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El venezolano Alberto Barrera Tyszka obtiene el Premio Herralde de Novela por La enfermedad


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El escritor venezolano Alberto Barrera Tyszka ha ganado, por unanimidad, la 24 edición del Premio Herralde de Novela, dotado con 18.000 euros, por su obra La enfermedad, mientras que la finalista fue la cubana Teresa Dovalpage, por Muerte de un murciano en La Habana.

El jurado del premio ha estado formado por Salvador Clotas, Juan Cueto, Esther Tusquets, Enrique Vila-Matas y el editor Jorge Herralde, que han decidido entre 172 originales, de los que seis han llegado hasta la final.

Alberto Barrera Tyszka (Caracas, 1960) es poeta y narrador. Es autor de la novela También el corazón es un descuido y del libro de cuentos Edición de lujo, así como de los poemarios Coyote de ventanas y Tal vez el frío. En colaboración con la periodista Cristina Marcano ha publicado la primera biografía documentada del presidente de Venezuela: Hugo Chávez sin uniforme. Una historia personal, de gran éxito internacional. Es licenciado en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, donde también ejerce de profesor. Durante años ha trabajado como guionista de televisión, escribiendo telenovelas en Venezuela, Argentina, Colombia y México. Varios textos suyos han aparecido en medios venezolanos y extranjeros como El País, Letras Libres, Etiqueta Negra, Gatopardo, entre otros. Desde 1996 es columnista dominical del periódico El Nacional. Lee el resto de esta entrada »

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Las veces que he asistido a la Semana Internacional de la Poesía, lo he hecho para ejercitar y adiestrar el oído. Oír a los poetas, más que verlos, ha sido el norte de mis pasos. Soy un convencido de que la poesía no es asunto de escribir de una forma más o menos inteligente y bella. Su llamado es a ensayar en el arte del oído y aprender en el error. Oír la vida, oír el idioma. Allí no hay dilema.

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Se sienta en su cumbre
con su peto, su trono y su corona.
Continúa intacto y en reposo.

Contempla la fiesta.

En las sombras del valle
la sombra aúlla su canto.

La carne mutilada cae a pedazos
y no hay aves negras
volando sobre el pasto
de cadáveres.

Los niños protegen
la sombra de Su Alteza.
Caen uno a uno y los capitanes,
alertas al oficio, levantan los pedazos
y reemplazan. Reemplazan sin cesar
la guardia de inocentes.

Nunca será su culpa
la muerte de los otros.
Es culpa de los otros la noble guerra.
Nunca su culpa las heridas,
el deslave en la colina,
la sombra de su sombra.

La montaña se mueve y no se mueve.

El arco en el horizonte
anuncia su canto y su danza.

Al final de la película,
los caballos retozan en la muerte.

No hay sangre, ni llanto.
Solo asombro.

La montaña se mueve
y no se mueve.

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Luego de muchos intentos, por fin la esposa pudo sacarlo de la casa y llevarlo al Mall de la ciudad. Caminando entre el tumulto, mirando por aquí y por allá, el hombre se quedó fascinado con un telescopio Tasco Galaxsee que con su azul mate adornaba la vitrina.
La mujer lo sacó de su convulsivo ensimismamiento y hablándole bajito lo condujo hasta la vidriera de al lado, diciéndole:
- Ven para que veas estas maravillas, Galileo. Son unas máquinas para caminar en un solo sitio. Y ese otro que está allá es para hacer músculos en abdómen, brazos y piernas. Ojalá pudiéramos comprar alguno. Nos ahorraríamos un montón de dinero en dietas y gimnasios.
Galileo miró horrorizado los aparatos de tortura y entendió el mensaje.
Al día siguiente confesó todo ante el tribunal de la Santa Inquisición y se retractó de sus extrañas y certeras conclusiones. Como castigo, lo confinaron en una casa apartado de todo el mundo, incluso de su esposa. Para él, ya esto era un premio a su constancia.
La mujer, por su parte, aprovechó el pequeño incidente para salir de todos los cachivaches que había en el estudio de Galileo y montó allí un modesto gimnasio para uso personal y de las vecinas.
Y vivieron felices para siempre.

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