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Al principio, este texto quiso ser una reflexión acerca de las prácticas lingüísticas del español desde ambos lados del Atlántico, como expresión particular de esa forma de exilio que vivimos en nuestro continente desde donde los europeos, tal y como dice Neruda, se llevaron el oro y nos dejaron el oro… se llevaron todo y nos dejaron todo… nos dejaron las palabras.Terminó siendo un extenso monólogo sobre esos asuntos así como la expresión de algunas consideraciones acerca del eufemismo como forma de dominación política y cultural que derivaron, Dios sabrá cómo y por qué, con una meditación acerca del oficio de los poetas en estos tiempos que tanto se parecen a una película de Federico Fellini con guión de Kafka y música de Enrique Santos Discépolo. Dios tiene sus misterios. Es trabajo del hombre descifrarlos.

Creo que fue Bernard Shaw quien declaró en una oportunidad que Inglaterra y Estados Unidos eran dos países separados por un idioma común. Lo que decía en el fondo era que esos países estaban alejados por sus maneras de ver el mundo, como consecuencia de sus respectivas costumbres idiomáticas que, aun teniendo la misma raíz, se había diversificado gracias a la historia colectiva de cada nación. El español (o castellano, depende de cuál lado del charco nos encontremos) no escapa de esa dinámica. La historia de nuestra cultura y, por supuesto, de nuestra la literatura americana es la búsqueda de respuestas a una cíclica pregunta: ¿cómo nombramos nuestra realidad con una lengua de origen europeo?

Hacia 1937, el poeta venezolano [tag]Fernando Paz Castillo[/tag] enunciaba esa misma pregunta en un poema poco conocido (cuyo hallazgo le debo a la amistad lectora de Eugenio Montejo), tomado del libro Signos:

HOSTILIDAD

Cuando Machado dice –¡olivo!
siento que hay savia en sus palabras.

Un silencio íntimo
de fiesta infantil
de tarde de catecismo
llena el aire
cuando Machado estrena la vejez de la palabra olivo.

Cuando Jiménez dice –¡chopo!
toda la primavera está en sus versos
y hay un amanecer de bodas campesinas
olorosas a hierba fresca
cuando Jiménez dice la palabra chopo.

Pero cuando yo nombro estos árboles
siento que se me apagan las palabras.

La voz se me vuelve hostil
y no encuentro el camino del cielo
que me enseñaron –en las tardes mías–
los urapes blancos
y los ceibos.

¡Poetas! Prestadme vuestras palabras jóvenes
para ver el paisaje de estos campos.

Es curioso que Paz Castillo concluya ese texto haciendo un llamado a los poetas jóvenes. Para esos momentos, él mismo contaba apenas con cuarenta y cuatro años de su edad. Supone que los vocablos olivo y chopo son viejos y quizás nombrar el paisaje joven de nuestras tierras, supone también vocablos jóvenes. Supone como cierto temor o vergüenza de utilizar palabras literariamente no prestigiadas por el uso, como urape y ceibo. También supone, por supuesto, la ausencia de esos árboles en nuestras tierras. Y he allí una de las apreciaciones inmediatas que se desprenden de estas reflexiones, a saber, que la naturaleza de nuestro continente no es fácilmente reducible a los ya milenarios vocablos de la lengua de Castilla, problema que ya está presente en la literatura desde las cartas de Colón, pasando por los cronistas religiosos, civiles y científicos que aprendieron a caminar con sudor nuestras extensas llanuras desde finales del siglo XV hasta bien entrado el siglo XIX. Que al final fuese el español la lengua preponderante en nuestro continente, debió haber pasado por dolorosas mutaciones para dar testimonio de una realidad absolutamente distinta a ese rostro seco de Castilla como un océano de cuero del que nos habla Neruda en uno de sus pocos poemas memorables. En ese largo proceso de la búsqueda de independencia, originalidad y representatividad de la que habla Ángel Rama, la historia del español de América es la historia de una elipsis cuyas puntas son la culpa y el exilio. Por una parte, la culpa de nombrar al Nuevo Mundo con un idioma impuesto que terminó siendo mestizo. Por la otra, sabernos exiliados de una lengua europea que en el transcurso de los últimos cinco siglos busca y ha logrado un lugar en el mundo cultural de Occidente en los nombres de [tag]Andrés Bello[/tag], Rubén Darío, [tag]Andrés Eloy Blanco[/tag], [tag]Mariano Picón Salas[/tag], Juan Rulfo, [tag]Jorge Luis Borges[/tag], Octavio Paz, [tag]Rafael Cadenas[/tag] y [tag]Eugenio Montejo[/tag] sólo para citar algunos de los que más me atraen.

Hablar aquí de la densa y larga curva que han descrito nuestras gramáticas en el tiempo y en el espacio en ambas orillas del Atlántico, desde Nebrija hasta la más reciente aprobada por las Academias española, americanas y filipinas, nos llevaría demasiado tiempo y no es el sentido central de estas palabras. Sólo deseo destacar algunos hitos en esta extraña relación, a veces tensa y a veces fluida que hemos mantenido con los usos y con las autoridades de la lengua de Castilla. Al hojear, por ejemplo, la edición del Esbozo de una Nueva Gramática de la Lengua Española correspondiente al año 1970, aún podemos leer una nota al pie de la página 250 (donde se habla acerca de la morfología del verbo), que La terminología de Bello es especialmente afortunada cuando, para dar una denominación a las formas compuestas, antepone el prefijo ante– a las denominaciones de las formas simples correspondientes. Los tiempos compuestos son, efectivamente, tiempos que expresan anterioridad en relación con los tiempos simples a que cada uno de ellos corresponde. Especialmente afortunada, declara y resuelve la Academia, como si el Análisis ideológica de los tiempos de la conjugación castellana, donde el caraqueño propone una nueva y fundamentada terminología de los verbos, fuese un documento menor de nuestra gramática.

Iguales situaciones se vivieron ya en el campo de lo estrictamente literario. Guillermo de Torre, en la edición de La Gaceta Literaria de abril de 1927, dio inicio a la célebre e inútil discusión acerca del meridiano intelectual que sería Madrid para la literatura hispanoamericana, planteamiento propuesto por el escritor madrileño como reacción al excesivo imán en que se había convertido Paris en aquellos años. Por supuesto que tales posturas han venido debilitándose con el paso del tiempo, gracias a la permeabilidad que ha endulzado al español de la península por vía de la presencia cada vez mayor de hablantes provenientes de América, por una parte, y por la otra a los medios de comunicación que, por vía de la globalización, han permitido escucharnos desde ambos lados del océano. Gracias a esto y a la sana sabiduría de la Academia (que ahora forma parte de la Asociación de Academias de la Lengua Española, junto a las veintiuna Academias de América y Filipinas) los últimos textos regulatorios de la norma han sido publicados por consenso. Desde hace pocos años, ya no se habla del español de América, sino del español en América. Quiero agregar que en ese espacio de convivencia, el vocablo butaca, proviene de putaka «asiento», voz de un dialecto caribe de Venezuela, el cumanagoto.

En todo caso y en los espacios del uso cotidiano y de la literatura, la reflexión debe apuntar al hecho de la capacidad representativa de un idioma que comenzó siendo una imposición y ha terminado por ser nuestra manera de ver el mundo. Más allá de las tensiones propias de nuestra contemporaneidad (entre la globalización y las ecologías editoriales), creo, por una parte, que el español de este lado del idioma es muy vigoroso, vivaz y metafórico. De ello habla ampliamente Ángel Rosemblat en varios libros. Al mismo tiempo, una de las literaturas más musculosas es la que actualmente se escribe en nuestro continente, y esto no sólo depende de la mayor o menor capacidad o calidad de los escritores. También tiene qué ver con el idioma y cómo se ejerce en España y en América. Nuestra tradición literaria es relativamente reciente. En España arranca con las jarchas y con las Glosas Emilianenses en el siglo X. En América el español ocupa una extensa franja territorial que convive en sus bordes con el inglés, el francés, el portugués y otros idiomas. En España, el castellano vive rodeado de otras tradiciones lingüísticas y ha vivido desde hace siglos atravesada por el conflicto de las dos Españas: la de charanga y pandereta de la que habla Machado y de la España que debe mirar, al mismo tiempo, al resto de Europa. Así que nosotros no tenemos ningún límite impuesto por la tradición o por la defensa del idioma. Somos más permeables con respecto a literaturas provenientes de otras tradiciones lingüísticas. Podemos leer hasta de manera irresponsable poesía en inglés, italiano, alemán y francés, para citar las más renombradas, sin que se nos tilde de traidores a una tradición. Quizás por eso sea tan difícil para un lector o para una editorial de la península leer a los americanos, a pesar de que cada vez es más visible la presencia de nuestra poesía y nuestra literatura no sólo en el español peninsular, sino incluso en otras lenguas.

A pesar de todo eso, los propios americanos, entre nosotros mismos, vivimos de manera escandalosa la paradoja de Bernard Shaw. Creo que este hecho es bastante notorio y no vale la pena ahondar en estos ríos. En este espacio, como en muchos otros, la convivencia entre culturas aún tiene varias tareas pendientes. Aprender a oírnos es en estos momentos la principal preocupación que debemos atender para beneficio de los hablantes y lectores del español de ambos lados del Atlántico.

En otro orden de ideas pero también entre esas tareas pendientes que tienen qué ver con el idioma y la convivencia cultural, está la de prestar cada vez mayor atención a esas construcciones que hemos convenido en llamar los eufemismos. La definición de este término, según el DRAE, ya constituye un eufemismo en sí mismo: Manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante. El eufemismo es lo que permite decir en España, al referirse a música étnica, como aquella que representa a un grupo étnico, siempre y cuando, claro está el baremo para medirlo sea la cultura blanca occidental. El eufemismo también permite hablar de daños colaterales cuando en verdad se habla de muertos civiles, mujeres y niños. El problema con los eufemismos es que, como dicen los lingüistas, se lexicalizan, es decir, se convierten en palabras o en oraciones que pierden su sentido metafórico, incorporándose al uso general de la lengua. La sumatoria de las lexicalizaciones crea lo que George Orwell en una famosa novela denomina la neolengua, concepto rescatado por Umberto Eco como una de las características de lo que el llama el fascismo eterno o el Ur-Fascismo. Las llamadas sociedades modernas han sido muy propensas al eufemismo, a la construcción de frases donde se ocultan otros mensajes, truco discursivo que consiste en el desplazamiento de los significados, es decir, cuando el significante dice una cosa distinta a la que originalmente se refería. Este desplazamiento del significado es lo que permite, por ejemplo, que algunos proyectos políticos hablen de la humanidad, del amor a la humanidad y de la igualdad, mientras se asesinaban a cerca de veinte millones de personas en nombre de ese amor, como ocurrió en la antigua Unión Soviética, en varios países de la Europa del Este, en Vietnam, Camboya, Laos y Corea. Víctor Kemplerer relata en su libro La lengua del Tercer Reich que el homicidio industrializado pasó a denominarse tratamiento especial, mientras que el concepto de espacio vital fue el argumento alemán para el inicio de la guerra expansionista europea en 1939. De esta manera, al convertir al sujeto en objeto, el crimen individual y colectivo ha podido realizarse sin ocuparse mucho en los aspectos morales de la situación. Acerca de este punto, autores como [tag]Giorgio Agamben[/tag] se han dedicado a la reflexión sobre las consecuencias de las expresiones ideológicas ligadas al totalitarismo y su presencia velada o abierta en las sociedades occidentales del siglo pasado y de los años que corren del siglo XXI.

Eufemismo puro y neutral es lo que sucede, por ejemplo, con el manido y dulce vocablo tolerancia y sus derivados. Tolerante es aquel que acepta a otra persona distinta, o acepta una situación diferente a la que está acostumbrada, a condición de que el baremo para medir tales diferencias sea el propio tolerante. O, como lo dice Juan Ramón Capella, en el prólogo del libro Echar raíces, de Simone Weil: Quien tolera al otro a los otros que no son como los demás–, no se considera obligado hacia el otro, sino sólo hacia sí mismo: hacia la propia –e intransitiva– perfección (o superioridad) que le permite tratar al otro como si fuera un igual pese a que lo contempla como diferente. Y he aquí la situación central que deseo recalcar, la vuelta que necesariamente hay que dar a esta forma de ver el mundo y de crearlo a través del uso y de la lexicalización de los eufemismos. En las sociedades modernas, atomizadas, colmada de simples personas individuales, convertidas en meros ciudadanos expulsados del Paraíso, es una obligación hablar de [tag]derechos humanos[/tag], en tanto que el Otro existe, igual que yo, expulsado del Paraíso. En consecuencia, es una obligación la tolerancia al diferente o a lo diferente. Cuando nos encontramos frente al diferente, partimos del hecho de que tenemos derechos, pero no obligaciones. En consecuencia, yo tengo derecho a verme como me veo y tengo además el derecho de ver al otro como diferente. Como posible respuesta, tal y como lo plantea Simone Weil en el libro citado, el asunto sería más bien asumirnos en primera instancia con deberes hacia el otro y hacia los otros, en tanto que el Otro es un ser humano igual que yo, que también tiene sus deberes hacia sí mismo, pese a las diferencias: En sí mismo, un hombre sólo tiene deberes, entre los que se cuentan algunos para consigo mismo; los demás, desde su punto de vista, sólo tienen derechos. A su vez, hay derechos cuando a ese hombre se le considera desde el punto de vista de los demás, obligados para con él. Un hombre solo en el universo no tendría ningún derecho, pero sí tendría obligaciones. Los derechos siempre están sujetos a condiciones determinadas. La obligación solo puede ser incondicional. Es decir, Weil nos propone comenzar a hablar más bien acerca de nuestros deberes en detrimento de la demanda de nuestros derechos, en el entendido de que la necesidad de la obediencia a las voces que nos hablan acerca de nuestros deberes no debe confundirse nunca con la esclavitud.

Puestos en perspectiva, el asunto de las culturas separadas por un idioma común y el de los eufemismos, nos lleva a reflexionar acerca del oficio de la escritura. Es el retorno de la conocida pregunta de Hölederlin: ¿para qué poetas en tiempos de indigencia? La frase, escrita en el siglo XIX, tuvo amplias resonancias en el siglo posterior. A partir de ella, podríamos auscultar un poco la conciencia del poeta en los inicios de la modernidad, cuando al concluir el poder impuesto por la sangre heredada y por el poder celestial, fue expulsado al fin de los palacios del príncipe y debía someter su obra al escarnio de un público abierto. Como cualquier otra mercancía, el poema debía ir en busca de sus consumidores. Fue entonces cuando la poesía (y el arte en general) se convirtió en sucedáneo del espíritu religioso ya desplazado por la Razón Positiva. El poema pasó a ser ese alimento del espíritu del que tanto se ha hablado, en un mundo que, como lo escribe Dickens, derrumbaba lentamente las grandes esperanzas.

Pero ahora la pregunta es otra, y más angustiante: ¿para qué poetas?, simplemente. Los tiempos que corren son los del horror y del vacío. A la frase de Adorno que declara la dificultad de la poesía después de Auschwitz, hay que agregarle los nombres de Hiroshima y Nagasaki, de Pol Pot y el Kmehr Rouge, de Pinochet y de Castro, de Vietnam y de las plazas de Tlatelolco y Tianannmen. El inventario puede ser más extenso, pero es suficiente para contemplar de cerca el desierto en el que nos hemos ido convirtiendo. Ante el desplazamiento del significado que los tiempos han puesto en la mesa de la historia, al poeta le queda solamente su lealtad a la confusión, como dice José Emilio Pacheco en unos versos. Poetizar el entorno, hablar desde un yo que ya no cuenta con el Paraíso y que se niega a entrar de nuevo en la República de [tag]Platón[/tag], tener que contar y cantar la aventura terrestre en una lengua que navega entre la culpa y el exilio es el mayor reto que los modestos esfuerzos del poeta de nuestro continente debe asumir. Los poetas, virutas de las estatuas esparcidas por la brisa, residuos del gran silencio en las alturas, como dice Wyslawa Szymborska, deben seguir intentando, a pesar de todo, ser la voz de la tribu, aunque no le lean.

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2 Respuestas a “Un idioma que nos une y nos separa”
  1. el tema es que hemos creado nuestra realidad con una lengua de origen europeo..

  2. hace años leí en El Nacional dos cuartillas de Borges tituladas: el eufemismo. ¿la ubicas?

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