Esperas y la ausencia/ Erasmo Fernández
1.
Bajo la lluvia de la fuente, deambula la mirada del poeta. Lo atajo en el momento de conversar con el pájaro en el follaje tupido del árbol. En el instante de adentro, cuando interroga el humo violento de las calles, el reino infernal de la ciudad que lo acosa e intenta borrar de las avenidas.
Erasmo Fernández tiene el oteaje quieto, sentado en los caminos a la espera/ con los ojos en blanco, y se aproxima a la voz que no lo oye y lo torna de nuevo a la desmemoria, porque cada palabra es un eco incomprensible.
Lleva bajo el brazo todos los papeles que el mundo le ha legado, luego de escrituras cerca de la sombra donde el árbol pronuncia su irreverencia. Lleva el libro tejido en la piel, entre bohemias y silencios ocultos en el alero de los edificios.
2.
Esperas y la ausencia es un largo poema recogido a saltos de infancia, de la mirada actual y de la perdida, de la que no tiene remedio y de la que, definitivamente, no tiene escape. Porque el poeta tampoco tiene salvación.
Libro que Erasmo hizo a golpes de pesadillas, sueños entrecortados, lluvias y soles vertiginosos. Libro que Erasmo Fernández amasó con este traje, con la fórmula de la inocencia.
Este hombre es un poeta de la calle, siempre en la calle, indagando sus nombres y aberraciones: Hay un lugar sombrío donde cada quien se cuida/ de quién, no lo sé/ La verdad es el silencio/ otras son las estridencias repetidas por miedo/ y el grito/ ese anegar fatídico en derrumbe.
Para hacerse libro, el poeta desenvainó los cuchillos que guardaba en un lado secreto de la camisa. Se desgarró la ropa y metió las manos en las aguas verdes e infectas de la fuente. Allí clamó por los viejos y caducos dioses, y los vehículos y menesterosos lo tomaron por el cuello, lo expulsaron de la urbe.
3.
Siempre a la espera, en ausencia de las voces perdidas, Erasmo Fernández ajusta cuentas con la condición de los días: Si pudiera recobrar la espera/ dejada en las paredes sin frisar/ esas a las que no se les cae la pintura/ en un sueño/ ni las grandes flores y niños juguetones…
La noche se asienta en las palabras del hombre que se esconde en el libro, que lo dice en el libro, por eso aquí me dan la espalda/ me soplan/ me miran de soslayo. Escoge el vocablo más ácido, amarga la boca, escupe el rostro de la estatua imaginaria e irrumpe violentamente en la sala donde el silencio es el único espectador.
Una vez trazado el pacto y el olvido/ la intemperie/ lame los rostros con delicadeza, los elementos en la piel ajada, trajinada. Cuerpo víctima de las navajas de la madrugada. Un mensaje se aquieta en la próxima esquina.
Hay sueños improvisados, como arrancar de sus labios este texto que Erasmo Fernández llenó de asombros verbales, desgarramientos. Libro hígado, calle en la que el poeta se extravía. Ausente, no espera nada.
Alberto Hernández







