Tomas Tranströmer, Premio Nobel de Literatura 2011

Nacido en Estocolmo el 15 de abril de 1931, Tomas Tranströmer es hoy en día uno de los poetas más leídos y traducidos donde los haya. Desde hace años, se cita constantemente su nombre para el premio que concede su país natal. En nuestro idioma, su obra es conocida gracias al trabajo, entre otros, del poeta uruguayo Roberto Mascaró, quien ahora entrega en bid & co. Editor  sus versiones de esta particular poesía en un volumen clave que invita a continuar conociendo en español la intensa obra de Tranströmer. Acá se reúnen y actualizan las versiones de Mascaró contenidas en Para vivos y muertos (Madrid, Hiperión, 1992); Góndola fúnebre (Concepción, Ediciones Literatura Americana Reunida, 2000) y 29 jaicus y otros poemas (Montevideo, Ediciones Imaginarias, 2003, bilingüe), a las que se agregan ahora un poema inédito («La Casa del Dolor de Cabeza», del libro Para vivos y muertos) y el esclarecedor e importante Visión de la memoria, textos autobiográficos publicados en 1996.

Resulta complicado y siempre un reto hablar de la obra de un poeta proveniente de otra lengua. Se sabe que la musicalidad y los giros idiomáticos que refieren espacios y hechos culturales suelen modificarse en el ejercicio de la traducción, cuando sobreviven. Debemos confiar en la buena fe de quienes realizan esta ardua labor de poner en nueva clave la poesía de otras tradiciones lingüísticas. Superado este escollo, nos interesa ahora puntualizar algunos aspectos de este libro que han llamado centralmente nuestra atención.

En primer lugar, el atento uso de los verbos. El español es uno de los pocos idiomas donde existe la diferencia entre ser y estar, verbos sustantivos de los sujetos poéticos. Los demás, digamos, son verbos adjetivos, en tanto que el sujeto poético puede dejar de actuar en cualquier escenario, pero siempre será y estará. En este sentido, el uso de verbos que hemos denominado adjetivos corre el albur de ser víctima de aquello que decía Huidobro,  mutatis mutandi: el verbo cuando no da vida, mata.

Una de las esencialidades de la poesía de Tranströmer reposa exactamente en el conocimiento de esta circunstancia. Sus verbos son exactos, precisos, comedidos, y siempre al servicio de la arquitectura de la imagen. En cuanto a ésta, cabe señalar que esta poesía no se mueve en el territorio del símil o en el de la metáfora, arriesgando siempre hacia los bordes de la imagen, siempre propicia para la construcción de atmósferas:

Ostinato

Bajo el punto circular de calma del gavilán
rueda el mar retumbando en la luz,
muerde ciego su freno de algas y resopla
espuma en las orillas.

La tierra se enjuaga en oscuridad, que los murciélagos
detectan. El gavilán se detiene y se vuelve una estrella.
El mar rueda retumbando y resopla
espuma en las orillas.

***

Cuando volvimos a ver las islas

Cuando el barco lejano se acerca, 
viene un golpe de lluvia y lo ciega. 
Las bolas de mercurio tiemblan en el agua. 
Se tiende lo gris azulado.

El mar está también en las cabañas. 
Una estría en lo oscuro de la entrada. 
Pasos pesados en el piso de arriba 
y baúles con sonrisas recién planchadas. 
Una orquesta hindú de ollas de cobre. 
Un bebé con los ojos en marejada.

(La lluvia empieza a desaparecer. 
El humo de unos pasos tambaleantes 
sobre los techos, en el aire.)

Aquí viene algo más 
que es mayor que los sueños.

La costa con la choza de alisos. 
Un cartel con la leyenda «CABLES». 
El viejo brezal se ilumina
por alguien 
que viene volando.

Tras las rocas, ricas parcelas,
y el espantapájaros, nuestro centinela,
llama a los colores hacia sí.

Un asombro siempre luminoso 
cuando la isla extiende una mano 
y me arranca de la tristeza.


En segundo término, llama la atención el tiempo verbal en el que ocurren las acciones de esta poesía. Muchos de los poemas están marcados por el presente indicativo, lo que permite sentir y mirar la acción mientras se lee. Insistimos: la acción transcurre mientras se lee el poema. En este sentido, la poesía de Tranströmer propone una comunicación directa, no entre él y su lector, sino entre el límpido poema y el posible lector.

Esta circunstancia es evidente en los poemas breves, en el acercamiento particular que hace Tranströmer al haiku. Como se sabe, este artefacto literario originario del Japón (tres versos que suman diecisiete sílabas, 5-7-5) está imbricado con el budismo zen, donde todo (lo sensible y suprasensible) está cohesionado íntimamente en el instante detenido, acercando el texto a la sensibilidad del ojo, más aún gracias a la caligrafía japonesa. Matsuo Basho es el más prestigiado y conocido maestro del haiku, conocido, entre otras cosas, por el célebre poema de la rana:

Un viejo estanque 
Se zambulle una rana 
Ruido del agua 
[Furu ike ya/ kawazu tobikomu/ mizu no oto]

En Tranströmer, el instante detenido llega hasta el punto de obviar los verbos. En esto, como en muchas otras cosas relacionadas con estos asuntos, el poeta está muy cerca de la tradición occidental que se resume en las mejores cavilaciones de Henri Bergson y de su hijo intelectual, Gaston Bachelard:


Castillos medievales,
ciudad extraña, esfinges frías,
vacías arenas.
***
Robles y luna.
Luz y calladas constelaciones.
El mar frío.

***
Los pensamientos 
en calma de mosaicos
en el palacio.

***
De pie en el balcón,
esa jaula de sol:
como un arcoíris.

***
Tarareo en niebla.
Lejos, barca de pesca:
trofeo en el agua.


Una última acotación en esta propuesta de lectura está relacionada con la preocupación temática y la relación con el paisaje. Como sabemos, y a diferencia de la naturaleza, el paisaje es una construcción cultural, una manera de representar, de estructurar o de simbolizar el entorno. Si bien la naturaleza es el punto de partida físico, el paisaje ya es una representación simbólica. En la poesía de Tranströmer, el entorno natural no puede ser otro que Suecia, el frío, la nieve y sus distintos nombres, su cercanía con el Polo absoluto. Pero este paisaje está visto desde la modernidad, la cual, como bien ya lo decía Baudelaire, es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, que es la mitad del arte, cuya otra mitad es lo inmutable. En este sentido, los poemas saben estructurar esa unidad de lo contingente con lo eterno, dejando de lado lo meramente descriptivo:

Como ser niño

Como ser niño y una terrible humillación
cae sobre la cabeza como un saco;
a través del tejido del saco se insinúa el sol
y se oye el canturreo del cerezo.

Pero esto no ayuda: la gran humillación
cubre cabeza y torso y rodillas
y uno se mueve esporádicamente
pero sin alegría por la primavera.

Sí, una gorra reluciente, bájala sobre el rostro,
mira a través de su trama.
En la ensenada abundan los silenciosos círculos de agua.
Hojas verdes oscurecen la tierra.


Estos elementos (el sabio uso de los verbos, el eterno presente en la relación escritura-lectura, la elaboración de la imagen en búsqueda de una atmósfera circular, la correspondencia de lo transitorio con lo eterno) hacen de la obra de Tomas Tranströmer una poesía activa y, al mismo tiempo, contemplativa. Con el ojo siempre puesto en el blanco de su eficacia, esta poesía propone en el fondo una de los nortes más queridos por la modernidad: cantar y contar nuestra pertenencia a un espacio y a un tiempo en un otro lenguaje que nos redima de la temporalidad.

Por supuesto, esto no es más que una lectura personal y una invitación. Queda en el horizonte de los lectores extender esta experiencia. Es probable que ella sepa ser más aguda que la nuestra. En todo caso, saludamos con regocijo la presencia en nuestro idioma de Tomas Tranströmer. Leer su poesía es tanto como estar / bajo el alto tilo del verano, con el fragor/ de diez mil alas/ de insectos sobre la cabeza.

Harry Almela

Prólogo al libro Poemas selectos y Visión de la memoria, de Tomas Tranströmer. Traducción de Roberto Mascaró. Caracas,  bid & co. editor c.a., 2009.

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Textos de Tomas Traströmer

Los recuerdos

“Mi vida”. Cuando pienso estas palabras veo frente a mí un rayo de luz. En una aproximación mayor, el rayo de luz tiene la forma de un cometa, con cabeza y cola. La extremidad más intensa, la cabeza, es la infancia y los años de crecimiento. El núcleo, su parte más densa, es la más temprana infancia en la que los rasgos más importantes de nuestras vidas se definen. Intento recordar, intento deslizarme hacia allí. Pero es difícil moverse en esas densas regiones, es peligroso; siento como si me acercase a la muerte. Hacia atrás el cometa se adelgaza –es la parte más larga, la cola. Se hace más y más densa pero también cada vez más ancha. Ahora estoy en el extremo de la cola del cometa, tengo sesenta años cuando escribo esto.

Las vivencias más tempranas son en su mayor parte inalcanzables. El relato, las memorias de las memorias, las reconstrucciones en función de estados de ardor repentinos.

El recuerdo más temprano que puedo registrar es un sentimiento. Un sentimiento de orgullo. Acabo de cumplir tres años y alguien dice que esto es muy importante, que ahora ya soy grande. Estoy acostado en una habitación luminosa y luego me levanto y camino sobre el piso, increíblemente consciente de que me estoy volviendo grande. Tengo una muñeca a la cual he puesto el nombre más hermoso que pude encontrar: Karin Spinna. La trato maternalmente. Ella es más bien una compañera, o un amor.

Vivimos en el barrio de Söder, Estocolmo; la dirección es Swedenborgsgatan 33 ahora se llama Grindsgatan). Papá está aún en la familia, pero pronto la abandonará. El estilo de vida es bastante “moderno”: desde chico he tuteado a mis padres. En la cercanía está la abuela y el abuelo, viven a la vuelta de la esquina, en Blekingegatan.

El abuelo, Carl Helmer Westerberg, nació en 1860. Él era piloto náutico y mi amigo cercano, 71 años mayor que yo. Extrañamente, él tenía la misma relación de edad hacia su propio abuelo, que por lo tanto había nacido en 1789: asalto a la Bastilla, Motín de Anjala, Mozart escribe el “Quinteto para clarinete”. Dos zancadas similares hacia atrás, dos largas vidas, aunque no tan largas. La historia se puede tocar.

El abuelo hablaba la lengua del siglo XIX: muchos giros sonarían hoy sorprendentemente anticuados. En su boca, y para mí, sonaban totalmente naturales. Era un hombre bastante bajo, con bigote blanco y una nariz fuerte y algo encorva: “de turco”, decía él mismo. No le faltaba temperamento y podía alterarse. Sus explosiones no se tomaban nunca del todo en serio y desaparecían de inmediato. No poseía en absoluto agresividad profunda. En realidad era tan conciliatorio que corría el riesgo de ser considerado un indeciso. Quería mantenerse en buenos términos aun con personas que fuesen calumniadas en una conversación cotidiana.

—¡Pero, papá, estarás de acuerdo en que X es un bandido!

—Mira, de eso no sé nada.

Después del divorcio, mamá y yo nos mudamos a Folkungagatan 57, a un edificio para clase media baja. Allí vivía un abigarrado vecindario. Los recuerdos de la casa se organizan más o menos como en una película de los ‘30 o de los ’40, con una galería de personas que hacían sus papeles allí. La amorosa portera, el parco y fuerte portero que yo admiraba sobre todo porque se había envenenado con gasógeno y esto le daba una heroica vinculación con máquinas peligrosas.

El tráfico privado era escaso. Algunos borrachos aparecían a veces en la escalera. Los mendigos llamaban a la puerta alguna vez a la semana. Se detenían farfullando en la entrada. Mamá les preparaba sánguches: les daba rodajas de pan en lugar de monedas.

Vivíamos en el quinto piso. En el más alto. Había cuatro puertas, fuera de la del desván. En una de las puertas se leía: “Örke, Fotógrafo de prensa”. De algún modo era distinguido vivir al lado de un fotógrafo de prensa.

Nuestro vecino más cercano, el que se oía a través de la pared, era un señor soltero de edad mediana para arriba, con piel pálida y amarillenta. Trabajaba en su casa; hacía alguna especie de negocios por teléfono. Durante las conversaciones dejaba escapar a menudo sonoras carcajadas que atravesaban la pared hasta llegar a nosotros. Otro sonido que se repetía siempre eran los estampidos de los corchos. Las botellas de cerveza no llevaban tapa metálica en aquella época. Esos sonidos dionisíacos, las carcajadas y los corchos, no parecían pertenecer al espectral y pálido señor que yo encontraba a veces en el ascensor. Con los años se puso desconfiado y las risas se hicieron menos frecuentes.

Una vez, la cosa se puso violenta. Yo era pequeño. Un vecino fue echado por su mujer: estaba borracho y furioso. La mujer se había atrincherado en el departamento. Él trataba de derribar la puerta y le gritaba amenazas. Lo que recuerdo es que él gritaba la extraña frase:

— ¡No me importa terminar en Kungsholmen!

— ¿Qué quiere decir con Kungsholmen? –le preguntaba a mamá.

Ella me explicaba que la jefatura de policía estaba en el barrio de Kungsholmen. Esa zona adquirió para mí desde entonces algo sombrío. (La imagen se intensificó cuando visité el hospital San Erik y vi a los inválidos de guerra finlandeses que se trataron allí durante los años 1939 y 1940.)

Mamá iba a su trabajo en la mañana temprano. Iba a pie. Durante toda su vida adulta caminó cada día, ida y vuelta, entre Södermalm y Östermalm; trabajaba en la escuela popular Eleonora y se ocupaba del tercer y cuarto curso, durante años. Era una maestra devota y amaba los niños. Podía pensarse que le iba a ser difícil retirarse. Pero no fue así: sintió una gran liberación.

Mamá trabajaba, y por eso teníamos criada, o “señorita” como se llamaba entonces, aunque debería haberse llamado niñera. Dormía en una habitación mínima, que formaba parte de la cocina y que no se contaba en un departamento de “dos cuartos y cocina”, como se llamaba oficialmente.

Cuando tenía 5 o 6 años la niñera se llamaba Anna-Lisa y era de la ciudad de Eslöv. Me parecía muy atractiva: cabello rubio y encrespado, nariz respingada, un acento suave de Escania. Era un ser exquisito y hasta hoy siento algo especial cuando paso por la estación de Eslöv. Pero nunca me bajé en este lugar mágico.

Dentro de sus talentos estaba el de dibujar muy bien. Era especialista en figuras de Disney. Yo mismo dibujaba todo el tiempo en esos años a finales de los 30. El abuelo traía a casa rollos con papel de envoltorio de esa clase que se usa en todas las tiendas por aquellos tiempos, y uno llenaba los papeles de relatos dibujados. Por cierto, aprendí a escribir a los 5 años. Aunque era lento. La fantasía exigía medios de expresión más veloces. Tampoco tenía la paciencia necesaria para dibujar bien. Desarrollé una especie de taquigrafía de las figuras, con cuerpos en movimiento continuo y peligroso dramatismo, pero sin detalles. Eran historietas que tan sólo yo consumía.

En algún momento a mediados de los 30 me perdí en medio de Estocolmo. Mamá y yo habíamos estado en el concierto escolar. En el tumulto de la salida de la Casa de los Conciertos se soltó mi mano de la de mamá. Fui arrastrado irremediablemente lejos por la corriente humana y como era tan chico, nadie lo notó. Anocheció en la plaza de Hötorget. Allí estaba yo, privado de todo amparo. Había gente a mi alrededor, pero todos estaban ocupados de sus cosas. No había nadie a quien aferrarse. Fue mi primera vivencia de la muerte.

Luego de un momento de pánico, empecé a pensar. Tenía que ser posible volver a casa. Absolutamente posible. Habíamos venido en autobús. Yo había venido arrodillado en el asiento, como acostumbraba, y había visto a través de la ventanilla. Habíamos pasado Drottningsgatan. Se trataba tan sólo de volver por el mismo camino, parada tras parada de autobús.

Caminé en el sentido correcto. De la larga caminata recuerdo sólo un pasaje. Recuerdo haber llegado al puente de Norrbro y haber visto el agua. El tráfico era denso y no me animaba a cruzar la calle. Me volví hacia un hombre que tenía junto a mí y le dije: “Aquí hay mucho tráfico”. Me tomó de la mano y me acompañó a cruzar.

Pero luego me dejó. No sé por qué a todos los otros transeúntes les parecía totalmente normal que un pequeño caminase solo en una oscura noche de Estocolmo. Pero así fue. El resto de la caminata, por la Ciudad Vieja, Slussen y por Söder, tiene que haber sido complicado. Tal vez fui hacia la meta guiado por el mismo misterioso compás que los perros y las palomas mensajeras llevan consigo: siempre vuelven a casa, los dejen donde los dejen. Es claro que la confianza en mí mismo crecía todo el tiempo y cuando volví a casa, estaba en estado de embriaguez. Me recibió el abuelo. Mi madre, desesperada, estaba en la estación de policía siguiendo las investigaciones. El buen talante del abuelo no falló: me recibió con naturalidad. Estaba contento, pero no dramatizó. Todo era seguro y natural.

De Visión de la memoria (1996)

***

Abril y silencio

La primavera yace desierta.
La zanja, oscura como terciopelo
se arrastra junto a mí
sin espejeos.

Tan sólo irradian
las flores amarillas.

Soy llevado en mi sombra
como un violín
en su caja negra.

Lo único que quiero decir
reluce fuera de alcance
como la platería
en la casa de empeños.

Paisaje con soles

Se desliza el sol tras el sendero,
se coloca en medio de la calle
y echa sobre nosotros
su aliento rojo.
Innsbruck, tengo que dejarte.
Pero mañana
habrá un sol ardiente
en el moribundo bosque gris
a donde vamos a trabajar y vivir.
***
Tres estrofas
I

El caballero andante y su mujer
petrificados pero felices
sobre una tapa de ataúd voladora
fuera del tiempo.

II

Jesús alzó una moneda
con perfil de Tiberio;
un perfil sin amor,
el poder circulando.

III

Una líquida espada
destruye las memorias.
En el suelo se herrumbran
las vainas y trompetas.
***
Como ser niño

Como ser niño y una terrible humillación
cae sobre la cabeza como un saco;
a través del tejido del saco se insinúa el sol
y se oye el canturreo del cerezo.

Pero esto no ayuda: la gran humillación
cubre cabeza y torso y rodillas
y uno se mueve esporádicamente
pero sin alegría por la primavera.

Sí, una gorra reluciente, bájala sobre el rostro,
mira a través de su trama.
En la ensenada abundan los silenciosos círculos de agua.
Hojas verdes oscurecen la tierra.

De Góndola fúnebre (1996)
Las traducciones pertenecen a Roberto Mascaró


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