosotros, en los terrenos más puros de la Arcadia, en la cima de una loma, donde Este alto cielo es alto porque es dentro/ y más dentro, más alto/ y dentro de cada alma un núcleo como el sol/ inmóvil, sin mudanza. En la Arcadia, toda labor y todo esfuerzo es innecesario, en virtud de su característica principal, el de ser el locus amenus del que una extensa tradición nos habla desde la Edad Media hasta el Renacimiento y que se convirtió, quién lo duda, en el sustrato literario de gran parte de nuestras ritualidades cultas, expresada en los libros de Caballería y que, junto al neoplatónico amor cortés de Provenza, es uno de los tópicos más queridos por la literatura.

Y he aquí el otro aspecto fundamental de este libro, su inscripción en la tradición del amor cortés, que se distingue por la ocultación del nombre de la Amada, por la sumisión absoluta del Amante, así como por la transfiguración religiosa del amor, convirtiéndolo en vivencia de un estado de gracia permanente. Esa transfiguración religiosa, en el caso de este poemario, toma elementos tanto de la tradición cristiana y de experiencias monoteístas que le son afines, así como de la tradición pagana y de ciertas sabidurías relacionadas con lo oculto:

El cuerpo del jinete es una trinidad./ Poderosa cohesión.// De su cabeza al torso, la perfección solar/ Inteligencia. Corazón sin agravios./ Médulas de la luz en la garganta./ Obras de milagro/ delegadas al temple de sus manos.// De las rodillas hasta los pies, el avance./ El precio y el premio de los estribos./ Firmeza y humildad del fundamento./ La forma de pisar en el mundo.// Y una zona intermedia, transmisora de fuego/ nunca fría ni estéril// –las entrañas viriles/ los muslos y caderas–// que debe permanecer firme/ de cristal puro/ presionando los flancos del caballo. // En peligro, constancia,/ de muy sagrado: // Ser plomada del cuerpo/ que evite// las caídas.

Libro original y extraño donde los hubiera, que invita a desentrañar la claves subterráneas, El Caballero de la Isla nos propone el viaje al centro de uno mismo en clave de amor cortés. En el devenir literario de María Ysabel Novillo, constituye una suerte de continuidad en lo permanente y se inscribe en una tradición poética de Venezuela que intuye al amor como experiencia espiritual deslastrada de toda carnalidad, y que se propone a sí misma como camino y llave de entrada al posible retorno al Paraíso. La salvación no está en el futuro, si no en el regreso, en el retorno hacia el pasado y en el viaje hacia el fondo. El amor es concebido como continuidad de la tradición que se inicia en El Banquete de Platón, y que acá es un viaje geográfico donde Todo es igual para la Luz.

El azar lanza a veces sus dados con albricias. Es importante señalar que esta presentación coincide con las vísperas de la celebración judía del Rosh Hashaná. Compartamos, entonces, la escudilla, la sal, el cordero y las pasas del año nuevo de septiembre que nos trae este Caballero de la Isla.

HA

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En el más cristiano de los mundos
los poetas son judíos

MARINA TSVIETÁIEVA

para Rubén Ackerman

Las matemáticas se han convertido en la ciencia más recurrida por el discurso oficial en los últimos años Vale estar a tono con tal circunstancia y declarar que, si hoy estamos en 2008, suponemos que hace cuarenta estuvimos en 1968, es decir, en el año de los grandes giros históricos del siglo pasado en Occidente. Son los tiempos del Mayo Francés y de Daniel Cohn-Bendit, de las consignas Soy un marxista de la tendencia de Groucho y Prohibido prohibir. Es el año de la Primavera de Praga y del Socialismo con rostro humano de Alexander Dub?ek cuando, en nombre del internacionalismo proletario y del materialismo histórico, los soviéticos lo deportaron mientras permanecían veintitrés años en Checoslovaquia como lo que siempre fueron: un vulgar ejército de ocupación. El socialismo logra sobrevivir dos décadas más, gracias a la solidaria intervención de los ejércitos del Tratado de Varsovia. De allí proviene el libro Checoslovaquia: el socialismo como problema, de Teodoro Petkoff y el nacimiento del Movimiento Al Socialismo, el MAS de mis tormentos del que habla Cabrujas. Es el año de la matanza de Tlatelolco, de las Olimpíadas de la Paz en México. La juventud del mundo protesta obstinadamente contra la guerra de Vietnam, Robert Kennedy es asesinado en Los Ángeles y Martin Luther King en Memphis. Cada una de estas efemérides daría suficiente material para una crónica. Cualquiera puede ubicarse en el inicio de las grandes caídas de los cristos del alma de nuestra generación. Pero 1968 es también el año de las rupturas intelectuales y afectivas en nuestro continente, marcadas por la aparición del poemario Fuera de juego, de [tag]Heberto Padilla[/tag].
Nacido en Puerta del Golpe (Pinar del Río) en 1932, Padilla estudió periodismo en La Habana. Dominaba varios idiomas y trabajó como profesor de inglés y comentarista radial en Miami entre 1956 y 1959. Ese año regresa a Cuba. Se desempeña como corresponsal de Prensa Latina en Londres y del Pravda, colaborando además en el órgano oficial de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC). También ocupó un cargo en el Departamento de Extensión de la Universidad de La Habana. Luego de los incidentes derivados de la aparición de Fuera de juego, mantuvo su puesto en la universidad hasta 1971, cuando es detenido por «actividades subversivas», luego de la lectura en la UNEAC de su más reciente libro, Provocaciones. Un grupo de intelectuales (Sartre, la Beauvoir, Moravia, Sontag, Vargas Llosa, Fuentes, Paz, Goytisolo y Margarite Duras, entre otros) reacciona contra la detención y es liberado junto a Belkis Cuza Malé, su esposa. En esos mismos días, el previsible y perruno Mario Benedetti, quien luego dirigiría la Casa de las Américas, criticó a quienes defendían a Padilla, argumentando que a ellos nunca le interesó la suerte de los escritores e intelectuales latinoamericanos presos y torturados meses enteros. Padilla es separado de sus cargos y enviado como traductor a la Editorial Arte y Literatura. Luego de una serie de incidentes, el gobierno de Cuba le permite salir del país con rumbo a los Estados Unidos, el 16 de marzo de 1980. Murió el 26 de septiembre de 2000, en su habitación de la Universidad de Auburn State (Alabama), donde dictaba clases de literatura.

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enrique bernardo núñez

No es aquella Cirene que pidió una Constitución a Platón, el cual no quiso dársela juzgándola demasiado corrompida. Junto a ella otra ciudad existió en siglos remotos, si bien Platón le hubiera dado la misma respuesta, ciudad que desapareció asolada por la sequía y los terremotos. Del mismo origen dórico los nuevos cireneses veneraban su recuerdo y hasta ella hacían remontar el esplendor de sus rosas y de sus razas de caballos. Los cireneses eran felices. Vivían entregados al culto de sí mismos y al de sus héroes que habían dilatado su fama en guerras con los estados vecinos. Hubo, sin embargo, uno entre ellos al cual proclamaron el hombre más grande de la tierra. A divulgar esa gloria dirigieron sus esfuerzos. Diéronse, pues, a ser historiadores y a vivir en el pasado remoto. Esculpieron aquel nombre en columnas, arcos, templos y al pie de una montaña erigieron un panteón, rematado por una torre llena de símbolos. La vida en Cirene giraba en torno de aquella torre bajo la cual –afirmaban– se guardaban las cenizas del héroe en una urna de oro. Sus jardines, sus caminos, sus plazas y montañas florecían de lápidas y estelas conmemorativas.

Concluyeron, al fin, por hacer de su héroe un dios a quien rendían el culto más ferviente. Los oscuros tiranos que se sucedieron en Cirene permitían este culto y lo favorecían. Encontraban así un medio seguro de hacerse perdonar sus latrocinios. Para los cireneses era tolerable la pérdida de sus derechos, sus bienes, de la vida misma, todo, menos ceder un grano de incienso de sus altares.

Los extranjeros hallaron en ese culto una mina inagotable. En ocasiones los tributos se consumieron íntegros en pagar odas, tragedias, estatuas y panegíricos del héroe. Oradores, historiadores, cómicos y músicos llegaron con el nombre de embajadores espirituales a sacar el oro de Cirene. Pretendían además los adoptasen el mismo culto y los embajadores no tenían pena en hacerlo cuando se hallaban en Cirene, para ganarse así las simpatías del gobierno y del pueblo. Hubo épocas de hambre en que el pueblo se consolaba leyendo aquella literatura estéril. Pasaban los años. La nación no prosperaba, pero las ciudades estaban satisfechas. La fama del héroe era proclamada en los juegos, en las conferencias y solemnidades de todo el mundo. Vino a ser el estudio de su vida el único afán de los meritorios cireneses y todo el que escribiese acerca de ella, particularmente los extranjeros, era considerado sabio. Surgían polémicas. Aquél aseguraba que el héroe había desaparecido de la tierra en una nube resplandeciente, éste que se había arrojado al cráter de un volcán para dirigirse a las moradas de los inmortales, envuelto en una veste fúlgida. Y aquellos en quienes residía la ciencia histórica, la ciencia de Cirene, desempeñaban los más altos cargos. Era el único camino para ascender en Cirene. La acción de los hombres debía retroceder hacia el límite del tiempo en que vivió el héroe cirenés. Fuera de él, todo caía en oscuro silencio.

El horizonte mental de los cireneses fue estrechándose cada día. Y también la vida se hacía más y más difícil. Vivían, sí, el historiador Sosastres, autor de cuatro volúmenes sobre la epopeya cirenesa; el venerable Filón, muy entendido en todo lo que pertenecía al gran cirenés; el historiador Diógenes, notable por su barba gris, quien poseía datos para llenar cincuenta volúmenes; el rico y avaro Cleón, que ganaba sumas colosales por recopilar cartas del genio; el pintor Glauco, cuyos lienzos decoraban el templo de los inmortales; el alambicado Péntalo, fundador de la escuela cirenesa, etcétera. El criterio cirenés era inmutable. Corrían los otros pueblos hacia el porvenir, ocurrían en el mundo las mayores transformaciones sin que Cirene se diese por aludida. Cirene contemplaba a su héroe. Escribía libros voluminosos, guardados luego cuidadosamente en las bibliotecas. La misión de Cirene era permanecer inmóvil, vuelta hacia aquel resplandor que divisaba a su espalda como un astro sin ocaso. Y si en el mundo se oía alguna vez la voz de Cirene era para gritar aquel nombre eterno.

Y llegó un día en que Cirene, el jardín y la perla de la tierra, desapareció. Largos siglos pasaron. Cirene parecía muerta con su gran hombre. Pero un ladrillo encontrado por unos labriegos llamó la atención de los arqueólogos hacia aquel sitio. El ladrillo tenía una inscripción. Las primeras excavaciones condujeron al descubrimiento de varios cráneos. Estos cráneos fueron motivo de disputas interminables. Tenían en el frontal o en el occipucio un vago diseño de figura humana y eran reducidísimos comparados con los de otros contemporáneos. A fuerza de sagacidad y paciencia se halló el motivo de tan sorprendente anormalidad. El diseño tenía extraña semejanza con la efigie del héroe cirenés grabada en las monedas y medallas. Como era la única idea posible, la obsesión, fue apareciendo aquel perfil en el cráneo de los desdichados cireneses.

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En: La galera de Tiberio. Caracas, Universidad Central de Venezuela, 1967, pp. 193-197.

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