Cuatro puntos alrededor de Zanzíbar/ Paul Forigua

1.

La voz del narrador tiene acentos en la mirada del querer decir y en la que contiene la otra palabra. Porque, en el mapa de la ubicuidad, Cuatro puntos alrededor de Zanzíbar apunta hacia un espacio portátil que se vale de muchos recursos genéricos.

Con un lenguaje a veces elusivo, otras de una dirección inmediata, Paul Forigua (Santa Fe de Bogotá, 1975) anuda la voz y cuenta. Sus experiencias rozan anécdotas, las toman y las dejan y continúa como en un intento de novelarlas.

Un juego que comienza en la inocencia, toma vías referen­ciales y desemboca en el texto que le da nombre al libro (¿dónde quedaba Zanzíbar en nuestra corta imaginación geográfica?).

2.

Frente a las costas de Tanzania, se agita la isla de Zanzíbar, una mordida a África. Y son cuatro los puntos que el narrador recrea para nuclear su trabajo: Biarritz, Ariechi, Stalingrado y Auschwitz, conectados mediante un hilo muy delgado, de una cierta temeridad perversa, a través de la imagen de un sujeto / narrador testigo super­puesto. Engañoso podría ser el título, pero los caminos de la fabulación están marcados con hitos misteriosos. Una idea, huellas de un sueño, una lectura, un concierto, o personajes que calcan una trama analógica en distintos ambientes, nos conducen a reconstruir un viaje verbal/ geográfico/ psicológico, probablemente en la figura de un sujeto real (¿Frederick Bulsara, el del grupo «Queen»: Freddy Mercury?) que se intelectualiza en la voz confusa de un narrador provocador, conspirador. ¿O es un diálogo múltiple en el que lo lúdico prefabrica una imagen incons­ciente? Conjeturas que podemos soslayar para concentrarnos en la forma de abordaje.

3.

El acierto de este primer trabajo de Forigua radica en la fuerza del lenguaje que utiliza: corrosivo, penetrante, feliz e inteligente. Su cercanía a la anécdota difuminada alteraría el discurso de cualquier lector desprevenido. Desde esta perspectiva, Cuatro puntos… es una clave para destacar la presencia de un narrador en ciernes, que se busca intensamente.

El recurso sorpresa se logra casi en los textos Cruzando la puerta y Yo nunca lo he hecho, porque falta la tensión de la cuerda floja, el temor a la caída, el suspense suficiente, lo que equivaldría a decir riesgo para hacerse de un significado emocional.

Alberto Hernández

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