El estudiante empírico/ Cecilia Meireles
Traducción de Eduardo Estévez
1.
Una versión del alma empuja la palabra hacia adentros asombrosos. Brillo amasado a fuerza de aplicación, ríos interiores y enigmas que encuentran a una mujer en su más sensible confesión.
Cecilia Meireles, traducida por Eduardo Estévez, nos ofrece El estudiante empírico, abrumada de voces, descubrimientos y tanteos, propósitos de una voz cuya densidad está en los extremos de una sensibilidad que se reconoce en cada texto.
2.
La poeta es un libro que constantemente se abre y se cierra. Permanece con las páginas listas a mostrar la desnudez: desde el ojo como esfera donde un teatro imagina movimientos y entramados selváticos. Una ilusión reflejo de miradas oscuras. Los instrumentos de la sabiduría, la tierra de por medio y la palabra columpiando los músculos, la sangre, la linfa y los orgasmos de la contemplación silenciosa. El poema, entonces, es una larga lista de sorpresas. Mantel de voces que coloca en la mesa para prestigiar forma y armazón de un corpus reiterativo: el rostro se encuentra tantas veces en el espejo, que pierde al final sus rasgos.
3.
El alumno, viajero entre sargazos, algas, compases, trigonometría, pasiones y olvidos, toma el nombre de las cosas y las borra. Hace otros nombres y pregunta para renacer o morir.
Busca el alma, el cuerpo, el planeta diferido. Una invisi¬ble gestión de los sentidos que tocan, huelen, oyen y descuidan. Una labor de imágenes y creencias. Y la pérdida del espacio, donde sólo se está, a solas, para leer las constelaciones.
Desconocer los nombres, saber de los espejos. Abundar en el cuerpo y el alma. Amo y desamo, sufro y dejo de sufrir. Un viaje inverso hacia los sentidos y estados de ánimo, y hasta el nombre propio convertido en enmienda.
Ejercicios de la muerte, dice ella, dice y traduce desde un texto que está en otra atmósfera. La sombra oculta todo, la desaparición de los cuerpos y el encuentro de un espíritu sereno que aprende de otros rostros y respiraciones.
4.
El estudiante empírico es un juego de aprendizajes: la escuela pasa por la risa, la maldad, las pequeñas trampas, los mapas cuestionados, la sangre en el vidrio del micros¬copio, los mundos diminutos y los soles apartando satélites y astros extraviados en la imaginación de las lecciones bien aprendidas.
Vida sin párpado, nos dice, en una confesión que va desde la dureza de la memoria hasta el conocimiento de la noche y el día.
El libro es la mujer que oculta, porque además de hoja es elipsis, transformación, pupila espejada, reflejo del mundo, universo apaciguado, alma inalcanzable.
Al borrar la palabra, la pizarra, la ceguera se vierte sobre nuestros destinos. La voz de la poeta se hace legible y cuerpo.
Alberto Hernández







