Yolanda Pantin: para llegar a la quietud
Escrito por: harry almela® en ventana de emergencia(Foto: Karim Dannery)
Desde hace ya algunos años, se ha repetido en varios espacios (y por diversas razones) el nombre de Yolanda Pantin. In illo tempore, cuando apareció su ópera prima, Casa o lobo (Monte Ávila, 1980), se habló de la proximidad de su obra con la de Ana Enriqueta Terán y de una novedosa manera de acercarse al querido asunto de la infancia. Luego vino el período del grupo Tráfico, esa maña de fotografiarse en grupo, que tuvo en Armando Rojas Guardia a su más preclaro ideólogo. La obra inmediatamente posterior de Yolanda quiso entonces leerse a partir del manifiesto del grupo, buscando cercanías o distancias con la propuesta inicial. También fueron estos los años de los primeros libros de María Auxiliadora Álvarez, Lourdes Sifontes y otras escritoras más.
La mezcla de estas circunstancias devino en la bizantina controversia acerca de la poesía femenina vista desde la perspectiva personal y social. Cuatro libros de la autora en ese final de década (Correo del corazón, Fundarte 1985; La canción fría, Poemas del escritor, Fundarte 1989 y El cielo de París, Pequeña Venecia, 1989) atizaron la discusión. Luego de un breve silencio, apareció el libro Los bajos sentimientos (Monte Avila, 1993), en cuya portada se afirma, con justicia, que Pantin es una de las voces más sólidas de su generación. A estos títulos se suma ahora La quietud (Pequeña Venecia, 1998). Del particular desarrollo de esta voz, hoy deseo garabatear algunas líneas.
Cuando se pone sobre una mesa la obra de un autor, para así poder apreciarla en su recorrido, por lo general se nos presentan libros capitales y libros que abren o cierran puertas. Siento que en Pantin, sus libros capitales son Casa o lobo, Correo del corazón y Los bajos sentimientos. La canción fría, Poemas del escritor y La quietud cierran y abren ciclos. Mención aparte merece El cielo de París. Más adelante diremos el porqué.
Es una obviedad afirmar que con Casa se funda una poética personal. No resulta extraño que la mayoría de los libros primerizos tengan a la infancia y su entorno como tema principal. Y es necesariamente así, pues la voz necesita un punto de partida en la memoria, un espacio vital para su evolución futura. La casa es el útero donde se desarrollará la voz. El pasado personal es la materia más cercana para construir la morada que habrá de permitir mejores juegos.
En Casa está el hogar, Gradisco y los suyos, el hirsuto ritual de una clase social venida a menos, entre las ruinas de la hacienda “San Pablo” en las afueras de Turmero. Estos asuntos volverán, con la nostalgia que da la distancia en el tiempo, en la poesía de Yolanda.
Correo del corazón es la siguiente cresta de la ola. Fundado el hogar, la voz sale a la intemperie para nombrar lo presente. Libro inteligente por muchas razones (su construcción, su decir, sus referentes literarios), inicia la busca de la distancia estética, de la ironía, del rechazo a cualquier patetismo. Si en Casa la cercanía con el sentimiento se expresa en un lenguaje cerrado y nocturno, en Correo se escribe con alejamiento, casi con desafecto, para abrir nuevas posibilidades expresivas, solares. En este libro figura Vitral de mujer sola, texto fundamental de la soledad en femenino, asumiendo los rituales cotidianos de la madurez en presente. Este poema inicia, en la obra de Pantin, la tendencia a incluir textos que parecen más una declaración de principios, ese ars poética tan querido y necesario en momentos cruciales de crecimiento.
La canción fría, a nuestro juicio, llevó aquella distancia estética a otras latitudes. En el título ya se delata una aparente ausencia de lirismo, un querer marcar distancias con el hecho escritural. En algunos textos de este libro vuelve Yolanda a su infancia, pero con una crudeza y desamparo ya asumidas para siempre. Léase, en este sentido, el poema La patria chica, con claras referencias al mexicano Ramón López Velarde. En este mismo tono de distancia, ubicamos Poemas del escritor, el extremo más lejano de ese recorrido. Aquí, el alejamiento crea un escritor masculino, atribulado por las mediocridades de su precario oficio. Hay en sus páginas ese regusto de dolor ante la imposibilidad del decir, esa angustia que media entre el desear y el poder nombrar, asumida con el tono irónico que matiza gran parte de las obras del período.
Con El cielo de París sucede algo distinto, como afirmamos al principio. Aun cuando el pie de imprenta anuncia el año 1989 (igual que La canción y Poemas) tengo la impresión de que su hechura es posterior a las otras empresas. Aquí el texto se construye desde diversos ángulos: el informe directo de textos de otras escritoras, su decir fragmentario, el ir y venir entre lo externo y la interioridad, la tendencia a asumirse como ars poética:
Abril es el mes más cruel/ y/ los peores poetas/ escriben en primera persona/ versos que no importan a nadie// (Escribe: el mundo)// El mundo es el ombligo// Abrir/ abrir la carne/ (ver)/ soñar con la ciudad/ de la infancia/ el país de la primera edad/ en las faldas de la madre/ ciudad arqueada/ que a los quince años/ ya era imposible.
El tono confesional, su estructura y su largo y sostenido aliento, colocan a este texto como uno de los mejores poemas extensos de su generación.
Cuatro años después de este estallido de publicaciones, Monte Ávila edita Los bajos sentimientos. En este libro encontramos algunos rasgos que pertenecen de lleno al espíritu de la modernidad: interioridad neutral en lugar de sentimientos, mundo fragmentario en lugar de mundo unitario, fusión de lo heterogéneo, un operar frío que convierte lo cotidiano en extraño, tensiones de fuerzas absolutas. La temática poética de lo imaginario en este libro es una excusa para explorar áreas no tangibles de lo real. Así sucede en los poemas Yo hice el cable submarino, Quiero descansar en la isla de Tobago, El río interior y El día que conocí a Susan Howe, texto donde Yolanda continúa su exploración en el ars poética.
Estos rasgos modernos, tal y como la entiende Hugo Friederich a partir de Baudelaire, abren el camino hacia otro aspecto que cabe señalar de este libro: su apertura hacia lo que se ha convertido en llamar la posmodernidad literaria, expresada en su manera de ejercitar la intertextualidad, la ausencia de centro, el deliberado goce ante el pastiche, la nocturnidad vampiresca y la ausencia de veneración ante la poesía como objeto artístico.
Con La quietud, Pantin cierra el ciclo iniciado en Casa o lobo. Es un libro de la madurez en el manejo de sus recursos poéticos (la ironía, la distancia otra vez, las referencias cultas) es un habla exacta donde está ausente toda intención de deslumbrarnos con alguna retórica. Ese desprendimiento del ser, ese dolor antiguo expresado en sus libros anteriores, se nos presenta aquí en situaciones límite:
Yo soy otra/ He aceptado la invitación a viajar./ En el auto,/ el paisaje pasa demasiado rápido./ Raspa al oído/ la música sorda que el interior repele./ Atravesamos el país sin detenernos,/ apenas para orinar o para beber un trago de agua/ en las gasolineras./ El verano castiga gris y estático/ como el cielo/ Conversaciones banales distraen el asedio de las horas muertas./ Levantamos las tiendas/ a la orilla de un río ancho y cenagoso./ Las aves chillan al alzar el vuelo./ Me acerco al río./ Como Narciso al estanque./ Las aguas turbias no reflejan mi rostro./ Yo he soñado con esto.// (La herida ha sanado sobre la carne muerta). (Del poema Yo soy otra).
Desde el sosiego de Casa o lobo al dejarse estar de La quietud, hay un círculo que se ha cerrado. ¿Hacia dónde se dirige esta voz? El próximo libro de Yolanda Pantin habrá de ser un reto en su destino literario.
Harry Almela
Etiquetas: reseña poesía









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