Uno de los capítulos más delirantes que he visto de Pinky y Cerebro, fue aquel donde a Cerebro se le ocurre, en su deliciosa locura de conquistar al mundo, crear con papel maché uno paralelo al planeta Tierra. Le pidió a Pinky que se suscribiera a todos los diarios del mundo. Con los periódicos y cola blanca, construyó ese nuevo planeta. Luego le creo ciudades, mares, monumentos, glaciales, selvas, ríos, peces, montañas, pájaros, elefantes, murciélagos y demás bestias de superficie. Para convencer a los habitantes del planeta real a que se pasasen al irreal, Cerebro obsequia t-shirt a todos. En cuestión de horas, se quedó solo, junto a Pinky, en esta solitaria Tierra real, mientras la de mentira era poblada por la humanidad. Entonces exclamó: Al fin, Pinky, un mundo sin reyes, sin presidentes, sin burocracia, sin automóviles… un mundo sin Quentin Tarantino. Seremos en verdad felices.
No sé por qué pienso ahora en ese capítulo. Quizás se deba a la paciente construcción que han venido haciendo, en los últimos años, los personajes siniestros que gobiernan en este país. Han venido montando un gobierno paralelo. Fuerzas Armadas paralelas, fiscales paralelos, tribunales paralelos, ministerios paralelos, escuelas paralelas, abogados, artistas, médicos, sindicatos, todo ello con papel maché y cola blanca. Hasta marchas y mercados paralelos. Creativos, ¿no?
De ser cierta las denuncias que han aparecido últimamente en los diarios regionales, en relación a la creación de un sindicato de interinos en el Ministerio de Educación, esa construcción del mundo paralelo que adelantan, me lleva irremediablemente a recordar el mundo bizarro de Superman. Comiquitas más, comiquitas menos, esta cosa cada día se parece más a un mal cuento de Dostoievsky en clave de García Márquez. O a una película de Fellini en clave de Dostoievski. Quién sabe.
Creo que les va a resultar una tarea ardua. Hacer convivir rutas de la empanada, megaexposiciones, gallineros verticales y misiones de miseria junto a telefonía móvil, canales por cable e internet, no es tan fácil como soplar y hacer botellas. Hacer convivir un discurso militar con derechos humanos me parece poco menos que imposible. Llevar adelante un discurso premoderno en plena época de las computadoras, es complicadito. Es tanto como detener el tiempo, de huir de la angustia del presente pensando en utopías que, obligatoriamente, se construyen en el futuro a partir de mitos fundacionales.
Al final de la historia que en verdad nos interesa, la de Pinky y Cerebro, un cometa destruye al planeta verdadero y nuestros personajes saltan al otro, al creado en papel maché, para dirigirse luego al laboratorio para continuar esa noche lo mismo que hacen todas las noches: tratar de conquistar al mundo. La referencia sería graciosa si no fuera por lo terrible que es destruir un planeta, aunque sea por fenómenos naturales.
Es como para ponerse a pensar, sobre todo en estas horas cuando el presidente (es un decir) aspira a un puesto en el Consejo de Seguridad de ONU, mientras la inseguridad campea por las calles de Venezuela.
A propósito, dos preguntas. ¿Quién hace acá el papel de Pinky? ¿Quién el de Cerebro?
Tags: basura cotidiana


Entradas (RSS)