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Entrevista con Miguel Ramón Utrera/

Harry Almela

Cuando San Sebastián de los Reyes cumplió con su labor pionera al sur de la Provincia de Caracas, decidió cobijarse bajo un manto de señorío. Más de cuatrocientos años tiene ya este pueblo donde nació el poeta Miguel Ramón Utrera, hijo de padres también nacidos aquí, como diría la frase de Whitman.

Los antiguos ventanales del centro miran hacia la Plaza de los Tres Diputados. Por una de sus bocacalles se llega hasta la amplia y modesta casa del poeta. Cualquier habitante del poblado le deja a usted en la puerta. Una forma de la veneración hacia este hombre recio que ha educado a varias generaciones.
Casa amplia, con puertas de dos alas y zaguán, con pájaros y aves en el patio. En el fondo, las frondosas ramas del onoto. Doña María se acerca con sigilo. Respetuosamente interrumpe la conversación para anunciar al poeta que su almuerzo está servido. Franco, cordial, con cuidada dicción. Utrera nos dedicó esa tarde cuatro horas de su tiempo. Entre el canto de los gallos y la natilla con miel, nos hizo viajeros de su memoria, hablando de un país real y un país literario que el tiempo devora, incesante.

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En el aire, sin orientación alguna

Hay dos aseveraciones que se han hecho en varias oportuni­dades, incluso en artículos de periódicos. La primera es que yo nací en 1909. La otra es que nunca he salido de San Sebastián. Que aquí me he quedado desde que nací. Por poco no se dice que me voy a quedar hasta que me muera. Se asegura que nunca he tenido contactos con nadie. Esas cosas no son cier­tas. Yo nací en 1908. El 25 de setiembre de 1908. Y estuve en Caracas durante casi seis años, en la mejor época de mi vida, entre los dieciocho y los veintitrés años. La primera vez fue en el ’27. Me habían ofrecido trabajo en un labora­torio industrial cuyo gerente era un norte­americano. Cuando llegué, pensando que eso ya estaba resuel­to, me dijeron que ese cargo todavía no estaba creado. Entonces regrese a San Sebastián. No me gustaba estar allá así, a medias. En octubre de ese mismo año vinieron y me dijeron que todo estaba listo. Me mudé a Caracas y viví en una pensión que estaba ubicada de Glorieta a Madrid.

Al poco tiempo descubrí que la casa de la Federa­ción de Estudian­tes quedaba muy cerca, de Palma a Miracie­los. Y de Padre Sierra a Muñoz quedaba el inmueble en donde yo trabaja­ba. En esa época no había edificios y éste sobre­sa­lía por aquella segunda planta muy elegante que tenía. En esa casa, después que la desocupó el labora­torio, estuvo el diario La Esfera. Yo iba de vez en cuando para recordar los tiempos en que estuve trabajando allí. Además, tenía varios amigos en La Esfera, en sus buenos tiempos, cuando Ramón David León. Como colaborador de crónicas tenían a Juan José Chourión, quien escribía con dos seudónimos. Tenía una columna diaria de chistes en versos, tres o cuatro estrofas y la firmaba Esfera. Y tenía otra en prosa, diaria también, y la firmaba Esferoide. Y los domingos escribía un artículo en serio, de crítica. Muy afable, de mucho recurso anecdótico.

Yo subía de Glorieta a Reducto y al doblar para el Este, hacia donde está el Teatro Nacional, estaba la casa de la Federa­ción. Inmedia­tamente me relacioné con ellos, porque conocía a un individuo de San Casimiro, Tulio Zamora Hidalgo; a un muchacho Manzano, de La Victoria; un muchacho Seijas de San Juan de los Morros, a Aníbal Paradi­si, de Villa de Cura, todos ellos amigos míos. Y Julio Morales Lara, amigo de toda la vida, quien era el aragüeño que en ese momento estaba conectado con todo, me sirvió de guía y me llevó a todas partes. Me llevó a la redacción de Fantoches para que conociera a Leo y a toda esa gente. A mi no me llamaba mucho la atención eso. Una revista humorística con mala fama porque a cada rato todo el mundo caía preso. Yo sólo los oía hablar, no me metía en nada. Y conocí la zona pútrida de El Silencio. Fui allá varias veces por curiosi­dad. Me metían tanto miedo con El Silen­cio que decidí entrar para ver lo que pasaba. No, nada. Que aquello estaba muy puerco, muy feo, una cantidad de prostitutas por todas partes y gente peleán­dose.

La dueña de la casa en donde yo vivía se llamaba Doña Rosalía Rodrí­guez de Rodríguez Padrón. Su esposo se vino a menos cuando la caída de Castro y con un temple de valentía poco común, ella comenzó a recibir pensionados fijos. Y llegué yo allí. También Julio Ramos, comenta­rista de asuntos sociales de El Univer­sal, con un lenguaje matizado de criollismos, muy agradable, autor de una novela titulada Los conuqueros, de ambiente rural. También llego Alberto Arvelo Torrealba. Venía de la cárcel. Muy asustado el hombre. Había estado complicado en los asuntos del ’28.

Yo me había ido para San Sebastián en los días esos de la Semana Santa del ’28 y regresé a Caracas en octubre de ese año porque esperaba el inicio del año escolar en la Universidad. Había sacado mi certificado de Secundaria en el Instituto “San Pablo”, muy nombrado en Caracas, regentado por unos hermanos Martínez Centeno. Allí se cursaba la Primaria, la Secundaria y la Normal. Mi certificado de Primaria, lo pagué de mi bolsillo en Caracas. Eran exámenes privados. Mi certificado de Secundaria, lo pagué de mi bolsillo en ese Instituto, en el curso nocturno de siete a nueve. Cuando me di cuenta que la Universidad se me cerraba para siempre, guardé como cultura general todos esos conocimientos de Farmacia que había adquirido en el laborato­rio y torcí para la docencia, siguiendo el rumbo de una tropa de maestros jóvenes muy importan­te que estaba entonces formándose. Héctor Manuel Orozco, Miguel Zuñiaga, Luis Padrino, Machado Cisneros, Eduardo Viso, una cantidad de gente interesantísi­ma. Y como estaba en el aire, sin orienta­ción alguna, yo no voy a ser farmacéutico, me dije. La Universidad cerrada. Entonces me quedé con la docencia. Comencé a trabajar y cuando me fui a graduar pagué mi título. ­Presen­té el examen integral en el Consejo Técnico y salí graduado de Normalis­ta. Yo me formé solo. Sa­cando cuentas de las cosas de mi vida, yo me he dicho: ¡caram­ba, qué vaina tan rara me ha tocado vivir a mí! ¡Toda la vida sirviéndole al Gobierno y el Gobierno nunca me ha servido a mí!

Me han tachado de hombre duro y difícil. Eso no importa porque no me ofende. A mí la docencia me endureció. No un endurecimiento malsano, no. Fue una necesidad para cumplir con una pedagogía auténtica. Me dediqué a una profesión muy delicada y responsable. Yo fundé aquí la “Pedro Aldao”, la primera escuela graduada, en el año 36. Eso fue un choque completo con el medio. La gente estaba acostumbrada a otra cosa, a una maestra en su casita y los muchachos iban cuando querían. Era necesario hacer comprender a la comunidad cosas diferen­tes. Era obligar a la gente a entender que eso no era malo, que eso le iba a servir para toda su vida, que el asunto no era solamen­te aprenderse de memoria algunas cosas. Era también la disciplina de un año escolar, con un determinado programa, para después continuar con otros estudios más exigentes todavía. Dirigí esa escuela hasta 1960, ya convertida en Grupo Escolar. Abandoné los cargos públicos y continué ejercien­do la docencia en mi casa. Venían los hijos y los familiares de mis alumnos a consultar libros. Así ha sido hasta hoy.

La cátedra la estaba dando Fernando Paz Castillo

Por pura curiosidad, cuando no iba a la clase mía en la Secundaria, asistía a las clases de Pedagogía que daba Pedro Arnal. Me interesó muchísi­mo, simplemente por curiosidad. Pero Literatura si me interesaba mucho­. Escuché dos años clases de Literatura, gratis. Apartaba dos días a la semana. Uno para asistir a Pedagogía y el otro para asistir a Literatura, porque la cátedra la estaba dando Fernando Paz Castillo. Muy bueno. Era de Literatura General, pero hacía mucho énfasis en la Literatura Castellana. Una vez se dedicó toda una semana a explicar el caso de Berceo, quien comenzó a traducir textos religiosos, textos bíblicos y hagiográficos al latín popular. Tímida­mente, porque eso no se permitía. Fray Luis se llevó un chasco por traducir el Cantar de los Cantares. Era monje y estaba de catedrático nada menos que en Salamanca y lo metieron a la cárcel. A Paz Castillo después lo perdí de vista. El daba clases en varios colegios y luego se dedicó a la diplomacia. Estuvo de agregado cultural en Londres durante la Segunda Guerra Mundial y presenció los bombar­deos. Quedó aterro­rizado con todo eso. Cuando pudo, se vino. Después lo encontré de nuevo. Yo iba a Caracas con otras miras, a hacer diligen­cias en el Ministerio de Educación. Nos hicimos grandes amigos. Le recordé lo del Instituto “San Pablo” y me dijo: Caramba, se me han presen­tado muchos de esos muchachos que iban al auditórium como oyentes y que ahora son unas personali­dades, yo estoy muy satisfecho de ello. Y cuando pasaba para San Juan de los Morros, cada dos o tres meses, entraba a mi casa y conversába­mos. A veces venía con amigos suyos. Cuando se publicó Aquella Aldea, él hizo una nota para El Nacional. Por Paz Castillo conocí yo a la gente de Viernes. El estuvo auspiciando a Viernes, junto con Pedro Sotillo y otros. Y los más jóvenes, que eran Pascual Venegas, José Ramón Heredia, Luis Fernando Álvarez, Luis Beltrán Guerrero y otros más, se sintie­ron muy obliga­dos con eso. Apareció de España Olivares Figueroa. Y Queremel. Y aquel alemán de apellido Leo. Esa gente se reunía, sobre todo, para impulsar las letras, sin una bandera definida. No milité en Caracas porque cuando eso ya me había venido para San Sebastián, pero sí estuve afiliado. Allí conocí a Luis Barrios Cruz, a Jacinto Fombona Pachano, a José Nucete Sardi, a todos ellos. Yo nunca fui a ninguna reunión del grupo. Cuando tomó cuerpo sí colaboré en la revista. Pero iba a la peña de Viernes. A mi el sitio que más me agradaba era una botillería que había en la mitad de la cuadra entre Municipal y La Palma. Un sitio muy tranquilo. Iba no sólo gente de Viernes. También nuevos escrito­res, como Rubenángel Hurtado, algunos que comenzaban a trabajar en los periódicos, pintores y gente ya vieja también. Allí conocí a Rafael Angarita Arvelo, por ejemplo. Quien comandaba ese grupo era el abogado Fernando Cabrices. Yo nunca me sentí identificado con los postulados estéticos fundamentales de Viernes. Me intere­saba el grupo solamente como una manera de impulsar la literatura, sacarla definití­vamente del marasmo en que estaba. Después, cuando Cabrices dejó de ir, comenzaron a circular las copas de vino y de ron. Lo que antes eran conver­sa­ciones muy cordiales se trans­formaron en alterca­dos y entonces no volví más. No me llamó la atención tampoco la reacción contra Viernes, aquellos poetas que se empeñaron en poner al día una avalancha de romances y décimas, algunos con muy poca fortuna. A mi me explicó Pastori, cuando le pregunté sobre eso, que ellos no podían seguir a Viernes, no podían retroce­der a los neomodernistas del 18, así que decidieron hacer eso.

Hasta el gorro lleno con Darío

Yo me afilié a una casa importadora de libros, que se llamaba Biblio­te­cas Cervantes. Uno pagaba mensualmente cinco bolívares por adelantado y a mediados de mes uno recibía, religiosamente, tres tomitos de cualquier cosa. Tenían de todo. Pero a mí me interesó particularmente la literatura española y los clásicos universales. Goethe, las obras de Petrarca, el teatro de Shakespeare. A veces leía a medias, Cuando llegué a la mitad de La Divina Comedia, traduci­da maravillosa­mente por el argentino Mitre, en tercetos iguales a los de Dante, me sentí fatigado. Entonces leía la síntesis del capítulo y algunos pasajes llamativos. Y de los españoles, bueno, el Siglo de Oro, Fray Luis, San Juan, el Libro de los Sueños de Quevedo, El Lazarillo de Tormes y La Celestina, que debería llamarse La Tragedia de Calixto y Melibea, porque la Celestina, una vieja zángana que acomodaba las citas, es un personaje secundario.

También leí a los contemporáneos. Las traducciones que he leído de Rosalía de Castro son muy bellas. Leí a un señor llamado Gerardo Diego. Muy bueno. Jorge Guillén no me llamó la atención. El mismo libro lo editó varias veces. Antonio Machado, un arsenal de sentimientos. Uno lee ese paisaje allí, y lo puedes ubicar en cualquier parte. El dice Mi infancia son recuer­dos/ de un patio de Sevilla y ¿quién no tiene un patio en su corazón metido? Leí a García Lorca, el renovador por excelen­cia del romance. Y a Darío, lo leí bastante, por supues­to. Lo leí porque me intere­saba saber qué era lo que había pasado con Darío, que nos tenían hasta el gorro lleno con Darío. El genio del castellano, el genio de la renovación, el genio del modernismo, el genio de esto y lo otro. Bueno. Después me encuentro que eso no es verdad. En Azul, ¿qué es La Sonati­na? Princesas y cisnes. Una joya de pala­bras, pero princesas y cisnes. Y la prosa poética, muy hermosa. Pero ¿por qué no lo hizo más bien como cuentos infanti­les? Y Lugones, muy bueno. Pesado en la dicción. Algún verso feliz referido a la luna y que no se parecía a ningún otro. Neruda, al principio sí. Crepusculario y los Veinte poemas… Después entró en Residencia en la Tierra y ya no me gustó. Un gran esfuerzo para entenderle algo. Y yo sabía que se había superado, que estaba haciendo una cosa muy superior. Pero, bueno, yo tendría que ir allá, a ver en dónde vive, para poder saber qué es eso. Y antes de Neruda está Nervo como modelo romántico. Y el colombiano José Asunción Silva. Borges me gustó siempre en prosa, una prosa delicio­sa. Su poesía no. Carece de esa espiritualidad que requiere la lírica.­ Pa­reciera más bien que se proponía escribir filosofía en verso.

No creo que exista alguna influencia particular en mi obra. Es una sumatoria de varias lecturas. Yo no tengo ídolos.

Y el norte viene llorando ternuras por los caminos

Yo escribía unas cuantas tonterías que no valían la pena. Yo mismo las rompía. Y seguía escribiendo. Y como no me gustaban, las rompía. Y seguía escribiendo. Hasta que un día encontré, en unos papeles que tenía en la maleta, unos borradores de cuando yo había hecho unas giras a la zona rural del café, en la sierra.

José Durán, que había sido maestro mío, tenía una hacien­da y me invita­ba. Me interesó ver el proceso del café. Me impresio­nó mucho la vida rural, nunca había salido del pueblo. Aquella gente tan entrega­da a su trabajo con una alegría tan grande. Mantenían las haciendas con la concien­cia de que ellos eran los dueños. Aquello crecía y prosperaba y era por ellos. No se sentían explotados ni esclavizados, como creían algunos. En el rancho de aquella gente vivían su vida tranquila, con una alegría desbor­dante. Viviendo su vida. ¿Sabes lo que eso significa? Dime de alguien que hoy día viva su vida. Dependen siempre de lo artifi­cial que le rodea, todo desagrada­ble. Ellos ganaban un pequeño jornal, eso es cierto. Pero eso les bastaba para vivir. La moneda no valía nada. Lo que valía era el conuco. El patio de gallinas valía muchísimo. El pedazo de tierra detrás del rancho valía muchísi­mo porque ellos la trabajaban cuando no lo hacían en la hacienda. Todo eso lo observé y me impresionó tremendamente. Hoy estoy convencido de que esa gente había ganado lo que mucha gente anda buscando en los consorcios industriales de las ciudades, sin conseguirlo: la calidad de la vida. Trabajar con alegría, sentir­se útil, servirle a los demás con un gran gusto y placer. Un verdadero humanismo. En una gente rústica, sin escuela.

Se me ocurrió entonces tomar apuntes. Encontraba a la muchachita que iba a la quebrada con su camaja a buscar agua en la quebrada precio­sa, de agua pura de la montaña. Por donde quiera salía una para formar la quebrada general que se llamó quebrada de consumi­dero, y que baja por acá, por la laguna, por todo esto, cerca del pueblo, para desembocar en el Guárico. La mucha­chita aguadora me sugirió un apunte. Y el muchachito que salía descalzo de su casa para llevarle el alimento a su padre, me sugirió otro apunte. También el norte, una lloviznita menuda de la sierra que no se siente venir y que cae todas las mañanas cuando se acaba el invierno. Y eso dura semanas y semanas. A las once de la mañana, cuando rompía el sol, aquello se veía que era una maravilla. Los árboles brillando y aquella hierba mojada. Eso era una precio­su­ra. Y hay siembras que se llaman de norte, pues se cosecha en octubre, gracias a la mojadura que le da, suavemente, el norte. Y la pica, que era un camino recién abierto. Quitan el monte para pasar por allí. Y luego, con el paso de la gente, se vuelve un camino real. Eso está en una décima por allí, creo que en Elegía Serrana: Arriero de monte oscuro/ sigue por el monte claro/ aprove­chando el reparo/ que te da rumbo seguro/ Y al viajero sin apuro/ que busca tu compañía/ dile lo que aquí decía/aquel difunto baqueano:/ que nadie regresa sano/ por la pica de algún día. Claro, la pica en un sentido subjetivo, como un camino del espíritu. Porque esa pica de algún día no existe en ninguna parte. Pero cuando se dice algún día se abre un camino ideal: algún día veremos.

Yo creía que había perdido todos esos apuntes. Y me pregunté ¿por qué, cuando vaya a San Sebastián, no hago otro viaje a la sierra y ya con una idea más concreta de lo que es Caracas, de lo que son las cosas, le doy un enfoque mejor a todas estas notas? Observé que, desde el punto de vista lírico, la noche de ese campo era distinta a la del pueblo. La imagen de la noche es muy propia en lugares así, soledosos, como los pueblos, en donde la noche tiene un misterio muy especial. En las ciudades populosas, con ese movimiento de gente y luces artificiales por todas partes, no se nota la noche. Y la quebrada tenía una función sumamente vital, porque era el agua de esa gente. Y que la hacienda con su cafetal, primero blanco como una sábana, y después rojo como cereza, le comunicaba a esa gente la alegría para vivir. El cafetal, con su canto de turpia­les, sus paraulatas y todo eso.

El rancio sabor castellano

Había en Caracas muchos escrito­res jóvenes escribiendo romances al estilo caste­llano. El octosílabo era lo que más se usaba. Pedro Sotillo, Barrios Cruz y Andrés Eloy Blanco, quien también escribía cosas de esas aunque rimaran en consonante. Todos los domingos en El Universal salía un romance de alguno de ellos. Pedro Sotillo le escribió un romance muy bonito a un cardón que había en el corral de la Casa Parroquial de Altagra­cia. Luis Barrios Cruz le hizo un romance a un espanto que salía por allá en Calabozo, en el Cajón de las Animas. Eso era una labor crio­llista que ellos estaban haciendo. A mi me encantó todo eso. Y dije, bueno, voy a poner todo esto asi, parecido a esta cosa. Pero me gusta más que sea corto, me dije. Yo no voy a escribir romance largo. Y otra cosa. Es un error decirle romance a lo que yo he escrito. Porque no son poemas que abarcan un episodio histórico. Con frecuencia es un elogio a un paisaje. Lo que tiene del romance es lo clásico, la forma, la rima, el sonido de la asonancia. La estilística es la del roman­ce, pero el tema no. En cambio, otros autores sí ensayaron el romance con tema histórico. José Antonio de Armas Chitty comenzó a escribir romance. Escribió Los siete Oratorios de Tiznados. Y Arvelo Torrealba escribió Florentino y El Diablo. Y antes escribió las Cantas, que están en el mismo estilo. Y unos romances al separa­do, en donde está El canoero de El Caipe, que sí encierra un episodio trágico. El hombre se queda muerto en la canoa. Y la canoa se la lleva el río y la última estrofa pinta aquello y dice: Canoa sin canoero/ solita en mitad del río/ con la zamurada adentro/. Y eso era lo que impresionaba. Ese sí es un romance.

He escrito décimas. También cantigas, para mí la concepción más ingenua de la lírica. Una cosa que no quiere llamarse soneto porque es muy fuerte ese nombre; no se quiere llamar romance porque es muy fuerte todavía; no se quiere llamar silva porque no tiene la extensión. Entonces, ¿cómo se llama? Cantiga, que aún siendo corta o larga, se canta a través de él y tiene una antigüedad y un rancio sabor castellano.

Un saludo que sabe a metáfora

La relación de sustantivos que hablan de la naturaleza con adjetivos que denotan sentimientos humanos, es muy de propósito. Para darle significa­ción. Siempre hay en mis cosas una reflexión sobre lo humano, sobre emocio­nes y reacciones de la vida humana. El árbol es una imagen de la vida humana: arraigó, creció, se alimento de la tierra, echó sus ramajes, floreció y dio sus frutos. Y en la imagen del camino y del río también está el hombre. Al entrar por un camino a la sierra o al llano, tropiezas con el nativismo por todas partes. Cuando le hablas a un hombre de aquellos, te responde con un saludo que sabe a metáfora.

Todo es paisaje. Lo subjeti­vo también es un paisaje. Y al igual que en el verso de Machado, ¿en qué parte no se encuentra uno con el recuerdo de aquella aldea?


(Entrevista realizada en 1991 y publicada en Revista BCV Cultural, mayo 2007)

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