lectores en estado de duelo/ nelson rivera
postedo por: harry almela® en ventana de emergencia
Quiero decir que la muerte de un poeta se constituye ante nosotros como conmoción única. Y no se pretende con esta afirmación sugerir que otras muertes estén despojadas cada una de su específica y doliente singularidad. Lo humano es esa perplejidad que jamás cesa ante el fenómeno y el misterio que es el morir. Pero en la muerte de un poeta quizás haya otra cosa, una disrupción que tiene su propia naturaleza.
Ocurre que tras la última exhalación las palabras del poeta adquieren una condición distinta. Ellas se instalan en el mundo, ahora sí, de modo definitivo. Mientras vive, el poeta, absoluto señor de su creación, puede decidir en el silencio de la noche traer uno de sus poemas hasta la mesa de trabajo, ponerlo allí bajo la luz de una lámpara (podría ser justo ese poema que usted lleva en su memoria como una oración, como un talismán o como la secreta señal de un antiguo amor) y cambiarle sólo una palabra, acto que dará vida a otro poema: esa nueva creación será, en esencia, un nuevo poema, distinto al que lo precedía.
O puede pasar (porque de hecho pasa) que en cualquier instante, el surgimiento de un nuevo poema, benévolo pan recién salido del horno, nos ocupe, se cuele por nuestras rendijas, se convierta en uno de nuestros íntimos regocijos, y desplace de su lugar preponderante a otro poema que hasta segundos antes concentraba el don de la mayor resonancia (en el corpus de la obra de cada poeta la aparición del poema más reciente emplaza a todos los poemas anteriores).
Eugenio Montejo se ha marchado, sostenido hasta el último momento por su fe en Dios y por el vínculo sin reservas con quienes le aman y le han amado. No tengo ni tendré las palabras a mano, ni dispongo ahora ni dispondré más tarde de la facultad necesaria para pensar qué significa para todos nosotros su ausencia. Podemos abandonarnos o luchar con la potente aflicción que nos produce su muerte, pero debemos afrontar lo irrevocable: no nos ha sido dado pensarla, porque ella es, ni más ni menos, que lo impensable, lo irresoluble. Transcurrirá el tiempo y el designio que provocó su ausencia permanecerá entre nosotros como indescifrable.
Si toda muerte ocurre como un puro enigma, como un acontecimiento más allá de la certidumbre, la muerte del poeta se presenta ante nosotros como revelación (porque la poesía comienza a leerse de otro modo tras la ausencia del poeta) y como resurrección (porque al desaparecer su cuerpo, el poeta adquiere la dimensión de eso que vive en sus libros: una verdad que no se puede palpar ni retener: una manera de instalarse en la muerte, ese modo de transcurrir en el tiempo que llamamos gloria, trascendencia, honra)
Ha muerto el poeta, ¿dónde estamos ahora? A solas con los delicados pasos de su memoria. A solas con sus ensayos. A solas con sus poemas. Íngrimos tras el escurridizo genio de sus heterónimos. En silencio con la humanidad que escribió: El tiempo es el que viene y el que vuelve / disuelto en el misterio de las cosas, / y tras su paso la casa reaparece / o se torna invisible en el paisaje. / Flotan sus sombras sueltas en el aire / con las horas por dentro, y flota el humo / que asciende cielo arriba hasta la ausencia. / Y a veces, por saber dónde se oculta, / inquisitivos, vueltos a su calle, / en voz alta llamamos y llamamos, / sin que quede una puerta que se abra / ni un ventanal ni exactamente nada.
Ha muerto el poeta, ¿quiénes somos a esta hora? Lectores en estado de duelo: seres de voz temblorosa, atrapados en una pena que no se doblega. Impotentes ante lo incalificable. Por una parte, aquí y ahora transcurrimos en estado de temor: hemos perdido al hombre circunspecto, preciso, gentil y sensible. Por la otra, somos sujetos de una congoja irreversible y extraña: nos duelen los poemas perdidos. Nos permitimos desafiar a la vida o al Dios invocado por Eugenio Montejo, con la impericia y legitimidad de nuestros anhelos: necesitamos convencernos de que una vida más larga nos habría provisto de otros afanes, de otras palabras suyas.
Porque ha muerto el poeta, estamos bajo el dominio de la aflicción: ¿queremos salir del duelo, esto es, dar un paso más allá, volver a las escrituras de Eugenio Montejo, recorrerlas y escucharlas, seguir los rastros de sus persistencias y de sus ocultos sobresaltos, insistir puesto que hay algo en ellas que nos concierne, que se mete adentro sin rasguñar nuestros oídos, hasta que llegue el día, el instante en que esa voz próxima (prójima) del poeta se acople con nuestros corazones de sobrevivientes?
Quiero preguntar, ¿podemos ir más allá de las fronteras del duelo (secarnos las lágrimas y leer) para quizás vislumbrar la revelación que su poesía esconde, esto es, que el poeta desaparecido ya ha resucitado, entre muchos otros, en esos seis versos que dicen: Quizás me vuelva Orfeo alguna tarde / y a cielo abierto encarne su destino, / el que propaga el canto de la tierra, / aunque su lira duerma bajo el agua, / ya náufraga en el fondo / y para siempre inalcanzable.