Cantigas
¡Ah, Deseos, por vuestra Madre Citerea,quemad, quemad a la niña rebelde y obligadlea que, por fin, no niegue que ama!
antología palatina
Sólo tú tienes llave
de mi casa. Ven a la Patria.
Allí verás la colina, el agua
que me viene de lejos,
el olor que te asombra y embriaga.
Celebro el rumor que me enseñas.
Yo, la aprendiz, te merezco.
Te espero en compañía
de las ranas: giran
su rostro hacia mi alcoba.
Muerde la hiedra.
Yo espero en el centro
de la duda.
Inventa un resquicio para mí.
Háblale, Luna, de mi ruego.
En el cáliz, bajo el perfume
del tomillo, invoco tu nombre.
¿Qué has hecho, amado,
sin mi boca? Deseo para ti
lo mejor del silencio, sólo
un llanto fugaz, cierta alquimia
de la distancia.
Cuando regreses
no volveré a hablar a solas
mientras miro la Luna.
Si digo que la sábana
humedece mi cuerpo, te reirás.
De tus cartas, amo más las flores
azules que tus líneas.
Si me miraras diciendo estas cosas
verías el sonrojo.
Mas cuídate. Puedo ser
la gacela o el zarpazo
en celo.
Yo te convoco al infierno. No
gires tu rostro en la
salida: soy Eurídice.
Deja los mandados
de la calle, la fatiga.
La gruta
que entretiene.
Mira, he preparado
la cena con candelabros. Al
pie de la mesa está
el incienso que nos agrada.
No hables. No convoques ahora
la sombra de las palabras.
Ponte a salvo. Viajemos al cuerpo.
Nómbrame en el frío.
animas la levedad del hielo.
Cuando sea el precipicio
sabré de lo inefable.
No dejes de alabarme,
soy la tierra fértil.
Qué otra brisa
se lleve las migajas.
Descansemos en el pan.
Quiero tu caricia levantándose,
olvidar que requiero un paraíso.
Es precisa la vergüenza,
el rubor. Que me cubra la
sábana a pesar de la noche.
Necesito este resguardo.
Busco tu ola, el arte fluvial
que me salve.
Cuando muera será
demasiado tarde.
Esta luz es la mentira.
¿Quién abrasa el sol si
hay la distancia?
No hay árbol para esta golondrina,
ni banquete en las fiestas.
Voy a cerrar los ojos para
que no desaparezcas.
Recio arroz que llama
la flor abierta de tu boca.
Inspira el desprestigio, la
vergüenza de la madrugada.
En medio del solar están los
grillos, alabándonos.
Hoy debo ser tu esclava,
la morena de rostro velado.
Trova a la blanca soledad de
los conejos. A la leche y miel
que hay bajo mi lengua.
Canta, Rey de Reyes.
!Ay, tu cítara que
enamora de lejos!
Hunde tus manos en mi pozo
Clava los garfios sobre
esta madera. Olvida
la paz y el permiso.
En lo bajo está lo que somos,
una raza de animales.
Y hemos nacido para el ayuntamiento.
Bienvenido, cuerpo.
Bienvenido seas en la hora.
Cuando tu boca no piensa
sostienes mi peso en el mundo,
sobre el furor de la tierra.
Pronuncia la palabra.
Me tenderé en el lecho
para iniciar el rito
que heredé de mi especie.
Te venzo dulcemente y
ruedas de costado. Piensas
en lo que vendrá mañana.
No quiero treguas.
Devórame en lo bajo
donde olvido mi nombre.
Te vigilo entre las breñas.
Con el rostro velado me
acerco a los visillos.
Padre y Esposo de mis ojos,
ya no hundo mi cuerpo en el río
por no perder tu aroma.
Vuelvo a decir la frase: cae
la lluvia. La tarde
del domingo me sorprende
acariciándome.
No me basta el alba
en que me sigues, el cémbalo
que agota. No hay espada en
este juego. Me halaga el desmayo.
En el próximo salto
haré lo que ordenes.
me dejaré llevar por tus señales.
Desplegaré las alas,
no te rías.
La fiera no se calma. Le
otorgaste la impostura, cierto
género de la demencia.
Ahora callarás sagrado.
Ayer supe
girar sobre tu cuerpo.
Habló la enredadera
su primera palabra.
Te miraba
desde el sitio del dragón.
Tú, macho cabrío,
hendías la pezuña.
La piel es inútil
sino habla el idioma
del ardor, del agua. Enséñame
el verbo, hurga mi silencio,
llévame al grito.
Hilas el lienzo. Te dejo
hacer. Crees demasiado
en mi inocencia. No conoces
los secretos de mi guerra.
Miro distraída los rincones,
el trozo de luz que te enmascara.
No sabes de este territorio, del
hilo transparente que
me engarza. Del cenital
de mi vientre
Mi cuerpo te entretiene. Yo te gozo.
Este riesgo de no ser
sirena y seducirte. Este
albur de condenarme, de
imitar la caverna.
Mostrarte el útero que soy,
provocar tu regreso. Cancelar
tu deuda, limpiarte con una
tela áspera. Eliminar tus palabras,
mancillarte en el vértigo.
Doblegar tus rodillas.
Hacia la vida perdurable
va mi cuerpo.
Son estos los días.
Deja la calma doblada
sobre la mesa. Apresura
tu marcha.
Sólo este momento es el preciso.
Llegará el crepúsculo y
la rabia de esconderme
de los espejos de la casa.
Hoy es la llama.
Este es el sitio del vino.
De mis piernas abrazando
tu cadera.
Traes el incienso, el
aguardiente de tu lengua.
En este lugar aprendí aquello
que hablaba mi adolescencia,
lo del rubor en la cara.
Hoy me hago pequeña y desaparezco.
Nos preparan para el triunfo.
A saber de placeres, de lo fatuo.
La seda virtuosa de la alondra.
Si estuvieran aquí
mi madre y mi padre
en este lunes de pañuelos.
Cada vez que dices la palabra.
Se huye de todo. Del
desierto que nos limpia.
Del suave enemigo
que acecha.
Hay temblor y miedo
en el distrito. Lo sucio
anda por sus calles.
Sólo el cuerpo es quien decide.
El pequeño hombre de mi país
duerme en el lado derecho
de la cama. Se sabe viajero
en su sueño. Se levanta,
prueba un sorbo de café.
Abotona su camisa. Lo fugaz
se lo lleva. El rocío enamora
sus ojos.
Regresa para que yo mire
su pequeño hombre.
No sabe cuánto amo
su peso en mis redes.
Somos semejanza
que permanece.
Tu canto de Cisne breve
paso yo la inocencia
que insiste.
Soy lo que triunfa en lo oscuro.
Desde el espejo accedemos
a lo eterno. No hay prisa
en el rapto.
Aquí somos la espina, el
báculo fértil. Estamos
para el corno.
Que la torre permanezca
y que nos desate el equilibrio.
Sin respuesta cerraré
el abanico y se irá tu cuerpo.
El crebrar anuncia sus gallos.
¿Qué será de mí, amigo?
¿Qué será de mí?
La claraboya anuncia
lo cercano de la muerte.
Pasan los días, amado mío. Pasan
los días y llegamos tarde.
Nos han dado la vida
y estamos perdidos.
Es un solitario sol la fiesta
y no hay remedio, amado mío.
Me arrebataste la abadía,
lo que en mí era rostro de cuero,
cinturón de querella y granizo.
Me voy a otro libro. Vendrá hacia
ti otra amanuense. Qué importa el
sí. Qué importa el no.
Esto me basta. Me llama otra
serpiente en el fango. Me llevo
el humo, las marcas en la espalda,
la escritura revelada.
Vivimos para otras potestades
más allá de esta canícula.
Me alejo por la misma ventana.








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