Freddy Hernández Álvarez. El ardid del almirante.
Escrito por: harry almela® en la trampajaula, poesía- Caracas, Monte Ávila Editores, 2006.
Como todos sabemos, la metáfora más querida por la literatura (y en particular de la novela) es la del viaje. La imagen de Ulises (o en su versión árabe de Simbad, el marino) podemos encontrarla a cada paso, pues hasta la vida común de un ciudadano es un desplazamiento cotidiano hacia lo azaroso y lo desconocido, como bien supo decirlo el ilegible James Joyce. No hay escritor que no evoque su viaje a su personal Ítaca (real o imaginaria), para poner en escena la fuerza de sus ríos subterráneos, que al final irán hacia la mar, que es el morir.
No podía Hernández Álvarez quedarse afuera en la repartición de esos panes. Más aún cuando casi toda su obra ha tenido como punto de referencia el mundo marino o está construida a partir de la metáfora del viaje. Tal afirmación se intuye si tomamos en consideración sus primeros libros (Bitácora del alcatraz, 1975; El baile de los cangrejos, 1977, Paraguachoa, primera memoria de lo fértil, 1980). Así también lo denuncian sus recientes títulos Cuadernos del farero de Biblos (Valencia, Ediciones Poesía, 2005) y Memoriales del ángel bastardo (Caracas, Editorial Actum, 2006), a los que se suma ahora esta publicación, donde las referencias al libro de la cultura occidental y oriental sirven de metáfora y excusa para conversar con el lector acerca de lo mismo: el viaje se planea (o se retarda), el viaje conduce (o no) al retorno, el viaje es útil (o inútil), todo al mismo tiempo y en el mismo plano narrativo. De esa manera, el ardid del almirante consiste en diseñar un espacio para la creación o la recreación de estrategias que ayuden a atravesar (o a convivir) en un mundo de hombres, mujeres y cosas que, a decir de una de las voces en el libro, no son más que una invención del espíritu. Colocado en esa tradición, el libro no deja de tener un tono de nostalgia, construido como está a partir de capítulos fragmentarios que, a manera de novela, recrean el mito del viajero, representado en nombres tomados de la gran tradición, ya sean reales o imaginados: Colón, Raleigh, Berrío, Teseo, Orfeo, Jasón, Ulises.
Dice Murena que el viajero es una suerte de desprendido del Paraíso, en busca de algún modo de reencontrase con los dioses. O aceptarse como un relegado. A lo que agregamos que ser viajero es una forma particular del ateismo, de ser un ateo en busca de sus dioses. Y como declara el título de este libro, de lo que se trata es de construir ardides, artificios y astucias para encontrar o evitar nuestros paraísos o nuestros infiernos, según se vea. La vida no es más que la elaboración de imaginarias heroicidades personales que nos permitan sobrevivir. Como lo declara René Char: el infinito ataca, pero una nube salva. O como lo declara el propio Hernández Álvarez en la página 108: Si nos topamos con vientos contrarios/ y nuestras provisiones escasean/ daremos gracias a Dios, por estar/ todavía anclados en la costa/ trazando los planos de la ruta.//
Tags: reseña poesía


Entradas (RSS)