Cuando niño, hace ya varios siglos, tenía una colección de tractores y camiones Caterpillar. De juguete, por supuesto. Negros y amarillos, exactos, cumplían a cabalidad su cometido: apilar, juntar, acomodar, transportar. ¿Quién diría, con el curso de los años, que iba a tropezarme con estos de ahora, rozagantes, sonreídos, exactos en su estupidez?
Son los caterpillar del presidente, quien se ha convertido (a su vez) en un risueño pastor de caterpillars.
La fiebre comenzó hace unos años, cuando el alcalde de la ciudad que padezco anunció la colocación de una estatua de Zamora donde antes reposaba la de Páez. Calmada la fiebre zamorana, devino en mirandina. Hay que bailar el merengue: un desdichado Miranda ecuestre (que más bien parece estar montado en un perrito) está ahora impunemente insultando el cruce de la Bermúdez con la principal de San Ignacio…
Pero luego la cosa se regó, como la verdolaga. Y ahora uno los ve, todos los días, en la prensa o en la TV, anunciando las cosas más inverosímiles:
Viene uno, y dice: el deporte hay que estatizarlo. No más deporte capitalista.
Viene otro, y dice: hay que estatizar al Magallanes. Hay que retomar su proeza de ganar diez campeonatos seguidos (sic).
Viene otro, y dice: no se debe construir un Estado socialista. De lo que se trata es de construir una Sociedad socialista.
Viene otro y dice: de lo que se trata es de socializar los medios de producción.
Viene otro y dice: hay que despenalizar la hoja de coca, convertida por la dinámica capitalista en cocaína.
Viene otra y dice: el pueblo no permitirá ni entenderá esto. Debemos legislar de cara al pueblo.
Viene otro y dice: Vamos a erigir una estatua de Chávez acá en Anzoátegui, cuna de la Revolución. Luego agrega: Vamos a quitarle el nombre de Andrés Bello a esa avenida….
Viene otro y dice, en verba abiertamente malandra: Sí. Vamos a ideologizar, ¿y qué?
No hablemos de los escritores e intelectuales, o de ciudadanos procedentes de diversos espacios y oficios, pidiendo a gritos las cosas más insensatas y siniestras. Todos quieren imitar (y superar) al presidente, quien ha cambiado los símbolos patrios, incluyendo ahora su deseo de incorporar una nueva estrofa al himno nacional.
Hace unas horas, me enteré que algunos historiadores, reconocidos en el ámbito académico, habían publicado un comunicado en la prensa nacional (con firmas en depósito, además) donde proponen que el 4 de febrero debe ser fecha patria, y debe promoverse y enseñarse en las escuelas como el “Día de la Dignidad.”
Cada uno, a su torpe manera, debe pasear en público su lealtad, hacer su democrática y participativa muestra de amor revolucionario. No deben quedar dudas acerca de sus pensamientos. Es obligación bolivariana, cristiana y socialista hacer impúdicas manifestaciones de júbilo ante el ascenso del militarismo en Venezuela, en detrimento del pensamiento y la tradición civil.
Hay que bailar el merengue, so pena de quedarse fuera del gran carro de la Historia.
¿Cuánto hay pa´ eso?
Y el presidente, pobre. Pastoreando sus caterpillars.
A veces da lástima, tratando de apaciguarlos. Digamos, que no sean tan públicas, notorias y amenazantes sus golosas lenguas lamiendo la bota.
Me enternece escuchar a algunos amigos, exclamando: hay algunas cosas con las que no estoy de acuerdo. Pero, mira, ¿sabes?, yo soy de izquierda.
Seguirán, negros, amarillos y exactos, apilando, juntando, acomodando, transportando. Jugando a su febril sueño, conduciéndonos a la guerra, encaramados en sus Hummer y con relojes de US$ 3.000.
En verdad, no me preocupa el pastor.
He descubierto algo doloroso.
Me aterrorizan los caterpillars.
Etiquetas: personal










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