Cartas a la extraña/ José Barroeta
Siete son las cartas que el poeta envía a la extraña. Siete son los intentos por sacarla de los estremecimientos. En un principio, el espíritu siembra la mudanza de palabras, frases y augurios.
José Barroeta, insomne de Vagancia City, busca afanosamente la voz de la extraña. Para ello, se vale de una incesante sonoridad que lo agita frente al silencio lejano y apacible. Siete son las voces, como cabalístico agitar de las manos mientras marca en las piedras andinas el poema que aturde, que se moja con el licor olvidado de muescas en la madera de la barra usada por los bebedores impenitentes.
2.
Cartas a la extraña son nervios al descubierto y fáciles para conducirme a la demencia los que quedan como señales, y sobresaltos del sueño, del abandono de este sueño para sobrevivir noctámbulo de un nombre que se pierde en el hallazgo. Porque aéreos son los giros que el poeta hace para hallar el fantasma. Por eso hay un antes y después del amor, porque la suerte de quien recorre las sombras es la misma de quien se esconde del mundo.
3.
La infancia y el mar. Gaviotas de 1930, y entonces la edad perdida, la generación del olvido: Inicia entonces el espíritu la gran/ aventura, fatalmente el mundo nos alimenta/ de miedo y de pura poesía comenzamos a vivir».
El vértigo, la pérdida, el abandono, la distancia que sacude los vientos a espaldas de los cuerpos. Una como sospecha de que la muerte recorre los campos de la vigilia, los puertos de la mirada y el encanto imposible.
El poeta se recoge en su propia desolación. La palabra se queda en lugar del silencio. Vagar contigo era como dormir en los celajes de una imaginación donde la muerte había dejado sus mejores ráfagas.
La mujer, esa extraña que recorre el mundo, el inventado universo, reniega del sonido como respuesta. La muerte, la no-invitada, o quizás la invocada sin propósito alguno, comienza a acomodarse en la piel y en los ojos.
La pérdida de todo, la huida de las cosas son simples disparos que la memoria acomoda en la embriaguez, en esa suerte de despedida que tiene espacio propio, aliento oscuro: Era aborrecer la multitud, aborrecer todo cuanto me impedía sentarme a la sombra de mi cadáver y acusar desde allí el origen de una enfermedad, el alcohol, que desde la adolescencia se aposentó en mí en forma sagrada.
Luz y sombra, fantasma y destellos. El fuego arrasando la carne de los pueblos; país entero bajo el humo: el escape de los sueños hacia los olores de la mujer, su Nadja. Me he vuelto hosco, y aun cuando esto me permite el disfrute perfecto del silencio, extraña amigos / camaradas, palabras. Y, entonces, se ilumina, se revela.
Alberto Hernández







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