Arcanos para un nuevo paisaje
Premio Concurso de Cuentos, diario El Nacional, 1991.
Ya me alejo con paso lento para fumar bajo el bucare. Fresca está la noche en que solicito fuego para el cigarrillo. Un hombre delgado avanza hacia mí, haciendo ademanes con la mano. Advierte mi desamparo y extiende un encendedor. Le agradezco su actitud. Sonreímos. Él regresa al grupo. Conversan mientras atienden el llamado que se les hace para pasar a la sala contigua. Hombres. Mujeres. Van y vienen. Celebran algo absurdo, que no termino de entender. Yo tan ausente de aquellas cosas. Yo, el de palabra oportuna, el que nunca se quejó de dudas. Veraz hasta en lo ebrio, para mí no hubo manchas en el hombro ejemplar, ni en la piel ni en el pie que nunca se enfermó. Todo tan previsible, tan padre de familia. Un apellido más, me digo. Debió ser así durante los últimos años. La costumbre se encargó de distraerme en otras rutinas. Cierto cansancio en los ojos, un brazo dormido, un jadeo al final de cada frase. Dormir. Levantarse. Acechar de nuevo.
El divertimento está por iniciarse. Sólo esperan por el hombre. Alto y joven, su fotografía ha iluminado páginas de la prensa en los últimos días. Las notas sugieren un porvenir fulgurante. El automóvil se detiene en la calle. Todo se estremece. Luces, grabadores. Niñas que aplauden y revolotean. Alguien, solícito, abre la puerta y el protagonista se detiene un momento para atender la curiosidad de las cámaras. Estrecha manos que le buscan como intentando suspender el tiempo, retener por un segundo la imagen, sentirse partícipes momentáneos de la gloria.
Ellos se disputan en los pasillos medallas y diplomas que llevan con descaro mi nombre. En los días del viaje, ya estos asuntos me sonaban a fatiga. Nunca entendí el porqué de esta trama. Yo me había acostumbrado a la idea que no había obligaciones. No hay merecimiento en cumplir con aquello en que se cree. El asunto es hacer y nada más. El resto es sólo una gesticulación vana, un saludo en el vacío.
El hombre joven habla del país en el discurso y entonces recuerdo épocas y climas encajados en el sepia. Eran antiguas vías de tierra, aviones modestos de cuatro motores a lo sumo. Caballos rucios, ruanos, alazanes. Una chalana cruzando el gran río. Y la pregunta de siempre. Un clavo se hunde en la corriente. Pero ¿por qué nunca lo hacen los grandes barcos de hierro? En esos días se contemplaban los amaneceres para quedarse allí. Extasiarse en la cima. Era todo como de color de ventana. En la ciudad. En cualquier lugar del interior del país. Si estaba en la capital, entonces era el rojo en lo bajo y el innumerable marrón y verde creciendo hacia el norte. Del campo eran otros los verdes en invierno. Y un solo amarillo en los veranos. Así se enseñaban los matices en la escuela. Mire para allá, decía. Esto es de tal color. Y aquello de más allá, de otro. Y esto es el azul que se extiende hacia lo alto y en la costa es una sola cosa con el mar. Los barcos flotando cerca de las nubes. Así lo vi una vez bajando al puerto. Se cuenta de dos en dos con el rigor necesario. Nombre usted las capitales de tal país. Asimismo es necesario aprender las propiedades de las letras. Me vienen entonces ganas de nombrar los elementos para que permanezcan tranquilos en algún sitio, quizá en las páginas que ahora reviso. Cimarronera, digo. Madrevieja. Jipato. Retallones. Querevere. También dañero, sufridor y macanilla.
Continúo mirando a la gente a través de la punta encendida de mi cigarrillo. Humo más allá de lo rojo. Esto ocurre hace tiempo en un caserón inmenso, al norte de la ciudad. Medito solamente. Hacia el fondo, la mansa caricia de la hierba. Hay también una puerta. El hombre joven continúa gesticulando, enfatiza cada palabra. Pausas. Lejos de todo sacrificio, más allá de estas paredes, el mundo transcurre, maravilloso. No hay esfuerzo ni ruido en estos desplazamientos. Siempre debió ser así. Por atender doctrinas pasó lo que vino. Esa obsesión de discernir sobre las cosas. Entenderlas y bautizarlas. Todo es siempre como estar al frente de una clase. Durante años estuve constantemente de pie, de cara a un Auditórium. El dedo índice en lo alto. La otra mano cerrada en puño en la espalda, recordando lo que aprendí, con ansias de decirles ya está bueno todo lo que ha sido hasta hoy. Quiero una escuela en este sitio, decía entonces. Una carretera que venga y traiga lo que se hace allá. Díganle adiós a lo que nos detuvo. Y también será necesario pelear con gente anciana que piensa todo tan fácil y que discurren sin que mañana sea algo distinto. Sin esfuerzo, sin mirar hacia allá y decir que el mundo debe comenzar ahora. Y todo tan inútil. Tan no importa lo que se suda.
Maestro me decían en los mejores tiempos. Nunca me quedó claro si la expresión era por burla. Únicamente trabajé en lo necesario, en lo justo. Tanto hacer cosas por estos hombres y ellos sólo anhelaron espacios para el juego, el desapego, la ausencia total, para el más tarde será. Si me decían ganado, entendía otras cosas. Si decían quebranto o cajón, igual. El país de la palabra es cosa para gente limpia, de camisa almidonada, respondía. Ellos prefirieron la luz de las velas, el cántaro hecho con arcilla, el capote en la silla de montar. La enfermedad, la fiebre y el vuelo en la quimera. Yo distante, siento esta blandura del mundo, hundida en lo que ya sabemos que pasará.
Voy hacia el encuentro con la palabra remota. El bongo remonta bordeando las barrancas de la margen derecha. Nuevamente hacia sus altos, hacia sus matices indígenas. Un acento en la raíz. Pienso en la extraña suerte del destino. Creo que a todos nos sucede igual. Remontar eternamente algo. Cabalgadura. Ríos. Yo, culpable de mi propia red, asesino sin tregua de lo mejor que pude de mí mismo, fiel a lo que otros decidieron. Desde aquel lado me gritaban. Señala de otra manera, me decían. Enseña aquello que sabes a los otros, a los que más. Hay un blasón y un himno, una bandera rota para coserla. Tú, habitante de certidumbres, pie firme en el asfalto, mueve tu cola hacia otro norte. Mañana, aunque no lo quieras, nosotros seremos los impíos, los del cuero en el ojo, los que decidirán la fortuna a pesar de ti. Olvida las buenas costumbres. En el reino están de más estos menesteres. Y luego me exigieron guiarles y no quise. Me dieron el báculo que no me apetecía.
Aquella noche lejana avanza como lengua de fuego en la planicie. Hablo de una taza de agua sobre la mesa. Murmura. Saca de su blusa el bojote atado con un pañuelo rojo. A contraluz, la boca de la mujer tuerce lo que queda del tabaco. Un animal bordea en la sombra. En el cuarto huele a grasa de río. Éste eres tú, en el centro, me dice con falsete en la voz, como de soberbia. El presente lo marca La Torre. Confusión, conflicto, pelea afuera. En tu pasado reciente está La Fuerza, tu voz segura. Y en lo remoto está La Reina, una madre que te abandona. No entiendo qué cosa quieren decirte. Ella afinca sobre la baraja su dedo partido en la punta, la uña mugrienta. Y en tu futuro está El Maestro. Déjate de andar escribiendo. Eso no es para ti. Serás mentor y consejero. Harán de ti piedra sobre piedra, un mudo en los solares y en las plazas. Un nariceado. La Rueda termina tu canto. Hay un destino que cambia, algo que no está del todo claro.
Los otros se retiran hacia el fondo. De seguro se trata de cosa importante. Yo maestro. Una mujer dice eso desde atrás y me resigno. Ahora lo afirmas así, tan fácil como tú lo dices. Maestro. Y yo buscando un oficio más alto para mí. Apuntar sobre hojas amarillentas las memorias que alguien me cuenta desde antes. Devolver el trazo a su destino. Cantar la madrugada del temblador, el ruido del entabanado. Mirar las caras de otra forma, cantarles a los hijos de sombradura que se extienden más allá de los rastros del abrevadero. Deseo apartar los ritos que me condenan a obligatoria ofrenda ante una imagen. No quiero saber nada del traje que me prestaron. Una voz quiero ser. No hay tiempo para otros órdenes.
Aclarar. Descifrar. Asumí esa extraña dignidad. Explicaba lo de los animales enterrados vivos en el tranquero. Hablé hasta el cansancio del yacabó. Deshice personajes, previéndoles fáciles destinos. Definí el aroma de los simples, condenándolos desde una falsa altura. Hablaba del alma de la raza, juzgándola abierta a mejores acciones. No entendía lo que ahora sé. Quise olvidar que el tiempo es una fábula. Nombraba paisajes sobre la raya del horizonte. Descifré las argucias escondidas en el blancaje. Convertí el amor de hembra joven en banales disimulos de altruismo. Un hombre maduro debe mirar con codicia y apetencia un cuerpo firme. Fiel a cierto linaje, borré de un golpe la castidad de las palabras, obligándolas a cumplir pactos con la desventura, a nombrar mundo al servicio de causas menores. Traidor me dije. Y expliqué. Debí haber limpiado todo. No escribir ancho llano ni inmensidad bravía. Quitar desiertas praderas sin límites, hondos, muchos y solitarios ríos. No escribir pátina, marchitez palúdica y soflama de alcohol. Debí meter hombro en los rastrojos y apartar de un manotazo las frases que permitían alimentar vanaglorias de maestro. Continuar llamando como en la primera página. Veladas de vaquería, esfinge de la sabana, la pasión sin nombre. No mostrar lo que anhela esconderse. La lanza en el muro, la dañera y su sombra.
Ahora, aunque ya es tarde, busco una escritura que no dé pistas a los hombres. Que indaguen, adentro y abajo, lo que la palabra sin mí pueda decirles. No ansío nobleza en el decir. Que encuentren lo que ambicionan. Estoy fatigado de esgrimir trampas a favor de una efigie. Dediqué mis últimos y solitarios años a rumiar lo escrito, a cotejar con el paisaje para no obligarle, dejarlo venir como desea. Ahora tengo todo nuevo, vuelto a hacer, escrito sin deseos de cantarle a nada. Lo llevo siempre conmigo, en el cuaderno que guarda la última versión de aquellos acontecimientos. Adentro se oyen unos aplausos. Brindan a mi salud. Pronuncian mi nombre. Alguien se acerca y me extiende la mano. Para atender el gesto, tomo con la izquierda el papel en el que esbozo este manuscrito. Nadie sabrá de los últimos arreglos que he hecho. No mostraré a muchedumbres estas líneas finales, el sufrido logro de los desvelos.
La visión se mueve entonces desde la pared del fondo. Se conduele de mi orfandad. Lleva la misma ropa de hace años cuando con esfuerzo la distinguí emergiendo del olor de la grasa de río. Parte el mazo con los dedos de su mano derecha. Me invita a tocar uno de los montones con el índice. Cambia tú los mapas, le suplico. Que ahora se ajusten a mi pobre destino. Que haya para mí lo que buscaba. Haz que aparezca El Loco, porque no quiero estar en ese sitio. Quiero un Mago, que cambie lo que soy, que me lleve a lo que siempre fui a pesar de mí. Quiero un Diablo que se asemeje a lo que busco, la audacia que presta el sabernos sobre el camino. Ella coloca entonces las cartas sobre la cruz que descansa encima de la mesa y mira en silencio el conjunto que se ofrece ante sus ojos.
Esta noche podré irme tranquilo, caminando sin hacer ruido sobre las hojas secas. Termina una larga espera. Lo demás ya no importa. Ni siquiera el escándalo que entretiene desde la otra sala. Ahora todo es certidumbre y confianza. Hacía falta la otra disposición en la baraja para que mis gestos se ajustaran al paisaje. El hombre delgado me mira, como siempre, de soslayo y levanta un vaso cerca de mis ojos. En la otra sala, el protagonista continúa candoroso, grosero e inocente, estampando firmas en la primera página de su libro.









