Post ludum/ Emil Botta
Traducción de Stephan Baciu y Eugenio Montejo
1.
En esos oscuros corre el poema. Un atardecer en la ventana sorprende a Emil Botta mientras la muerte coquetea con el viento. Las preguntas surgen limpias y silenciosas, el poeta se acoda en la pared y adivina la curvatura del cielo. Sólo tristezas coseché, sólo temblores,/ me quedé solo con el sueño./ Coseché los pesares más extraños,/ coseché el Paraíso, y se vuelve hacia el espejo donde refleja el rostro prestado a la sombra de la habitación.
2.
Traído al español por Stefan Baciu y Eugenio Montejo, este trabajo es un desencajamiento, un texto que comulga con Los poemas de la luz de Lucien Blaga, su paisano de Rumania, donde los poetas se hacen abundantes y luminosos.
Post ludum es un retrato de Botta. Un retrato/ demasiado hermoso/ mi retrato juvenil,/ el retrato del Desconocido, su propio rostro en el recuadro de la ventana o en el hondo silencio del espejo donde está otro que lo mira.
3.
La curva del poema se tensa con el mensaje del canto. El poema inicia las altas cumbres. Los pájaros callan en la espesura. La poesía es el plumaje en el afuera. Sima y cima, altura y profundidad. Una soledad que trae el río en su carrera: el poeta ubica su destino en un dolor punzante, pero sin quejas. La piel del lobo se descubre aullido.
La imagen habla de agotamientos. La ventana permanece abierta mientras el día gira en torno de sus pies. Ven, no vengas, elegida entre todas,/ ven, no vengas, suave luz del ocaso./ A la orilla del agua vamos a atardecer/ como pétreas estatuas funerarias.
El día, su pesar, es la muerte: cierra los ojos y se borra del espejo. Tenebra. Los ojos de la rabia: la muerte y la luz perdida en la palabra.
Se amanece el poeta. El abismo aparece en la nueva luz, en el epílogo de la imagen. En la curvatura de una nube, en el mismo pájaro que enmudeció en la rama. En una flor elegida para asistir a la desaparición del cuerpo en el azogue.
4.
Una noche injusta nos bebía, y las miradas se hartaban de adentros y orillas. Emil Botta es una nostalgia que se inclina hacia la muerte. Constante en voz, la muerte lo hace delirar. Total, el poema es un delirio de la muerte. Las nieblas andan sobre los huesos, ven más allá túmulos y voces, silencios que el propio espejo no sabe distinguir. El poeta de la noche, la voz de una lápida lamida por los vientos, por la primavera, por la sintaxis del desahogo.
Para este poeta, la palabra también es un gemido. Un animal que llora su propia muerte, su instancia interior converti¬da en fría noche. Como esponjas sus ojos me han llorado/ y el gemido ya hiló sobre sus labios. Labios cerrados, silencio en la misma palabra. El poema se calla.
Alberto Hernández







