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  • Caracas, Editorial Diosa Blanca, 2002.

Decir que la obra de [tag]Elizabeth Schön[tag] se corresponde con una tradición preocupada por la palabra como esencia, es repetir una antigua historia. ¿Qué poesía no aspira a lo esencial? Lo importante en esta poeta es la continuidad sin desperdicio, el empecinamiento, la amorosa manía por reconocerse en una tradición occidental que busca establecer un diálogo con la filosofía, relación arranca con los presocráticos, continúa con Plotino y culmina con Heidegger. En Oriente, esta tradición se llama Lao-tsé y su célebre libro. En fin de cuentas (y casi una minucia), se trata de la antigua preocupación por las relaciones entre el Alma (el Ente, en el vocabulario heideggeriano) y el mundo, exponiendo como punto de riesgoso contacto, precisamente, el acto de poetizar, la más inocente de todas las ocupaciones.

Como sabemos, el filósofo alemán intenta darle una vuelta de tuerca a los problemas centrales de la metafísica. Como también sabemos, La granja bella de la casa (2003) arranca con una frase de Heidegger: El lenguaje es la casa del Ser. Schön deriva, en Ráfagas del establo hacia otros territorios, donde intenta con la palabra la unión de los contrarios tan querida para Heráclito, expresada en un lenguaje áspero, lleno de sonoridades y durezas, dando testimonio de que la resolución de los contrarios tiene la necesidad de expresarse de esa manera. Las nueve partes y un prefacio en que se divide el libro pueden leerse como poemas de largo aliento. Cada una de ellas mantiene su unidad y conversa con el resto, en una suerte de amplio fresco donde la realidad y el alma se encuentran, bajo la amorosa vigilancia de Hestía, diosa de la vida doméstica y del hogar.

La permanencia en el cambio es quizás el punto central al que aspira todo poeta mientras construye su obra. El eterno retorno a sus grandes angustias, la declaración constante de la imposibilidad de nombrar, mientras nombra al mismo tiempo, tienen en este título un lugar para la tregua. Poeta fundamental a la hora de establecer los límites precisos de la casa en la poesía venezolana, Elizabeth Schön continúa explorando, en su lenguaje, las inmensas preguntas celestes de la que habla -desde su tradición- el poeta Antonio Cisneros. Detrás de toda esta ambición, la lucha entre el silencio y el nombrar es quizás la postura y el riesgo que le queda a un poeta verdadero. Y Schön, indudablemente, lo es, porque llena de méritos, poéticamente habita esta tierra.

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