Foto: Alfredo Cortina
A Elizabeth la conocí en verdad hace pocos años, durante la presentación de un libro en la extinta Feria de Caracas. ¿Podría repetir acá el lugar común de los modestos dones encarnados en su presencia menuda? Creo que sí. Sus ojos clarísimos como el río que ha amado, sus manos de niña, su habla respetuosa, son los detalles que se engastan en la memoria. Luego nos vimos varias veces, y siempre tuve la impresión de hablar con una caraqueña de las que ya no existen, ataviada de modestias y de gracias, la encarnación más pura de una foto en sepia de cualquier esquina céntrica de una ciudad que ciertamente existió alguna vez y que ahora disfruta mientras nos devora.
No sé cómo decir esto. Hace algunos días, recién el domingo 13 de mayo, hablé con Edgar Vidaurre (quien se ha convertido en su minucioso editor) para pedirle algunos libros de Elizabeth, pues preparamos una antología de poesía amorosa venezolana. Edgar me hizo llegar El barco, la flor y el alma y Visiones extraordinarias. De entre esos libros me tocó hacer la difícil selección. Cosas de la vida. Elizabeth, aunque figuraba desde el principio en mi visión de esa antología, fue la última en llegar pues me faltaban sus más recientes títulos.
La noche de ayer miércoles 16 de mayo, bajo el arrullo y el sopor de esta calurosa primavera venezolana, Elizabeth regresó al cielo que tanto ha cantado en su obra. Nos deja su poesía, su excelente poesía, quizás de las últimas absolutamente devotas de Platón que se ha de escribir en estas tierras y quizás en nuestra lengua. Buena oyente del sonido del idioma, nos deja también su música suave, tan suave como la profunda y clara mirada de sus ojos de niña.

Foto: Lisbeth Salas-Soto
- Discurso de [tag]Elizabeth Schön[/tag] en la apertura de la Semana Internacional de la Poesía de Caracas, lunes 28 de julio del 2003 (fragmentos)
No soy de las que hacen discursos. Pienso que estos, proponiendo una veraz comprensión acerca de lo que plantean, no me parecen muy propicios para el momento dramático, compulsivo, en que se encuentra el mundo éste, de los hombres. Un discurso, a mi manera de sentir, comprender, es la disertación de una propuesta desarrollada que de vez en cuando pareciera no tener fin, sucediendo que el público queda en suspenso, sin captar mucho el centro esencial de donde partió el orador. Otras veces, la expresión temática es valiente, firme, al proponer la concretización del beneficio humano y la
justicia necesaria para la armonía. Y ocurre también, que alguien al querer fundamentar ideas nuevas, necesarias para la vida común de los hombres, se olvidan y no se cumplen, tal vez porque nacieron más de la ansiedad del dominio y el poder, que del auténtico empeño en mejorar las condiciones
principales de cada ciudadano.
No escojo la vía del discurso. Elijo lo que aquí nos reúne a todos: la poesía. Esa, que sin presunción alguna, construye mediante la palabra, una realidad distinta, nueva, a toda aquella expuesta a la mirada. Cuando Vicente Huidobro, ese gran poeta chileno anuncia: …El mundo se prolonga de rosa en rosa… crea una presencia poética tan propia y novedosa, que por más que quisiéramos encontrarla en los espacios del mundo, no la hallamos, debido a que la frase la expone una figuración poética muy distinta en su manera de actuar a cuando alguien sujeta el ramaje, un pez, una argolla. Esta acción de atrapar, de coger, es directa, tiene peso, aun para la piel y el cuerpo.
El roce de la imagen y la metáfora con el lector es otro. Invisiblemente ambas tocan la sensibilidad, lo sensitivo, lo emotivo, lo perceptivo y algo más, dejan al pensamiento descubrir lo que ellas contienen en su más intima estructura formal: la unión de elementos o motivos opuestos, o si se prefiere, diferentes. Por ejemplo: La nube es camino equivocado. La nube, el camino, son dueños de sus propios significados, pero no por ello, dejan de unirse, construyéndose así una realidad intocable, segura, constante, para la vista y el pensamiento. De allí que pueda insinuar: la poesía en su composición más interna aúna, no divide.
Hay un hecho, oculto a veces dentro de las relaciones humanas, al que quiero referirme: no es fácil sostener la vinculación, ésta dura poco. La rompe la pasión violenta, el mensaje falso, la decisión escondida, dando la impresión de que el mundo viviera constantemente deshojando la vida. De allí que me aflore una visión tal vez comenzada en tiempos antiguos: lo hermoso de una gacela que fieras quieren atrapar. ¿Qué hacer frente a esta imagen de tan extrema intensidad? ¿Quiénes persiguen a la gacela? El poeta responde más a lo dicho por Huidobro; …el mundo se prolonga de rosa en rosa… por ser la rosa, con sus espinas y su ovalada redondez, la mejor capacitada en detener las fieras. Y por ser ella la luminosidad más fresca, pienso en el agua de los ríos que son, como dijo el gran poeta alemán Hölderlin; …los que hacen la tierra edificable.... Vale decir, los ríos convierten a la tierra en aquellos centros elevado que sirven de cobijo a los hombres, y aunado a esto, la decisión portentosa de elabora un lenguaje creador que hará inmenso el fruto nacido desde el núcleo primordial de lo edificable. Y al leer al renovador poeta brasileño João Cabral de Melo; ...Un río necesita de mucha agua en hilos / para que todos los pozos se hagan frase… Percibo lo imprescindible de sentir la presencia de un agua abundante en hilos, fluyendo como caminos, y de cuya fértil lozanía acuática, brotarán las palabras necesarias y justas para la prolongación de la escritura.
Son muy pocos los poetas que no han utilizado la palabra río. Su caudal lava, haciendo nítida la realidad. Pule y agranda los orígenes del principio. Llevada entonces por la transparencia sonora del agua, digo:
…Vengan, vengan ríos especiales de sol, aire, tierra y abran con sus cumbres los depósitos fieles del curso andante de la íntima proyección verbal. Aura de aire y lejanía. De pie. Silueta del origen. Tierra elegida por la palabra. Lago del recuerdo. No se detengan. Entren donde la sangre vive y la mirada llega a la única presencia intocable. Sí, vengan ya, ríos copiosos, anchos, alumbren el foco interno de la oscuridad y el despertar del sueño maltrecho. Lleguen igualmente, ríos grandes, portentosos, con la tea encendida, prometéica; para que la rueda poética nunca deje de ser siembra de inmensidad, camino de oro hacia lo eterno, entrada feliz en lo completo y total. Y velozmente, arriben ríos redondos, humildes, trayendo el fuego de Hestía, aquella diosa, que sin ser notada, hacía cálida las habitaciones. A ella le pido dé calor al corazón de los hombres para ahuyentar las fieras y entonces la gacela cambiará su cuesta y manteniendo seguro su mentón, pueda volver a unir las resquebraduras, los alejamientos, las divergencias....
Sin saber cómo, me inunda una imagen inesperada: el coliseo romano. Escucho la risa pisoteando los pozos oscuros de la sangre. Descubro el embeleso que provocan los cuerpos encendidos. La muchedumbre canta. Hombros, piernas, se desgarran entre la llama de bustos deformados, ennegrecidos. Es el espectáculo de la diversión. Quejidos, gritos, golpes se alzan entre aplausos y carcajadas. La furia barre el polvo dejado por los cuerpos al caer.
Es el momento en que el coliseo se me transforma en símbolo de espiritualidad y crueldad. ¿Quién es al fin el ganador de esta contienda? ¿Los mártires o los que martirizan? Los mártires son los poderosos por el simple hecho de sufrir. Los verdugos son los manchados, los que llevan lo fangoso del poder y el dominio. El sacrificado nunca es igual al ejecutante. El ejecutante es una fuerza que arrasa y destruye. El sacrificado (el espiritual) pasa a la inmortalidad; su rostro queda junto al mérito y la grandeza de rostros que pareciendo haberse evaporado, siguen latentes.
De último me agradaría hablarles a los poetas jóvenes. Se que conocen muy bien lo que implica encontrar una voz propia. Y lo importante es que existan en ella dos elementos: lo circunstancial y lo universal. Lo circunstancial pertenece al momento; lo universal lleva consigo lo que permanece. Esto
último se hace presente a través de la continuidad histórica. Además, las circunstancias provocan un enlace entre el poeta y el momento que se hace difícil de manejar. Es la presencia de un Yo recrecido, sobrepasando lo expuesto por la circunstancia misma.
El poeta ama a su país. Se tiende sobre el mundo. Vivé la lejanía, las bruscas precipitaciones, los cambios inquietantes, lo que rueda sin dejar la más mínima huella. La poesía abarca cielos, aguas, ciudades, dolor, pobreza. Recuerden a Elliot; …La diversidad es esencial a la unidad…. El poeta es intuitivo y audaz. Por algo nos dijo el gran vigente y maestro español Antonio Machado; ...Caminante (un poeta lo es) no hay camino / se hace camino al andar….
La poesía es igual a un río, fluye, y fluyendo abre todos los horizontes.
Elizabeth Schön

- Textos de Elizabeth Schön, del libro Visiones extraordinarias, Caracas, Ediciones Diosa Blanca, 2006.
Las estrellas son cartas que ponen al tiempo y al espacio abriéndose siempre… permanentemente. Una estrella puede ser una ventana donde se mira lo eternamente inmenso. ¿Será eso el cielo de la inmortalidad? No lo sé… sólo sé que de allá nos llega la visión de lo inmortal. El día es una franja que aguarda a la noche para buscar su centro de inmortalidad.
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- Ver también: Elizabeth Schön: Ráfagas del establo
Etiquetas: reseña poesía








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