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Foto: Gregory Zambrano

Harry Almela

En alguna línea de Nombres propios, Víctor Valera Mora nos regala este verso luminoso e intrigante, que juega con una frase leída seguramente en El Aleph: Pepe Pepe Dionisius Pepe Dionisio Paolini Pepe atolondrado/ Pepe ganado para siempre soy yo el diablo. Habla, por supuesto, de nuestro Pepe, del atravesado por las banderas del delirio sosegado, el bienaventurado hijo de la copa de huesos de la Pandilla de Lautremont, en fin, del poeta José María Barroeta Paolini, natural de alguna nube sin bies ni escotes y venido al mundo en Pampanito, seguramente una noche de grandes tormentas celestes y terrestres, el año de Dios de 1942. Navegante a bolina de la modernidad poética venezolana, a medio camino entre la cólera de Baudelaire y la serenidad de Williams Carlos Williams, su voz y sus ojos inquietos han sabido descifrar el tránsito por esta tierra, entre heredades toscas y alquimias de la hermosura, sin dejarse enamorar por el fondo de los alcoholes citadinos, pues ha sido fiel a la tradición de todos sus paisajes.
Sus primeros libros (Perfiles, 1959 y Poemas, 1966) constituyen actualmente una rareza y en su más reciente antología (Obra poética. 1971-1996, Mérida, Rectorado de la Universidad de los Andes, colección El otro, el mismo), tales títulos no aparecen. Es con Todos han muerto (Caracas, Monte Ávila Editores, 1971) que se inicia el compendio. Allí están dibujadas, para siempre, las texturas de una poesía que ha escogido bien a sus lectores y que subterráneamente se ha convertido en una de las voces más auténticas de nuestra poesía.
Nacida bajo la luz de los nostalgiosos años sesenta y setenta, la poesía de Barroeta siempre asombra por su luminosidad y lirismo, por su manera de nombrar y fundar el mundo desde la mirada de un niño asceta y entusiasta que contempla las pequeñas consagraciones de la vida en constante movimiento, mientras adviene la devastación de la mudez. Toda su obra está atravesada por la fascinación de quien ha venido al mundo para cantarnos las buenas nuevas, por la certeza de un ángel escapado del Paraíso quien, vestido de paisano, nos cuenta las maravillas del reino mientras anuncia el advenimiento del final:

Algo marchará mal/ para que sea así la vida. Algo que no es el resplandor/ ni el Cristo./ Un brebaje,/ ansioso como el rocío en vuestros campos de sangre,/ lleva lo que no siendo música del espíritu, arrástrame/ piadoso a la muerte./ Qué bello es el mal de hoy. Cuando la caída de sus pestañas/ no regocija./ El viento adulto me festeja entre árboles grandes./ Precisamente hoy que comienzo a vivir/ otro fracaso me aguarda. (Hoy que comienzo a vivir, del libro Todos han muerto).

Como buen infractor de la racionalidad (la frase se la debo a Rafael Rattia), Barroeta confiesa, sin rubor, que anda vestido de boscajes en medio de pastos de luna de Málaga. También nos habla de las buenas costumbres de un hombre feliz encaramado a la copa de un árbol:

Cuando el loco Pernía se vino caminando/ desde Cabimas hasta el pueblo/ -trescientos son los kilómetros que separan/ un punto de otro-,/ halló las aguas del Motatán crecidas./ Miró un inmenso árbol que arrancado de cuajo/ por la tempestad del día/ daba sus hojas muertas al paisaje del mundo,/ y dijo:/ “este árbol es el espíritu vegetal/ de la mujer que no he tenido nunca”,/ y con el goce de quien encuentra no formas/ sino sentidos en la cruz,/ se lo echó a cuestas y solito lo llevó hasta/ el pueblo. Y luego de sembrarlo en la casa/ de una de sus hermanas que lo amaba por loco,/ se marcho volando con él, entre las hojas. (Un loco, del libro Arte de anochecer).

Este lirismo sustantivo es lo que más me ha enamorado de su poesía, cuyo magnetismo estriba en la resistencia de los bordes de su esfera, como si asistiéramos a la creación de un espacio con vida y respiraciones propias. Una poesía sustantiva que ha sabido hacer diana en los blancos más constantes de la poesía venezolana: la infancia (como nostalgia), el paisaje (como presencia), el tema amoroso (como celebración) y la muerte (como destino).
Siguiendo los consejos del viejo Rilke, Barroeta ha sabido sobrevivir a su infancia, asunto constante en toda su obra, como si fuese el piso más sólido sobre el cual levanta y vuelve a levantar su edificio. Pero el tono nostálgico que el tema supone no es, en modo alguno, sólo la deificación de un recuerdo. Más bien se coloca en los textos como transfiguración, como excusa de un presente que marca surcos en la cotidianidad pasajera. El reino de la infancia es una constante en nuestra poesía, porque ante la realidad amenazante y huidiza, irregular y movediza, la única tierra firme de la que podemos echar mano para sentirnos en continuidad con algo, es precisamente el tesoro de los primeros años. Así, al hablar de su padre, Barroeta dice:

Bajo su peso no obtendré ninguna dicha. Su demonio arderá/ en la noche campestre y la silueta de sus ojos ha de ser borrada/ en los inviernos. Sin embargo, cuanto trato de reconocerme,/ voy a su encuentro. Abandono la ciudad y me tiendo sobre la tierra roja,/ bajo el cielo rojo. (Testimonio, del libro Todos han muerto).

Acá cabe señalar que Barroeta es uno de los pocos poetas venezolanos a quienes la presencia del padre le aturde o le conmueve. Punto de referencia con el paraíso de la infancia, el padre de costumbres campesinas acecha en un país que no se caracteriza precisamente por sus sanas relaciones con la figura paterna. No es casual, además, que uno de los pocos ensayos sobre el tema del padre en la poesía venezolana, se le deba a él.
Pero esa continuidad en el tiempo no puede carecer de espacio. Tiempo y espacio se necesitan para conferir cohesión a nuestras trivialidades y desasosiegos. Es en el mundo real, en el espacio, donde ocurren las cosas de todos nuestros tiempos personales, donde practicamos las buenas y las malas costumbres, donde percibimos nuestra precariedad:

Cada día mi sombra renuncia más a mí/ cada día mis fábulas forman parte de un mundo imposible y en ruinas/ cada día mis espejismos y mi invencionario/ dejan de ser/ me abandonan en los límites de una ciudad rodeada/ por montañas altas/ por calles estrechas/ por gentes y por casas frías./ Presiento que ahora no pertenezco a ninguna aventura/ sino a la vida. (Invencionario, del libro Culpas de juglar).

En cuanto al tema amoroso, el poeta cumple sus rituales. El sosiego y la celebración, la mala costumbre de la buena compañía erótica, se convierte en su poesía en canto que celebra no sólo el cuerpo, sino básicamente la aventura cotidiana de compartir la iluminación:

No han llegado palabras sino actos/ al poema./ ¿Cómo hago yo: recojo lenguaje o actos,/ los combino?/ ¿Qué debo poner en la página?/ Lo que oí, lo que dijeron todos antes de marchar,/ el mal tiempo, el ruido que acompaña./ ¿Trataré de ser claro en la página?/ Espero que se cope de signos/ seré riguroso y oscuro/ Ahora sí, amor mío, estoy confundido./ ¿Qué debo poner?: palabras, objetos, emociones,/ falsas trampas mías con la vida./ ¿Qué debo confesar o expiar en esta cruz vacía/ que aguanta sangre de la resurrección?/ Dímelo tú y estaré contento./ No importa/ Si tu verbo no sirve en el poema/ Sirve en el fracaso.

En cuanto al tema de la muerte, pocos como Barroeta han hablado acerca de él con el fulgor y la pasión de los que vienen de regreso, A todo evento, continúa a su manera el célebre Ed é subito sera que leímos una vez en Quasimodo, pero con el destello personal de quien conoce a fondo (en palabra y en su vida) la poesía de César Vallejo. En muchas de sus líneas, Barroeta le rinde homenaje. El título de su primer poemario es la primera frase de La violencia de las horas del poeta peruano. Y también está presente en este poema del libro Culpas de juglar:

Yo quería escribir pero no pude/ tenía la voz cerrada VALLEJO. Me había metido/ en una cantina sucia como la madre/ nada ni el corazón ni los huesos podían decir./ Me preguntaban y respondía con lágrimas/ con cabezas rojas, celestes./ Yo quería dar y jugar y soñar un mano a mano/ con la muerte/ y me gustaba más la nada que el olvido./ Yo no te pregunto cómo será tu muerte de poeta/ enterrado entre nosotros./ No puedo y me cierro en los huesos de esa mujer/ tan larga/ tan extensa y tan vieja en los cielos de uno./ La tierra no ha comenzado todavía, POETA,/ tú te pareces a la muerte y a lo que viví. (Homenaje a Vallejo).

Es dable suponer que una poética sostenida sobre las variables de la infancia, el amor, el paisaje y la muerte, sea una de las que mejor ha sabido resumir nuestra pertenencia a una historia y a un imaginario. Quizás por eso, esta poesía siempre está en cualquier cabecera, junto a los otros que siempre nos acompañan. Poesía de estremecimientos fundacionales, escrita en clave cotidiana, ha sabido aunar lo contingente a lo eterno, como le gustaba decir a Baudelaire. Y como el francés, Pepe Barroeta canta y se siente indefenso ante un mundo que nos ha arrebatado la inocencia en esa disputa entre el tiempo que pasa y la entidad que perdura. Entre ardores campesinos y las dolorosas luces de la ciudad, transcurre esta poesía clara y misteriosa, llena de la candidez pecaminosa de algún mundo visto por un niño por la primera vez. De un niño sabio que aprendió a mirar lo que está oculto del otro lado de la orilla, y vino a contárnoslo con todos sus detalles. Porque vista así, a la orilla de este lado le sobran y le faltan misterios. Quien ha vivido o soñado con bosques, luces y demonios, lo sabe.

  • Postscriptum

Cinco meses después de la escritura de este texto, asistimos en la Mérida del río Albarregas y de las cumbres nevadas, al bautizo de lo que viene a ser la primera publicación de la obra de Barroeta en España, gracias a la amorosas manos de la editorial Candaya (colección poesía, número 6), con presentación de Eugenio Montejo y prólogo de Víctor Bravo. Le hace buena compañía un CD con varios poemas en la voz del autor. Todos han muerto recoge la poesía completa de este niño prestado al mundo, que regresó al seno del Padre la mañana del 6 de junio de 2006 (bajo protesta y con llovizna pertinaz, supongo), pocas semanas antes de esa cita en la Ciudad de los Caballeros, anunciada por él mismo a sus amigos y con alegría.

Cuando llegué, no quise preguntar por los detalles, sabedor de su ya larga y extenuante contienda con lo que viene a ser precisamente el asunto central de su último libro recogido en este volumen, Elegías y olvidos. Pocos en nuestra lengua han sabido cantarle al tema mayor de nuestra vida, con tanta locura, frenesí y respeto, con los ademanes propios de quien ha aprendido a volar cometas bajo un cielo encapotado, sabedor de que al final vendrá la lluvia, y el sabio y delicioso juguete será solo destrozos.
Ubicar lo eterno en lo cotidiano es difícil y laborioso. Hacer de los terribles acontecimientos ocurridos en diciembre de 1999 en varias poblaciones de las costas venezolanas un sitio de encuentro para la poesía, es uno de los puntos culminantes de este libro:

Eliécer/ cuántos de los tuyos murieron/ en la vaguada/ cuántos arrastrados por las aguas/ fueron a dar en cuerpo y alma/ contra las rocas del juicio final./ Tú tan entregado a los trabajos y los días/ agradecías al cielo el fruto de los cultivos/ bebías luego tu brandy/ hablabas del frío del café/ de las faenas de año./ Trataste de salvar a tu hijo/ pero el río y la noche se lo llevaron/ lejos./ Buscas vida en el barro/ sólo encuentras cuerpos podridos/ casas despedazadas/ mientras el teniente coronel/ ordena el reparto de alimentos fúnebres/ y campos de concentración para damnificados./ Tú miras Eliécer el valle de los muertos/ esperando que el mundo arranque tus ojos. (Juicio final)

Pocos como Barroeta, en su lirismo llano, ha sabido retener, sin conocerlo, el instante preciso del que habla Rilke, donde por fin somos dueños de nosotros mismos. Pocos como él podrán escribir un poema como el que termina el libro:

Pasó el año nuevo/ y reventaron los pulmones./ En mi pared bronquial/ con arquitectura parcialmente alterada/ por neoplasia maligna epitelial/ las células se disponen en nidos y cestos/ fragmentando el sonoro tejido de la noche./ Soñé contigo./ Nos tendieron desnudos en la mesa de/ la Lección de Anatomía./ No pudieron arrancarnos la nubes del cuerpo/ la luz del año nuevo parecía un escalpelo/ en tu vesícula./ Dormí entre tus cuernos y el día/ esperando el roce de las gaviotas./ Tan lejos como estamos del mar/ a la hora de los imponderables/ vienen siempre un oleaje y un mascarón de proa/ para que soltemos las amarras./ Arriba donde el huracán hala/ soy tu cadáver/ el gran ocio./ Entre tus litorales y el miedo hermafrodita/ el epitelio del sexo en alta mar/ erecto y en enjambre./ (Enero, 4 y 30 AM)

La muerte supo esperarle como sólo lo hace una novia de la infancia. Quizás tomó un trago con ella en el bar de la esquina, minutos antes de partir. Allí alzó su copa y brindó por el mundo y por los amigos, por aquellos que quedamos ateridos a las grandes preguntas celestes de las que habla Antonio Cisneros, mientras nos llega el resplandor.

Todos han muerto, supongo. Todos han muerto, menos Pepe Barroeta.

  • Para leer a Pepe Barroeta:

POESÍA:
Todos han muerto. Caracas, Monte Ávila Editores, 1971.
Cartas a la extraña. Dirección de Cultura, Universidad de Carabobo, 1972.
Arte de anochecer. Caracas, Monte Ávila Editores, 1975.
Fuerza del día. Caracas, Casa de la Cultura Juan Félix Sánchez y Ateneo de Caracas, 1985.
Antología. Caracas, Fundarte, 1985.
Culpas de juglar. Cumaná, Centro de Actividades Literarias José Antonio Ramos Sucre, 1996.
Obra poética. 1971-1996. Mérida, Rectorado de la Universidad de los Andes, colección El otro, el mismo).

ENSAYOS:
La hoguera de otra edad. Aproximación a dos grupos literarios. El techo de la ballena y Tabla redonda. Mérida, Ediciones del Consejo de Publicaciones, Universidad de los Andes, 1982.
El padre, imagen y retorno. Caracas, Monte Ávila Editores, 1993.
Lector de travesías (sobre la poesía de Luis Camilo Guevara, Rafael Cadenas y Víctor Valera Mora). Mérida, Gobernación del Estado, Dirección de Cultura. Revista Solar, CONAC, 1994.

Ver también Todos han muerto, poema leído por el autor

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