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Las veces que he asistido a la Semana Internacional de la Poesía, lo he hecho para ejercitar y adiestrar el oído. Oír a los poetas, más que verlos, ha sido el norte de mis pasos. Soy un convencido de que la poesía no es asunto de escribir de una forma más o menos inteligente y bella. Su llamado es a ensayar en el arte del oído y aprender en el error. Oír la vida, oír el idioma. Allí no hay dilema.

Que la poesía nace del habla, no de la escritura. Muchas veces olvidamos esta perogrullada que comenta Juan de Mairena. Primero se aprende a oír. Luego a hablar. Luego a leer. Por último, a escribir. Las etimologías de lírica y oda sugieren el arte de escuchar el canto. La épica nace del comercio entre quien cuenta y quien escucha. Y toda ella nace antes de la escritura misma o de la alfabetización del poeta. Muchos de los Salmos de David inician siempre con indicación al músico principal. Que por algo viene del griego psalmoi, que significa tanto como cánticos acompañados por instrumentos de cuerda (en Neginot, por ejemplo). Los cantos iniciáticos y chamánicos tienen que ver con el habla. La eficacia de los ritos corre serio riesgo si no se pronuncian las palabras adecuadas en el momento oportuno. Toda esta tradición apunta siempre a lo mismo: el poema es para escuchar.
En algún momento, el arte de la poesía se independizó del sonido de los instrumentos, musicalidad que continuó entonces reposando en el sonido de las palabras. No se trata sólo de lo semántico y lo sintáctico (perdónenme los términos jurídicos). Se trata también, y sobre todo, de lo fonético. Quizás por eso hay por allí mucho poeta semántico y sintáctico, pero absolutamente sordo. Incluyendo a muchos que he ido a oír en la Semana Internacional de la Poesía. Que también hay que decirlo.

El concepto de poeta como escribiente es relativamente nuevo y se corresponde con su ingreso en la modernidad tecnológica. La tiranía de la escritura y de los libros hace ver fantasmas precisamente donde no los hay. Se dice, por ejemplo ese señor es poeta, y la imagen que sugiere es la de alguien sentado frente a unos arduos papeles en blanco (imagen preferida de los poetas románticos), mirando al infinito, con una pluma en la mano. Nada más lejos de la realidad. El poeta, antes que cualquier otra cosa, escucha. Escucha su corazón, a una imagen, y al corazón del idioma. El ser humano que vive detrás de las palabras, en verdad poco importa. Es sólo carne talada que escucha o aprende a escuchar el canto eterno. Para contribuir con la tradición de su idioma, traduce, que es tanto como decir que conduce de un lado a otro (desde el corazón, desde la imagen y desde el corazón del idioma), a la mera palabra escrita. Bien lo dice irónicamente el maestro Borges, al declarar que su fama se debía, entre otras cosas, al haber ordenado en el dialecto de nuestro tiempo las cinco o seis metáforas.

En el ejercicio de esta manía, he ido a escuchar la poesía de Rafael Cadenas, de Juan Sánchez Peláez, de Eugenio Montejo. También he escuchado a algunos invitados, entre ellos a Antonio Cisneros. En esta oportunidad, también iré a escuchar a otro poeta peruano, José Watanabe. Su poesía ardiente y cadenciosa me ha sujetado por las mangas de la camisa y es uno de los aciertos más sonoros de la celebración que se inicia esta semana. Iré este año para continuar aprendiendo a oír ese no sé qué que queda balbuciendo del que habla Juan de Yépez. Quizás sea vano mi deseo de aprender, pero he de intentarlo.

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